El abecé de Sudáfrica

La primera carta de presentación de los vinos del continente negro es su tradición y experiencia.

En los últimos dos años, hemos comenzado a ver, al lado de los vinos de Argentina, Chile, California, España, Francia, entre muchos otros, los de un nuevo vecino de escaparate: Sudáfrica.

A diferencia de otras procedencias —como Portugal, Rumania o Uruguay—, las etiquetas del bello y insondable continente negro han tenido un buen nivel de exposición y venta en las estanterías de los supermercados y tiendas especializadas. En cierta forma, los consumidores se han arriesgado a darles la oportunidad. 

En la cruzada hay que reconocerle al Grupo Éxito su insistencia en ofrecer vinos de esta interesante frontera vitivinícola, a precios que no ahuyentan al consumidor. Y aunque los primeros ejemplares han correspondido a mostos ligeros, la apuesta, ahora, es seguir creciendo a favor de bebidas de mayor estructura y concentración. En lenguaje más familiar, a favor de “mejores vinos” del continente negro.

Para orientarse mejor con los vinos sudafricanos es preciso examinar sus credenciales. Ahora bien: como ocurre con la mayoría de las experiencias enológicas en el mundo, la primera carta de presentación es su tradición y experiencia.

Los primeros coqueteos de Sudáfrica con el vino datan de mediados del siglo XVII, cuando un grupo de colonos europeos, principalmente holandeses, inició las plantaciones al constatar que el clima y las condiciones del suelo se asemejaban a las de algunas regiones productoras del Viejo Continente.

Los lugares escogidos fueron los alrededores de la Ciudad del Cabo, que, durante siglos, fue una escala obligada para los navegantes nórdicos, ingleses, españoles y portugueses, que se dirigían a explorar India y el Lejano Oriente.

Entre los precursores más destacados figuraron dos: Jan van Riebeeck y Simon van der Stel. Van Riebeeck, en su condición de primer gobernador de la Ciudad del Cabo, plantó los primeros viñedos en 1655. Muy complacido con los resultados, registró en sus anales la fecha del 2 de febrero de 1659, cuando logró elaborar su primera botella de parras cultivadas en suelo sudafricano.

Los primeros 20 años de la actividad no fueron fáciles, principalmente debido a la falta de tradición entre los campesinos del lugar. La situación comenzó a cambiar a partir de 1679, con la llegada de Simon van der Stel, el sucesor de Van Riebeeck. Además de su entusiasmo por la vid, Van der Stel también poseía un gran conocimiento de la viticultura y del arte de hacer vino. Como prueba de su sapiencia, Sudáfrica exportó a Europa, por aquella época, los primeros vinos elaborados en Constantia, la propiedad de Van der Stel. A pesar de que, con el tiempo, el viñedo y la bodega cambiaron de manos, los vinos de Constantia siempre han figurado entre los más afamados del mundo.

En la época del gobernador Van der Stel, los vinos de Constantia se elaboraron con la variedad blanca Moscato de Frontignan. Pero cuando el negocio fue comprado por la familia Cloete, el estilo del producto cambió: pasó a ser una refinada mezcla de uvas, entre las cuales estaban el Moscato de Frontignan, la tinta Pontac, las Moscatel tinta y blanca y una pequeña cantidad de Chenin Blanc. En poco tiempo, el nuevo vino de Constantia se convirtió en el favorito de la monarquía europea. Por su estilo dulzón, se servía a la hora del postre, y uno de sus más connotados bebedores era el propio Napoleón.

Con la llegada de los hugonotes franceses, a finales del siglo XVII (entre 1680 y 1690), la vitivinicultura sudafricana echó raíces y sentó las bases de lo que hoy ofrece al mundo. Fue tal la habilidad alcanzada por los nuevos vitivinicultores, que se convirtieron en pieza esencial para el nacimiento de la vitivinicultura en Australia.

Posteriormente, en los siglos XIX y XX, los inmigrantes alemanes e italianos le dieron a la actividad vitivinícola sudafricana un nuevo impulso, en gran parte debido a una mayor diversidad de variedades y a un mejoramiento de las técnicas de elaboración. Durante casi todo el siglo pasado, el control de la industria estuvo a cargo de un régimen cooperativista de productores, llamado el KWV, sigla correspondiente a la Koperatiewe Wijnbouwers Vereeninging Beperkt van Zuid-Afrika). Finalmente, en 1997, la actividad inició un proceso gradual de desregulación y privatización.

Aparte de contar con experiencia y tradición, cualquier país vitivinícola debe contar con condiciones climáticas óptimas para el adecuado desarrollo de la vid. La principal zona productora, ubicada alrededor de Ciudad del Cabo, presenta un clima mediterráneo, en el que predominan los inviernos frescos y húmedos y los veranos cálidos y secos. Las refrescantes brisas del Atlántico y del océano Índico aportan un factor moderador durante la maduración del fruto, porque, de esta forma, se torna más lenta y estable. Esto ayuda a intensificar los aromas y sabores para producir vinos de gran personalidad.

Debido al origen multicultural de Sudáfrica, la gama de variedades plantadas es inmensa. Incluye cepas blancas como Chenin Blanc, Colombard, Chardonnay, Sauvignon Blanc, Riesling y Gewürztraminer, y tintas como Cabernet Sauvignon, Shiraz, Merlot y la más tradicional, la Pinotage.

En sus primeros años, la Pinotage dio como resultado vinos inestables. Con el tiempo, sin embargo, su manejo en la viña y la bodega permitió ofrecer mejores resultados. A partir de los años 90, la Pinotage entró en el salón de la fama en las principales ferias internacionales. Si se cultiva y se elabora con cuidado y maestría, esta variedad entrega vinos de gran carácter, frutados, con recuerdos a ciruelas y cerezas. Presenta buen cuerpo y sedosidad en la boca, y les hace compañía a carnes, pastas, algunos pescados grasos y otra buena cantidad de platos.

Si la próxima vez ve una etiqueta de un vino sudafricano, no se retraiga. Aventúrese. Algo del espíritu de ese gran continente lo invadirá.

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