El compositor del vino

Los vinos del francés Bernard Magrez llegaron a Colombia. El reto es convertirse en una alternativa a la hegemonía del Cono Sur.

Una de las fotografías más conocidas del septuagenario empresario del vino Bernard Magrez lo muestran sentado frente a un piano de cola, tal y como si fuera un creador de grandes obras musicales. Debajo, una breve inscripción lo define como Compositeur du vins rares. En su caso, “componer vinos” se trata de “ordenar, concertar, reparar lo desordenado, descompuesto o roto” y también como la de “formar de varias cosas una, juntándolas y colocándolas con cierto modo y orden”.

Su obsesión ha sido cambiar la historia de los vinos franceses. Para ello, quiere responder más a los gustos del consumidor global que al capricho de los viejos aristócratas del vino o al de los forjadores tradicionales de opinión.

En los últimos años, los vinos franceses han chocado en la mayoría de los mercados mundiales con una tendencia cada vez más creciente: los consumidores actuales prefieren vinos jóvenes, frutados, de alta concentración aromática y cromática, pensados más para consumir de manera rápida que para guardar durante décadas.

En Colombia, por ejemplo, el 70% de las botellas vendidas corresponde a sólo dos procedencias: Argentina y Chile. El 30% restante se reparte entre vinos de otras latitudes, con minoría de Francia e Italia. Las complejas denominaciones de origen, la ausencia de información sobre cepas y métodos de elaboración, la barrera idiomática y los precios elevados hacen que la gente se vuelque por lo cercano y conocido y rechace lo enigmático y lejano. Un vistazo a cualquier estantería de tienda o supermercado devela esta preferencia. ¿Cómo pretende Magrez romper este estado de cosas, a riesgo de que los viejos viñateros de su país lo tilden de oportunista y de ocuparse más del mercadeo que del contenido de la botella?

Hijo de un maestro de obra y con relativa poca educación —su padre lo envió a estudiar carpintería y construcción de botes—, Magrez terminó en el vino por accidente y no por abolengo.

Se inició como vendedor de Oporto, en Francia, y luego constituyó una compañía distribuidora de whiskies y tequilas. Estando al frente de esa empresa, tomó un curso de mercadeo en Dayton, Ohio, bajo la dirección del colombo-estadounidense Bernardo Trujillo, cuyos alumnos incluyeron a los fundadores de Carrefour y de la cadena hotelera Accor. Desde entonces, Magrez se obsesionó con la idea de guiarse por las preferencias del cliente y no por las suyas. Tiempo después compró la marca de vinos Malesan, que llegó a convertirse en la más vendida en los supermercados franceses.

Hacia 2003 le dio un giro a su vida y vendió sus empresas de productos masivos para dedicarse a comprar viejas propiedades en Burdeos, entre ellas algunas de las más emblemáticas de la zona. Hoy es propietario de 35 viñedos y bodegas en Burdeos, Languedoc Roussillon, España, Portugal, Marruecos, Uruguay, Chile, Argentina y California. Produce más de 135 vinos distintos, situados entre las gamas media, media alta y alta.

En la cima de su imperio figuran tres châteaux bordeleses de larga tradición: Pape Clément, Latour Carnet y Fombrauge. El primero —Château Clément— fue fundado por Bertrand de Goth, quien, en 1305, fue proclamado papa, bajo el nombre de Clemente V. Este año, la ilustre casa completó su cosecha 704, una verdadera proeza en el mundo del vino.

A pesar del origen francés de su grupo, los vinos de Magrez se inspiran más en el modelo del Nuevo Mundo —frescos, frutados y amables— que en el de muchos de sus colegas europeos (complejos, tánicos y ácidos). Para lograrlo, recibe la asesoría permanente del enólogo francés Michel Rolland, con gran experiencia en ambos lados del Atlántico.

En esencia, Magrez busca la madurez plena de las uvas, arriesgándose a recoger la fruta en los primeros días del otoño, cuando la amenaza de lluvia es alta y comprometedora para la calidad del vino. Como a mayor madurez hay más azúcar y, en consecuencia, más alcohol, los vinos se tornan sedosos y agradables, aunque pierdan algo de acidez por su prolongada exposición a la luz solar. Por lo tanto, tienen menor longevidad que otros caldos bordeleses, pero logran el objetivo de hacerse bebibles más pronto.

Magrez también ha ido contra la corriente de los productores franceses, entregando amplia información en las etiquetas: la composición de sus vinos, los rasgos aromáticos y gustativos, y adorna cada botella con su firma. Un arsenal de datos que en la Francia tradicional del vino es una herejía.

A Magrez le gusta decir que sus vinos son como los productos de cuero de la marca francesa Louis Vuitton. “Hay personas con la capacidad de pasar por la tienda y comprar un bolso de alto precio. Pero existen otros clientes que apenas tienen lo suficiente para adquirir una billetera. En ambos casos se llevan un producto con un sello único de distinción. Así son mis vinos”.

En una reciente cata en Bogotá, los invitados coincidieron en que Magrez está comenzando a hacer más comprensible y agradable la experiencia de tomar vinos franceses. Adicionalmente, los precios se sitúan entre los $85.000 y los $350.000, nada mal si se tiene en cuenta que varios vinos sureños y españoles cuestan igual o más. La situación, sin embargo, no cambiará de la noche a la mañana, pero es un comienzo.

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