El infame paseo bugueño

Antes era mal visto llegar con un hombre recién conocido a casa, ahora es mal visto llegar a casa, punto.

Todos necesitamos de un amigo: para no llegar solos a la fiesta, para llorarle en el hombro, para acordarnos de miles de maldades, para recapitular desde la infancia... y por ese motivo no siempre que salimos a la calle salimos en plan levante. El tan infame paseo bugueño debería ser replanteado y retomado.

Pero todo alrededor está diseñado para que este momento de familiaridad se rompa en los brazos seductores de un par de bellos hombres que, con una insinuante sonrisa, destruyen el lazo familiar. Nadie se queja, al contrario, ¡qué buen cumplido! Nadie resiste una tentadora mirada de unos ojos verdes, cafés o azules (ya entiendo al vulnerable de Adán). Pero no siempre estamos buscando que alguien se nos siente al lado y nos diga lo bellas que somos: ¿o sí? ¿Cómo hacer para que esa tentación no sucumba y la bacanal femenina original no se destruya? Cambiar de lugar: ir al bar Cavu a oír a La Lupe, pero eso es solo el miércoles… Cinema ya cerró sus puertas.

Hace poco estuve con varias amigas en una fiesta, queríamos hablar aquí y allá, tomarnos fotos a cuatro manos, decirnos cuánto nos extrañábamos, pero más de un hombre interrumpió para interponer los valores del existir instintivo: emparejar. Perturbando el mundo de hermandad que habíamos construido. Claro, estaban aterrorizados de que cuatro mujeres regresaran en el mismo vehículo en el que llegaron, sin un teléfono nuevo y con una sonrisa plasmada en la cara.

Antes era mal visto llegar con un hombre recién conocido a casa, ahora es mal visto llegar a casa, punto. Todo parece indicar que sí se va acabar el mundo, los mayas lo predijeron y nosotros vamos ahí pegados, obsesionados por no perder ni un minuto. ¡Pero únicamente queríamos “hangiar” en lugar de despertar algún tipo de emoción en el sexo opuesto! Cosa complicada, las feromonas en la noche pierden la cordura.

Porque el paseo bugueño, aun cuando suscite tentación en otros, es tan recurrente y tan apetecido entre nosotras, que si hay alguien al otro extremo de la fiesta queriendo romper la armonía para entrar y desequilibrar, con la bella intención de compensar por un par de horas sin compromiso, ¡LO VA A LOGRAR!, sin entender que nuestro único propósito era el de parchar. Y todas las bellas intenciones del género opuesto, por más que le tome horas acaparar la atención, van a terminar seduciendo aunque sea por curiosidad. He ahí el problema.

¡Es mucha vulnerabilidad! Un par de horas después de haber llegado a la fiesta, una de las amigas, presionada por la presión de género, cedió y terminó arrinconada por un pretendiente con el que habló la noche entera. Otra se repartió entre tres espacios que tenía estratégicamente situados: el baño, la pista de baile y el bar. Y las dos que quedamos sentadas en la mesa, no cedimos porque ganaron las miles de anécdotas que habíamos pasado por alto en otra fiesta, otro fin de semana.

Dice el proverbio que las mujeres disponen… pero cuando los cuerpos se centran hacia una mesa en común, cuando las caras se miran entre ellas creando casi un círculo, ahí no se está disponiendo, se está dando la espalda. Y es deber masculino no interrumpir este eje de gravedad porque las consecuencias pueden ser irremediables.

Al día siguiente, cada una se reportó. Había más historias de esa noche que desde la misma infancia y la mejor opción era salir a almorzar para recapitular. ¿Será que el paseo bugueño, las salidas con las amigas, deben hacerse durante el día, y dejar la noche para que perturbe al mundo íntimo de la amistad? Puede ser, es imposible obstaculizar el efecto que hace la luna sobre un grupo de féminas.