El legado vivo de Catena

La marca se codea con grandes europeas.

El éxito de esta bodega es haber entendido las características de clima y suelo de la zona alta de Mendoza para producir uvas de calidad. Colombia se ha convertido en uno de los destinos favoritos de influyentes hombres y mujeres del mundo del vino. Vienen de España, California, Francia, Italia, Uruguay, Chile, Argentina y otros confines. Y no sólo vienen como invitados a ferias especializadas como Expovinos, sino a apoyar el trabajo de importadores y distribuidores.

Para los bodegueros internacionales, Colombia está de moda gracias a su rápida asimilación de la cultura enófila, como resultado de una interesante combinación de factores: la transformación urbana, la relativa estabilidad política y económica del país, la mejora en la educación y el ingreso familiar, la búsqueda de experiencias saludables y placenteras, y el cada vez más interesante escenario gastronómico.

La semana pasada estuvo fugazmente en Bogotá el enólogo José Galante, encargado de elaborar los vinos de Bodegas Esmeralda, empresa argentina mejor conocida por marcas como Nicolás Catena Zapata, Angélica Zapata, Catena Alta, Catena y Álamos, integrantes de un portafolio llamativo e innovador. Además, Catena es propietaria, entre otros sellos, de Escorihuela y toda su línea de vinos.

El hecho de que Catena distribuya sus productos en las principales ciudades de América del Norte y del Sur, Europa, Asia, África y Australia, demuestra la manera como cada una de sus etiquetas se ha acomodado a paladares genéticos de distinto tipo.

Hoy día, la marca Catena se codea con grandes e históricas casas francesas, italianas y españolas por su calidad y carácter único. Es la natural consecuencia de un trabajo iniciado a mediados del siglo XX por Nicolás Catena Zapata, nieto de Nicola Catena, el fundador, quien emigró de Italia a finales del siglo XIX.

Nicolás, quien es la fuerza motriz de la bodega, fue el responsable de cambiar el estilo de vinos de la empresa, pasando del mercado de volumen al mercado de nicho. Esta decisión fue adoptada rápidamente por sus colegas y competidores, hasta el punto de llevar a Argentina al lugar que hoy ocupa en el mundo del vino.

El reconocimiento de la labor de Catena ha remontado fronteras y ha llevado a las grandes revistas internacionales especializadas a nombrarlo la figura más importante de la vitivinicultura austral y del Nuevo Mundo. El reconocimiento más reciente lo realizó la publicación británica Decanter, que el año pasado lo designó como personaje del año.

Nicolás, de profesión economista, vislumbró el potencial de la vitivinicultura argentina cuando trabajaba como profesor invitado en la Universidad de California/Berkley, alrededor de los años 60. Allí notó que era posible colocarse a la altura de los famosos vinos del Viejo Mundo, siempre y cuando él y su país se lo propusieran. Su mayor hallazgo ha sido entender las características de clima y suelo de la zona alta de Mendoza para, primero, producir uvas de calidad suprema, y luego, introducir técnicas de bodega exigentes para transformar los frutos en vinos memorables. Uno de sus grandes aliados en esa tarea ha sido Galante, actual enólogo jefe de los vinos de Catena.

Catena y Galante se trazaron la meta de plantar viñedos a alturas nunca antes exploradas por sus colegas y antepasados. Lo hicieron en el Valle de Uco, a cerca de 1.500 metros sobre el nivel del mar. El propio Catena ha dicho que sus colegas lo calificaron de “loco” cuando decidió plantar en altura y, aunque sus viñedos fueron presa de heladas y otros fenómenos naturales, él y su equipo comenzaron gradualmente a domar los elementos hasta estabilizar los procesos y extraer de las uvas sus máximas expresiones aromáticas, gustativas y cromáticas.

Este ensayo de prueba y error le permitió a Catena desarrollar una visión única del concepto clásico del terroir, muy distinta del tradicional punto de vista europeo, según el cual, la composición del suelo (en términos de nutrientes y minerales) juega el papel más importante en la hechura de un vino. “Aquí en Argentina —le dijo Catena a la revista Decanter— la composición del suelo no es un factor determinante, porque la humedad se controla a través del riego. Los factores que inciden directamente en los perfiles aromáticos y gustativos de nuestros vinos son la temperatura, que depende de la latitud, y la intensidad solar, que se deriva de la altitud”.

Posteriormente, Catena y Galante empezaron a mezclar uvas de la misma variedad, pero plantadas a distintas alturas, con el fin de construir una paleta de sensaciones que muy pocos ofrecen. Según la propia definición de Catena y Galante, los vinos logrados mediante una mezcla de uvas cultivadas a diferentes alturas pueden resultar menos concentrados que aquellos de mayores elevaciones, pero siempre serán más complejos y elegantes.

La variedad favorita de Nicolás Catena es la Cabernet Sauvignon, aunque se ha propuesto por décadas extraerle lo mejor al Malbec. Ahora se siente seguro de haberlo logrado. Catena es también un devoto de las mezclas y piensa que el Cabernet Sauvignon y el Malbec, juntos, dan mejores resultados que cada uno por separado. Es el caso de su vino ícono, Nicolás Catena Zapata.

En cuanto a los blancos, su acento está puesto en el Chardonnay, cuyas uvas también obtiene de distintas alturas para lograr un estilo particular. Por ejemplo, resulta más cítrico y mineral que untuoso y pesado.

La búsqueda de Catena y sus hijos, así como de Galante y el resto del equipo, es entregar sus vidas y su espíritu a transformar un árido desierto en una de las zonas vitícolas más bellas y únicas del mundo.

Pirámide en el desierto

Nicolás Catena Zapata profesa una gran admiración por la cultura maya. Como tributo, decidió construir su bodega en forma de pirámide.

Su edificación tiene tantos misterios y secretos como sus vinos.

La hizo con piedras de la cordillera de los Andes, que luego se molieron para convertirlas en una especie de polvo de color amarillo, que, a su vez, se utilizó como estuco.

Los soportes de madera se levantaron con especies autóctonas como lapachos, álamos y sauces.

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