El nuevo juego local

Un  aire fresco llega para revestir las botellas y los contenidos  de aguardientes y rones.

Durante años, los licores nacionales —rones y aguardientes, principalmente— se quedaron a la saga del copioso chorro de productos importados (whiskies, vodkas, ginebras, piscos y tequilas) que, en su mayoría, han sido percibidos como de mejor estatus que nuestros propios néctares.

Los consumidores (que en materia de bebidas no guardan lealtades) les han dado la espalda, aduciendo razones que van desde cambios en los hábitos de consumo y falta de refinamiento de los contenidos, envases y etiquetas, hasta una creciente estigmatización de los licores autóctonos por considerarlos ordinarios y propensos al desorden y el exceso.

El consumo decrece poniendo en estado de alerta a más de una licorera departamental. Es bien sabido que el usufructo de la venta de licores se destina, en un amplio porcentaje, a programas sociales, educativos y de salud de las distintas regiones colombianas, y una caída en los ingresos no es asunto de poca monta.

Revertir la situación es una prioridad. Lamentablemente, el manejo de esas entidades ha sido más político que empresarial —cuando no un botín de corrupción—, por lo que nunca antes se había sentido la necesidad de entrar a jugar como cualquier otro competidor global.

Aparte de problemas administrativos y comerciales, las licoreras y sus productos tampoco se habían distinguido por su gusto estético. Un informe sobre envases y etiquetas de los aguardientes nacionales, publicado por la revista colombiana Proyecto Diseño, en su edición N° 49, de 2007, señalaba que, “desde el punto de vista de la identidad visual… todas las etiquetas [de aguardiente] son lamentables.

La ausencia de generación de marca a través del envase no aporta mayor diferencia y es de extrañar que, siendo un aspecto sustancialmente diferencial, casi ninguna licorera hace esfuerzos por generar valor visual mediante la estructura”.

En el último año las tres principales licoreras del país —Antioquia, Cundinamarca y Caldas— han introducido nuevas botellas, etiquetas y productos, con un común denominador: depuración, elegancia y modernismo. Más interesante aún, han hecho ajustes en sus contenidos etílicos y potenciado el valor de sus procesos de añejamiento. Incluso, han salido a decir que no le envidian nada a un buen whisky. Y, en algunos casos, tienen razón.

Esto es algo que se puede detectar en los rones de ocho y doce años. Porque, además de mejorar sus botellas y etiquetas, degustar, por ejemplo, un Ron Medellín (de ocho y doce años) o un Ron Viejo de Caldas (de cinco y ocho años) exige hoy algo más que las ganas de tomarlos. Han ganado en concentración y complejidad, lo que los hace aptos para beberlos mezclados o puros, y generar mucha satisfacción. Ron SantaFe lanzará una versión de ocho años con los mismos estándares.

En materia de aguardientes, la Empresa de Licores de Cundinamarca ha roto la imagen desgastada de este tipo de producto y ha dado un salto adelante con el lanzamiento del Aguardiente 180º, cuya botella hace recordar a los mejores vodkas. El 180 es más suave y elegante, y sin azúcar.

Se nota, pues, el afán de mejorar la percepción de los rones y aguardientes, y de, paso, comenzar a caminar por el exitoso sendero ya transitado por otras bebidas autóctonas latinoamericanas como el pisco peruano y el tequila mexicano. La diferencia, en esos países, es que la producción está en manos de particulares, lo que ha generado una explosión de marcas, estilos y procedencias.

 Por ahora, es justo resaltar el trabajo de las licoreras. Un brindis, pues, por ese contraataque.