El poder y la moda

Hace pocos días sucedió en las calles de Nueva York un evento sin precedentes en la historia reciente de la moda: se llamó “Nigth Out” y fue una iniciativa de Anna Wintour, quien es, desde hace 20 años, la directora de la revista Vogue versión estadounidense.

Esta monumental mujer, de ascendencia inglesa, convocó a toda la ciudad, comenzando por su alcalde Michael Bloomberg, y con él a doce alcaldes de las más importantes capitales de la moda.

Todo su equipo se dedicó a imprimir camisetas blancas con el fondo de la ciudad en negro, las cuales fueron vendidas previamente para uniformar las calles de las ciudades con el mensaje de “Hay que salir a comprar”. Y es que si no se reactiva la industria de la moda en ciudades como Nueva York, que emplea a más de 175.000 personas anualmente, que genera más de 10.000 millones de dólares en sueldos, y que en la actual recesión es la segunda industria más golpeada después de la financiera; si no se logra dar un empujón al tema del shopping, relegado hoy por prioridades más apremiantes, muchas personas se quedarán sin empleo.

El paso siguiente fue convencer a doce países del primer mundo de la moda a hacer lo propio. Alcaldes como Christophe Gerard, de París; Letizia Moratti, de Milán; el exuberante alcalde londinense Boris Johnson, así como alcaldes rusos, alemanes, japoneses, chinos y australianos respondieron a este clamor. Todas las grandes capitales acompañaron a la Gran Manzana en su empeño.

Celebridades, fotógrafos, modelos, actrices, confeccionistas, grandes almacenes y más de 700 diseñadores y marcas abrieron sus puertas toda la noche del 10 de septiembre, víspera del octavo aniversario del ataque terrorista del 2001, ocurrido en plena Semana de la Moda, la cual por supuesto fue cancelada. Desde entonces la industria ha venido sufriendo momentos muy difíciles.

Tuve la suerte de ponerme la camiseta y vivir el espíritu de esa noche lluviosa que, sin embargo, no pudo opacar el entusiasmo de una campaña unida bajo el mismo lema: “Hay que salvar a la moda”. Lo cual significó devolverle a la gente la fantasía de visitar los almacenes en compañía de sus protagonistas. Agatha Ruiz de la Prada, en Wooster Street, Soho, repartió pinzas rosadas para las cejas; Zac Posen, en las vitrinas de Bergdorf Goodman, pintó a mano una de sus creaciones sobre una preciosa modelo; Óscar de la Renta, en su elegante boutique de Madison Avenue, cantó boleros en español; Vera Wang, la diseñadora de vestidos de novia, repartió peinetas de piedras preciosas para las futuras novias; Carolina Herrera inundó el nuevo tercer piso del legendario Sacks de la Quinta Avenida, con 43 marcas de alta costura; Diane von Furstenberg, presidenta del consejo de diseñadores, acompañó a cantantes y actrices en una tarima de Times Square, al lado del más grande y popular de los almacenes Macy’s. Todos se unieron en una noche sin antecedentes para movilizar la industria de la moda.

Todo gracias a Anna Wintour, en quien está basada la película El diablo se viste a la moda, protagonizada por Meryl Streep. Si nos impresionó su interpretación, la realidad es mucho más cruda y poderosa: Wintour, con su indiscutible elegancia y sus infaltables gafas negras, siempre en la primera fila de los grandes en cada pasarela, dicta cátedra con gran detalle sobre lo que usarán las mujeres en las próximas temporadas.

Precisamente por estos días ocurrió el estreno oficial de September Issue, la película de J. C. Cutter sobre esta poderosa mujer y su inmensa influencia en el mundo de los confeccionistas, diseñadores, modelos, editores, fotógrafos y, desde luego, las demás revistas, pues todas quieren ser como Vogue, que tiene bajo su lomo más de 120 años de vida generando estilo y moda en las mujeres del mundo.

En ella aparece esta mujer, de carne y hueso, con su característico corte de pelo que no cambia en años, su infaltable celular, su adicción al café de Starbucks y su actitud helada e implacable que sólo se soporta por su indiscutible conocimiento de un tema aparentemente frívolo pero fundamental para la economía mundial. Tanto, que provocó una campaña sin precedentes en el mundo de la moda.

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