El primer perro

Sin duda la persona más poderosa e influyente que hay hoy en el mundo es Barack Obama. Por eso cualquier decisión que él tome no es solamente un acto más entre los actos: es una especie de símbolo que la gente -y en especial sus connacionales- somete a un cuidadoso escrutinio. Incluso cuando la decisión parece idiota, el hecho se vuelve importante. Y es el siguiente.

La noche en que Obama resultó elegido presidente de Estados Unidos, durante el discurso de celebración, les prometió a sus hijas que las dejaría tener un perro cuando vivieran en la Casa Blanca. No sabía el lío en que se estaba metiendo; no supo medir el alcance de sus palabras. En un país enfermo por las mascotas, donde a muchos animales se les da más amor que a las personas, y donde a veces los perros reciben cuidados intensivos en clínicas veterinarias más costosas que muchos hospitales para seres humanos, la selección del Primer Perro se ha convertido en un asunto de interés nacional.

"Esto ha sido más difícil que encontrar ministro de Hacienda", le dijo Obama en enero a un periodista que le preguntó sobre el perro que iba a escoger para sus hijas. Estamos a mediados de abril y el animal no ha sido escogido todavía. Y no es que no lo hayan buscado, perdidos en otras urgencias, sino que no han podido resolverse por ninguno.

En la última Newsweek -al lado de largos ensayos sobre la decadencia del cristianismo en Estados Unidos y después de sesudos análisis sobre la necesidad de encontrar fuentes de energía alternativa- hay un extenso artículo sobre los problemas de la familia presidencial para elegir al perro que vivirá con ellos.

Al principio muchos pensaron que este hijo de blanca con africano se inclinaría también por una raza canina cruzada. Y de hecho le han coqueteado a la mezcla del manso Labrador con el pelo hipoalérgico de un Poodle (neo-raza Labradoole) pues ésta podría brindar un perro tranquilo que no empeorara las alergias de Malia Obama, una de las niñas. El problema con estos cruces es que tal vez el resultado sea el inverso: el mal genio del Poodle con el pelo alergénico del Labrador.

Los criadores de perros de Estados Unidos están en pie de guerra, listos a dar cualquier batalla. Si en tiempos de Lassie hubo explosión demográfica de Collies, en tiempos de los Clinton todo el mundo quería comprar un Labrador chocolate y en época de los 101 Dálmatas hasta López Michelsen se consiguió un perro blanco con pecas negras, todos ahora están pendientes del perro que escogerán los Obamas, pues su raza será una fuente de riqueza durante años: todos querrán tener un animal parecido.

Por consejo de Ted Kennedy, cuenta Newsweek, la Primera Dama está inclinada a conseguir un perrito de aguas Portugués, pero los críticos dicen que estos animales son hiperactivos cuando están cachorros, y podría romper los jarrones y antigüedades de la Casa Blanca.

En cuanto a escoger un perro vagabundo de raza indefinida (gozque, chanda o bastardo), lo que sería una elección más popular (e incluso populista), los expertos señalan que el hombre ha diseñado las razas caninas puras para poder anticipar con gran seguridad que el animal tendrá ciertas características de inteligencia, bravura o mansedumbre, y en general determinados rasgos de comportamiento.

Estamos seguros de que Obama no va a escoger un Pitbull -una raza más afín a Bush-, pero los gringos están casi tan pendientes de la elección del perro como de las medidas económicas para enfrentar la crisis. No es fácil ser de la familia Obama: no pueden escoger nada por capricho, por instinto o por un cariño súbito. Todo lo que hagan, hasta escoger un perro para las niñas, se vuelve un asunto de Estado que influirá en todos los ciudadanos, o al menos en los muchos millones de ellos que quieren más a los perros que a los mismos hombres.