El resentimiento

El resentimiento es el odio en su versión prêt-à-porter.

El discurso del resentido dice, palabras más, palabras menos: he sido excluido del banquete de los elegidos pese a que soy superior a ellos; los elegidos me odian y me tienen miedo; yo, por lo tanto, les correspondo.

Es raro que un resentido sea famoso, aunque los hay ricos. Lo común es que los grandes reflectores que embellecen la sonrisa de las celebridades nunca se hayan posado sobre el ansioso rostro del resentido. No faltan los agravios grandes y pequeños que inducen a la gente a resentirse, pero la realidad de los mismos es casi siempre magnificada y (melo)dramatizada por la víctima. Aun así, el hecho de que a veces provenga de motivos de fondo no quiere decir que el resentimiento sea una actitud saludable. El resentimiento paraliza la comunicación, descarrila todo debate basado en ideas claras y crea puntos contenciosos inamovibles. El resentido es sordo: no oye sino el latido de su propio y atribulado corazón.

Lo anterior sería anecdótico o, a lo sumo, útil para psicólogos o para inventar personajes de novela, si no fuera porque el resentimiento ha ido cobrando —o digamos que recobrando, pues los nazis eran maestros en su uso— una importancia política cada vez mayor en el mundo y, muy en particular, en América Latina.

La eficacia política del resentimiento proviene de una paradoja: los enemigos de algo suelen ser militantes mucho más activos y vociferantes que los amigos de ese algo. El uso político del resentimiento echa por la borda la vieja noción de que la política es el arte de sumar voluntades. Esa puede ser una buena definición de la política que conduce a algo útil, pero hay sociedades en las que la política virtuosa desaparece durante décadas, como una suerte de Atlántida. Dicho de otro modo, se entra fácil en el atolladero del maniqueísmo; salir es muy difícil.

Al polarizar la política, los que mandan meten a la gente en una gallera, mientras que ellos hacen de las suyas lo más lejos posible de la mirada inquisitiva de un público de mente alerta. El gobernante polarizador se rodea de una impenetrable costra burocrática, con frecuencia basada en la policía secreta, y se dedica a azuzar a sus amigos contra sus enemigos. Eso pasa en Colombia y pasa todavía peor en los países vecinos, tema que amerita una digresión: muchos argumentan que lo que se hace aquí justifica lo que se hace allí. Rara lógica, que equivale a decir: como mi vecino da de palos a su hija, yo tengo derecho de violar la mía.

Me dirán que en América Latina existe una avalancha de razones para el descontento, que basta con mirar el famoso coeficiente de Gini de un país como Colombia para percatarse de que la distribución de la riqueza aquí es extremadamente injusta. Yo concuerdo. Voy, incluso, más allá: una democracia vigorosa en un país como éste implicaría una intensificación de la protesta y de la acción política, no su apaciguamiento, con la condición absoluta, eso sí, de que no se mate o secuestre al contradictor.

Por último, no se crea que el resentimiento es exclusivo de los pobres. En Estados Unidos se vive hoy una andanada de resentimiento contra Obama por... pues por nada del otro mundo. El presidente quiere que la totalidad de los americanos tenga un buen seguro de salud, como le sucede a la gente en el resto de los países ricos del mundo. Esa propuesta, a algunos gringos, les parece digna de Hitler.

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