El triste final de los cosas

¿Hasta que la muerte nos separe? ¡Ja! Será la muerte del deteriorado músculo del corazón, agotado de latirle al mismo opuesto.

Todo lo demás, “que el amor se transforma”, es pataleta de ahogado. El amor se acaba junto con el deseo y junto con la ilusión de haber pensado en llegar a sentarse ya viejos y arrugados en una banca cogidos de la mano.

Aunque reconozcamos este defecto de fábrica con el que nos manufacturaron, pasamos la relación entera evitando que falle el músculo; peleamos para sentir el rush de la reconciliada, para que el corazón lata aunque sea de dolor; nos repetimos constantemente que nos amamos, jugamos a cambiar de estatus, nos damos meses de relevos… ¿Cómo se les explica a las hormonas que ya pasó el efecto de la pepa? ¿Que las cientos de veces que se desgarró el corazón por mutarse en su cuerpo se relegaron a aquel momento del pasado? ¿Por qué los deseos desaforados por mutarse en el cuerpo del otro no son eternos? Y lo triste no es que el amor se acaba, lo triste es por lo que no fue. Porque en el fondo lo que el cuerpo quiere es otro cuerpo, otro latido, otra palpitación.

Gilberto Santa Rosa la tenía clara: todo lo que sube tiene que caer, y cae en picada, así intentemos con la risa y con recuerdos, no hay manera de evitarlo. Para rematar, la memoria selectiva se hace la loca y deja al lóbulo izquierdo como un proyector que descarga todos los recuerdos más románticos al disco duro de la epidermis, hacen premieres consecutivas en forma de flashbacks, y las extremidades únicamente reaccionan subiendo ambas manos para agarrarse la cabeza y gritar: ¿por qué todo se acaba?

Y el final hollywoodense con el hombre de la vida al lado, la mujer con su velo blanco, los besos apasionados; correr, tomados de la mano, desaforados por la calle… se queda en las películas, que son las verdaderas culpables de que las mujeres queramos que el amor que sentimos por el otro y el que ellos sienten por nosotras, dure para siempre.

Es el dolor más insoportable saber que ya el final se acerca, que el corazón late más despacio y que la cabeza le pide a gritos ahogados que quiere latir de nuevo. Cuando el final llega –siempre llega–, se disparan todas las alarmas de advertencia, pero ya es tarde. Para cuando suenan las sirenas medio bosque ya se quemó. El solo presagio del desenlace es temeroso, el desenlace en sí es un calvario. No hay fórmula para evitar esta tragedia que, aunque amarga e inevitable, da comienzo a un nuevo comienzo de otro futuro final. Y no hay fórmula porque el golpe no avisa, el golpe mata.

El triste final es saber que termina y que puede no haber marcha atrás. Cuando las cosas se acaban, se acaban. Para todos los inmortales musicales, los ángeles, los amores que sugieren estar pegados con crazyglue, el paseo, las excedidas vibraciones glamurosas del corazón cuando se estrena amante. Todo tiene su final, nada dura para siempre, dijo Héctor Lavoe, con trompetas o con clave, malo o bueno, el final final no puede esquivarse, y es tan impredecible su llegada que achanta.

También el amor platónico muere, se murió Michael, yo estaba pintándome los labios de rojo cuando me dijeron que Mr. Michael había muerto. Estoy segura de que absolutamente todos sabemos dónde estábamos cuando lo anunciaron. Quedamos fríos, llorosos. Las ventas de sus discos se dispararon en Amazon, en Capachos encendieron la fiesta con Thriller para medio Villavo. Se fue sin avisar, sin prepararnos y lo segundo más triste fue que nadie le hizo honor a Farrah, el ángel rubio que puso de moda las ondas en capas.

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