Esclavos de una imagen, Editorial

La lista es larga de hombres y mujeres reales a la sombra de sus personajes. Literalmente encadenados a ellos. Prisioneros con el cuerpo por cárcel.

¡Qué tal Roberto Gómez Bolaños poniéndose toda la vida los pantalones cortos del Chavo del ocho! O Ana María Orozco encerrada en la “feura” de Betty la fea. O Héctor Ulloa en la piel y en la corbata de Don Chinche. O el campesino Carlos Castañeda en la mula y en las ropas de Juan Valdez. O, para cerrar este círculo arbitrario, Margarita Rosa de Francisco encerrada en el cuerpo de Gaviota, el personaje ficticio de Fernando Gaitán en Café con aroma de mujer.

Siempre hemos visto con admiración a estos personajes que logran poner de moda una representación de “alguien”, que no son ellos pero que logra atraer y desbordar la atención y simpatía de la gente hasta alcanzar el tan cacareado éxito. Hasta ahí todo bien. Pero a la hora de apagar las luces, de quitarse el disfraz y de preguntarle a ese montón de ropa y maquillaje sin vida ¿quién soy yo? ¿quién eres tú?, viene lo inimaginable: que algunos de ellos se mortifiquen por atreverse o no atreverse a escapar de su pesadilla con fachada de cuento de hadas.

Con una dificultad adicional: que los guardias de su propio cautiverio son sus admiradores más devotos. Su público. El que siempre espera afuera de su soledad y de su puerta. Mientras adentro, muy adentro, se comienza a sufrir con el éxito. Eso no lo vemos, pero igual sucede. “Tenía que seguir metida en ese personaje mucho más tiempo del que me había imaginado.

Esta es la hora en que Gaviota es una sombra increíble, zafarse de eso es imposible”. Para Margarita, que siempre soñó con cantar y dar conciertos, no le entusiasmaba la idea de hacerlo con una canción que no era de ella sino de Gaviota. Hasta en YouTube tiene su propio altar. “La canción la grabé para el cabezote de la telenovela, jamás pensé que fuera a hacer un disco y que después tendría que ir a dar conciertos.

Era como meterse en una centrífuga con una música que no era la que yo tenía en mente”. Hoy han cambiado las cosas para esta mujer, que ahora se atreve a superar su miedo de hacer teatro para hablar de ella misma en un escenario. Quiere mostrar lo que es estar A solas, como lo demostró en nuestra portada. Ella no ha leído a Gabriel Celaya pero siente lo mismo: “A solas existo, / a solas me siento, / a solas parezco / rico de recuerdos. / En la calle, todos / me hacen más pequeño,/ y al sumarme a ellos, / la suma da cero”.

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