Las expectativas matan

Esperar el bus, el vuelo, el domicilio… esperar lo que sea es aburrido. Ahora, esperar que la relación en la que estemos metidos sea perfecta (más aún durante los primeros tres meses, cuando el mismo chiste todavía nos parece divertido) no es aburrido, es asesino.

Pero esto aplica para todos los campos, sobre todo para las fiestas. No es sino que uno se prepoduccione un mes antes, busque el vestidito rojo perfecto, se recorra la ciudad entera por los estiletos adecuados, ponga al maquillador a esperar toda la mañana, consiga conductor, revise la lista de invitados para saber a cuál coquetearle... para que la fiesta sea un fracaso. No por mala, sino porque fue tanta la emoción que la noche anterior hubo una esperanzadora celebración y el guayabo mató la fiesta. Ahora resulta que el guayabo mata la expectativa y la expectativa mata la fiesta.

¿Será que depositar enormes baldes de esperanza en cualquier cosa es masacrar de entrada una bella posibilidad? ¿Será que debemos limitarnos a no esperar nada de nadie sino mejor dejar que lentamente nos vayan deslumbrando? Pero entonces ¿cómo hacemos con los sueños y los deseos? ¿Los desechamos?

Dicen que depositar toda la esperanza en algo específico hace que la fuerza telepática haga que ese algo se vuelva en un algo, pero cuando eso no sucede y ese algo se convierte en un patético algo, ¿qué es mejor? ¿Apuntarle a la esperanza o irse por lo que vaya pasando? El peligro es convertirse en un seguro y aburrido individuo que camina por la acera cuando existe la calle. Porque cuando las expectativas sí se cumplen, ¡Ja! De ese bus no lo baja nadie.

En el amor hay que dejar las expectativas a un lado, al menos bajarlas a ras de tierra, dejarse sorprender día a día. Pero ¿cómo le dices al enamoramiento que no se cree fantasías en la cabeza y se vuelva Lama? Es bastante complicado cerrarles las puertas a las expectativas, pero más complicado aún es cuando todo se elimina porque las expectativas estaban demasiado altas.

Así como dijo Billy Crystal en Harry y Sally, “cuando te das cuenta que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, tú quieres que el resto de la vida comience lo antes posible”. Si Sally hubiera depositado sus esperanzas en Harry, jamás habrían terminado en esa fiesta enamorados. En La guerra de los Roses, en cambio, por ponerse expectativas tan altas, terminaron colgados de una lámpara.

La pesadilla comienza cuando no vuelve a contestar el teléfono: ‘no ha devuelto la llamada pero sigo a la expectativa...’ Pues sigue esperando.

¿En dónde está la medida perfecta? ¿Quién tiene el metro que diga hasta dónde es demasiado alto y hasta dónde es adecuado? Porque si tener expectativas va a exterminarlo todo, lo mejor es matar las expectativas.

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