Fábricas de sueños

La industria del lujo, en lugar de sufrir un descalabro anunciado con la crisis, resultó fortalecida y afianzada como nunca. ¿Cuál es la razón?

No cinco carteras, como en años anteriores, sino una espectacular, de la tradicional casa Hermès, con 176 años de historia. Hermès tiene motivos para celebrar. Aumentó sus ventas en 8.5% limitándose a hacer lo que sabe: clásicos elementos de lujo, corbatas, carteras, pañoletas, foulards, zapatos, botas… El imperio del lujo nunca había dado tantas ganancias. Tanto que ha sido carátula de varias publicaciones como la revista Newsweek.

Las casas menos clásicas, que tienden a la excentricidad, tuvieron golpes aterradores. Le ocurrió a Lacroix, el maestro de Arlés de la alta costura, quien nunca sacrificó una tendencia. Se aferró a sus madonas sevillanas, a sus cruces gigantescas y a sus encajes, y no aguantó. No por moda, sino por mal manejo. En contraste, la marca LMVH incrementó las ventas de manera impredecible con sus maletas y complementos de viaje. El tradicional monograma inspirado en la gardenia oriental, con su imbatible canvas plastificado, es el reflejo del buen viajar desde el Titanic. Hoy los viajeros prefieren invertir en una bella maleta inspirada en siglos pasados, indestructible, y no en una brillante, a la última moda, llena de taches y bling-blings.

Esta realidad demuestra que hoy el consumidor es hoy más importante que la marca. La moda ya no es el reflejo del lujo para unos pocos elegidos. La moda se convirtió en una necesidad, dejó de ser un capricho. Es la calle la que exige lo que se vende. Los jóvenes mandan, piden atuendos y prendas que se acomoden a sus oficios, deportes y gustos. Ellos imponen anchos y largos, cortes y estructuras. Son esas etnias urbanas las que uniforman a la juventud. Las mujeres trabajadoras, las ejecutivas que se están tomando al mundo desde la política hasta las bolsas de valores, son las que saben lo que quieren, las que saben cómo quieren verse en sus poderosos trabajos. Ellas consumen camisas blancas, tacones altos y sastres pantalón para competir con el género opuesto, no sólo con la materia gris sino con las apropiadas y prácticas vestimentas.

El clima también ha hecho de las suyas. Ya la moda es atemporal y aclimática. Una gabardina es una prenda imprescindible en todo el planeta, lo mismo que los jeans, la chaqueta de jean, una camiseta blanca, unos tenis y unos botines.

Hoy en día vemos en las grandes superficies algo muy diferente a lo que ocurría hace apenas una década. El tema no sólo es multicultural sino multiclimático, siempre se consiguen vestidos de baño, shorts (hoy la prenda más de moda para la primavera y el verano 2010), shorts de ciudad y de playa, abrigos pesados y livianos… todo se vende y hay demanda para clásicos y barrocos. Esta es la última moda, la moda sin clima y sin generación donde todo vale.

Las compradoras compulsivas, con capacidad de gastar, no dejaron de hacerlo; simplemente lo hicieron en forma más selectiva y conservadora, invirtiendo en prendas y objetos de máxima calidad, finos y duraderos.  

Las marcas como TopShop, H&M Zara y demás aprovechan para inundar con materiales de distintos orígenes y peso, para vestir a moros y cristianos en todos los momentos y climas. Hace una década, si queríamos una falda ajustada estilo lápiz, con tacón puntilla, y la moda en las revistas y vitrinas mostraba todo lo contrario, o sea faldas anchas y punta redonda, era necesario ser muy valiente y tener mucha personalidad, o esperar otra temporada. Hoy ese tema se superó gracias a la demanda de los consumidores, quienes viven conectados a internet y empapados de las últimas tendencias y estilos.

El comprador es más sofisticado. Antes las revistas de moda mandaban y vestían de forma dictatorial a sus lectoras; hoy esa dictadura es menos evidente pues las mismas casas editoriales se han convertido en medios visuales menos estrictos en cuanto a la moda se refiere. Es la razón por la cual vemos gitanas, campesinas, militares, rockeras, hippies, divas, vampiresas, niñas buenas; pantalones estilo harén, capris, shorts, en fin… toda una fábrica de sueños con todas sus secciones y dependencias.

La conclusión a tanta diversidad es lograr llegar a todos los gustos y a todos los bolsillos, para reactivar la deprimida industria textil. Esta democratización de la moda lo único que deja es ganadores en toda la industria y ganas de seguir trabajando y exportando moda. El que produzca el mejor producto y el mejor diseño al mejor precio, gana el premio en estas fábricas de sueños.