Íconos

La literatura, la música, el cine, la moda… el arte en general nos va dejando íconos inmortales, personajes que con su vida y su talento marcan los pasos de la historia.

Basta recordar las frases agudas de Oscar Wilde sobre casi todo; el amor imposible de Shakespeare; las lecciones de romanticismo y nostalgia de Flaubert o de Proust; las películas de Chaplin; el humor de los hermanos Marx; los saltos inmortales de Nureyev; la trompeta de Louis Amstrong; las fotografías en blanco y negro de Man Ray; los primeros plisados de Fortuny en la moda, cambiando las texturas femeninas; los sombreros de Madame Chanel; el new look de Dior quien, con el volumen y la cintura de avispa, transformó, de la escasez a la opulencia, el estado de ánimo de la mujer en la postguerra; lo andrógino de Saint Laurent, el diseñador que impuso la etiqueta negra con el smoking; el azul de Matisse; la mujer absurda de Picasso; las gordas de Botero; la comercialización de lo cotidiano con el arte Pop de Warhol; los sensibles labios rojos fumando de Tom Wesselman; la eterna sensualidad y tristeza de Marilyn; las gafas negras de Audrey Hepburn desayunando en Tiffany’s con el inmortal vestidito negro de Givenchy; el estilo de Wallis Simpson, que logró que un rey de Inglaterra abdicara por amor; Grace Kelly, quien enloqueció a los galanes de su tiempo con su cara de niña bien; Jackie Kennedy, reina en la Casa Blanca y en la isla Scorpios… íconos inmortales que llenan páginas de libros, discos y películas, alimentando recuerdos de días de vino y rosas.

Un ícono de la moda, en su tiempo, fue Josefina Bonaparte, nacida en la isla de Martinica. Vivió la época del Imperio y fue el opuesto de su antecesora y víctima de la moda, María Antonieta. Como primera esposa de Napoleón, resolvió inspirarse en el Imperio Romano y liberó a las mujeres de las ataduras del corsé. Impuso las transparencias, el corte imperio, los vestidos vaporosos, el color crudo y los tonos pastel. Una moda sencilla, nada impostada. Las joyas y adornos de plumas “aigrette”, encajes en los escotes “cherusque”. Su estilo neoclásico transformó la moda bien entrado el siglo XX gracias a diseñadores como Poiret, Gabrielle Chanel y Elsa Schiaparelli. Fue la reina del “je ne sais quoi” e impuso la moda sencilla.

Hoy trascender es más difícil, ya que todo está inventado. Vivimos en una nostalgia permanente de décadas y siglos dorados. Ese es el peso que lleva siempre sobre los hombros un nuevo milenio.

Tatiana Santo Domingo es un ícono de su tiempo. 26 años. Nacida en NY, de padre colombiano y madre brasileña. Elegida por la revista Vanity Fair como la mujer más elegante del mundo. El paradigma de la elegancia es algo muy subjetivo. No existe una receta. Es el conjunto de muchos ingredientes. Su sello personal lo imprime su figura libre y alegre. Sus viajes, sus idiomas. Un manejo internacional en todos los sentidos. Visión para no enfrascarse en ser una “víctima de la moda”. Es más una actitud y una frescura frente a la vida. Su estilo “vintage” lo alimenta vistiéndose con la nostalgia de otras épocas: belle epoque, hippie, casual, chic o étnico, como la mochila wayúu o el sombrero aguadeño que lleva con la misma naturalidad que un clutch de Fendi o de Prada, o unas plumas estilo años veinte, unos jeans de Gap o unas botas vaqueras y una chaqueta Chanel comprada en una tienda vintage. Eso es la elegancia descrita por Voltaire o Cocteau, el estilo sin esfuerzo, que le da un sentido propio a cada prenda. La sensualidad y el toque fetiche lo imprime con sus labios pintados de rojo fuerte y su pelo de Venus de Boticelli. Y claro, tener como suegra a Carolina de Mónaco, epítome de la elegancia y musa de Lagerfeld, quien le regala todos los Chanels antes de que salgan al mercado; quien a su vez es hija de la legendaria Grace Kelly y que tiene incluso una cartera Hermes que lleva su nombre.

Lo que se hereda no se hurta, y Tatiana tiene todo el sabor brasileño de su mamá y sus dos abuelas, y la leyenda que es y será para este país su abuelo. ¿Qué hará con todo este bagaje? Es un gran peso sobre sus hombros y nuestro medio necesita ídolos que trasciendan las fotos de las revistas. Amanecerá y veremos.

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