Juan y su sombra. Editorial

Mientras lo escucho no puedo dejar de ver, no a un hombre de carne y hueso, sino a otro pintado sobre una hoja en blanco que, con su propia mano, trata de reteñirse, lucha por repasar los límites que lo encierran, se esmera en volver a dibujar las líneas de su más íntimo retrato como escritor.

Lo paradójico es que el hombre que tengo a mi lado es el mismo que gastó 40 años, de los 61 que ya tiene, retiñéndose ya no en la oscuridad de su alma sino bajo la luz de los otros como un exitoso hombre de la radio. Y hoy, junto a él, siento que ese gran mural ya no le interesa, lo desprecia.

Aunque es inmenso y muy llamativo, ya no lo mira, sólo tiene ojos para concentrarse de nuevo en ese pequeño papel con sus sueños dibujados a medias que olvidó hace ya tanto tiempo, desde que se sentó con apenas 20 años en aquel parquecito en Teusaquillo, recién llegado a Bogotá, en la soledad más cruel, y prefirió su primer sueldo como periodista antes que su primer hambre como artista.

Durante 40 años retiñó al periodista y lo hizo con ímpetu, con determinación, con fuerza. Y para colmo tuvo la desgracia de triunfar. Sin embargo, el éxito y la fama no tardaron en llegar para darse cuenta de que no eran esas las compañías que quería.

Y ahora, con la tranquilidad de al que nada le hace falta sino detenerse y mirar, observa su felicidad tan cerca como están su mujer, sus hijos y sus dos nietos, y a la vez tan lejos como un pensamiento borroso. Él, que fue capaz de desentrañar tantas noticias, se olvidó de desarrollar la suya, la visceral, la ociosa, la que estuvo demasiados días encerrada.

Y hoy no quiere más sino caminar con ella junto al mar, pero con una licencia literaria: que él mismo sea la sombra que arrastra y su sombra literaria la que cruce las calles y respire la brisa. Aunque lo sigamos oyendo hablar por la radio, él ya no se ve ahí, sino con su iPhone en aquel rincón suyo en El Laguito, frente al mar, donde rescata ideas para sus novelas como recogiendo pedazos de su propio naufragio.

Él ya no quiere reteñirse en público y cada vez teme menos no hacerlo. Mientras todos vemos un adiós lo que él vislumbra es un regreso. Voltea por el forro aquella frase de “Estoy contento porque estoy triunfando” para decir más bien “Estoy triunfando porque estoy contento”. “Si yo supiese, ay, para quién sueño, / podría murmurar siempre como lo hace el arroyo”, eso dice Rilke en sus poemas dispersos, y Juan ya lo resolvió frente al espejo y en silencio... Eso merece una portada.