La agonía del placer

Cualquier evento que esté llegando a su fin, va dejando en la garganta un sabor amargo como el de la sábila recién cortada y un olor podrido de armario. El que haya olido la sábila sabe de qué le estoy hablando.

Hasta cuando se va distanciando la tusa, el dolor a no sentir el dolor es insoportable, es casi quedarse sin plan. Ya no hay llanto, no hay tema, no hay en qué tener la cabeza ocupada. ¿Quiere eso decir que vivir en equilibrio, muy a lo Lama, es una tortura? ¿Que nuestro cuerpo necesita de extremos para buscar la calma? ¿Esa es la razón por la cual buscamos peleas con la pareja –o, en casos más fanáticos, buscamos otra pareja– sólo para subir la estamina?

Se considera que el placer y el dolor son conceptos opuestos. Pero qué falta de placer el que tuvo aquel que trajo esa barbaridad a la mesa, si el placer del enamoramiento, ese deseo de angustia por sentir la ausencia de la persona, por compartir su cama, su olor y sus labios, es tan doloroso como estar con él.

Pero cuando los latidos del corazón se nivelan y la ansiedad por tenerlo cerca se apacigua, el placer deja de ser placer y del dolor nadie se acuerda. Y llega el aburrimiento, el más terrible y amargo de los sentimientos: ¡el aburrimiento! Oscar Wilde tiene toda la razón: no hay peor sentimiento que sentirse sin estímulos. De ahí que en el caso del amor y del enamoramiento, las personas más curiosas y con la ansiedad altamente alborotada busquen amores prohibidos, cachos, coqueteos, aventuras, o simplemente distanciarse de la pareja para sentir algo, al menos dolor de la terminada. Claro, porque ese dolor produce endorfinas, mis mejores amigas, que son casi como un high en la vida cotidiana, y su desuso puede mecanizar la conciencia y causar trastornos compulsivos como las adicciones (y no necesariamente al licor ni a las drogas) sino al placer de sentirse vivo.

De pronto estoy siendo un poco confusa en este artículo, pero es que he notado últimamente cómo las parejas más felices buscan causarse conflicto por detalles mínimos, como por no contestar a tiempo, o dormirse una hora más temprano; pero creo que generan peleas para alimentar endorfinas y hacer el amor con pasión, como en los primeros meses. Es una constante búsqueda por lo imposible porque lo prohibido siempre revolverá la cabeza y alimentará las ganas.

Creo que por eso bebemos tanto, sobre todo en este país mezclado por alemanes, españoles, indígenas y árabes. Ellos llegaron luego de meses en esos barcos, aburridos de ver las olas, y cuando anclaron reventaron la agonía y nos impregnaron (a las tatarabuelas) con el más alto de los estímulos, rociando una avalancha de placer tan difícil de sobrepasar, que el resultado es la lascivia de los pueblos, y el alicoramiento de las masas. ¡Qué país! ¡Qué gente! Aquí o se bebe para morirse un poquito, para lograr el privilegio de poder suicidarse (sin hacerlo), o se es abstemio. Pero puntos medios en estos países que habitamos la línea del ecuador, el punto de equilibro del planeta, es inoportuno, aquí nos dejaron genes irreverentes donde predomina el dolor. Y el dolor, sin importar su origen, es placentero.

Somos unos seres dementes y rebuscadores que dependemos del placer para morir un poquito y sentirnos vivos. Unos beben cantidades exageradas de trago, otro buscan amor apasionado en diferentes brazos, otros practican deportes extremos. Los que no lo hacen son conformes y aburridos, pero es que el aburrimiento mata, ellos también buscan suicidarse.

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