La China despierta

“Made in China”. Crecimos pensando que la sola presencia de la marquilla era sinónimo de ordinario, masivo... barato.

La China mira hoy hacia el futuro, reconstruyendo su pasado. Ese que la historia recuerda como el imperio donde nunca se ponía el sol, el de las dinastías sabias y milenarias que terminaron con un niño emperador en el exilio. El de los guerreros de terracota. La China de la ruta del té, de la seda, del jade, de las guerras del opio… La China que enloqueció a Marco Polo y puso a Italia a comer pasta. Esa China que perdió casi todos sus tesoros cuando el Ejército Rojo, comandado por el “timonel” Mao Tse-tung, impuso su revolución cultural, uniformando a hombres y mujeres, quemando templos, palacios, pinturas, tesoros, libros y todo lo que oliera a seda, cloisonné y lujo. Todo quedó convertido en cenizas; ni siquiera la música se salvó: los instrumentos ardieron en hogueras para calentar los hambrientos cuarteles de soldados hipnotizados e incultos.

La historia siguió su cauce, las naciones se fortalecieron y China se volvió rural, retrocedió, comenzó a crecer en habitantes bajo el régimen comunista y perdió su liderazgo mundial. Mao murió en 1976. Lo siguió Deng Xiaoping, quien luego le abrió las puertas al capitalismo.

Hoy, de la Revolución Cultural no queda sino el recuerdo de millones de estudiantes haciéndose matar en la plaza de Tian’an Men por un cambio de régimen. Queda también un inmenso mausoleo construido en seis meses para enterrar en sarcófago de cristal al gran líder. Queda el Partido Comunista, que gobierna el país con un criterio democrático y de libre empresa.

Hoy China, con 1.300 millones de habitantes, es el más grande exportador del planeta. Produce todo lo que inunda al mundo sin entender, muchas veces, lo que fabrican… como todos los papás Noel y árboles de Navidad, sin celebrarla, pues la gran mayoría de chinos son budistas. Con ciudades que parecen construidas por extraterrestres, pues las dimensiones de las autopistas, de las calles, y la altura de los edificios no es normal. Todo funciona. Estaciones de metro limpias, amplias, funcionales, trenes bala para todas las regiones, aeropuertos del tamaño de un barrio entero. Todo con el concepto de “Better city, better life” (Mejor ciudad, mejor vida). Los chinos ya no solo comen arroz, tienen la posibilidad de comer oriental y toda la comida rápida occidental. No existe el sobrepeso; comen sano y toman té.

Como escribió el historiador francés Alain Peyrefitte a finales de los años setenta, Quand la Chine s’éveille (Cuando la China se despierte). Pues bien, ya ese dragón está despierto y se está tragando a bocanadas al mundo occidental. China es la fábrica del mundo. Todo lo fabrican millones de manos diminutas que parecerían insomnes, habitando kilómetros y kilómetros de fábricas y produciendo todo a un precio irrisorio que no tiene competencia. Todo como en botica. Desde la chancla ordinaria de caucho, a 25 centavos de dólar, hasta el más sofisticado zapato de alta costura de Giorgio Armani. ¡Todo! Los encajes como en París, los cristales como Swarovski, los paños como en Inglaterra, las piedras preciosas como en Brasil, los zapatos como en Italia, las maletas como en Suiza o Alemania, las carteras como Louis Vuitton y Hermès… todo. Son los grandes copistas, pero el mundo de las copias tiene una demanda y media humanidad las consume.

El lujo sí es asiático. Los precios de las marcas europeas en China cuestan 30% más que en Occidente y se agotan las existencias pues la obsesión es tener prendas de marca occidental.

Las jovencitas, que son el reflejo de la tendencia urbana, andan todas uniformadas con medias de seda trasparentes en rombos y encajes, shorts y cinturones brillantes, con inmensas carteras de todas las marcas europeas “Made in China”, copias perfectas. Lo mismo las gafas Gucci, Chanel, Prada…

El valor del renminbi (RMB), la moneda china, no cambia, es estable. Las ferias que mueven las importaciones y exportaciones comerciales del mundo se manejan con los mismos precios. Los comerciantes del mundo van tranquilos y confiados a hacer en China sus negocios del año entero. Todo funciona aunque los chinos no se esfuerzan mucho por comunicarse con el otro lado del planeta. ¿Para qué? Si lo tienen todo.

Es una China que se ha transformado en los últimos veinte años, recientemente realizaron los juegos olímpicos en Beijing, y ahora la Expo 2010, en Shanghái, que costó 45.000 millones de dólares. Nuestros economistas dirán a qué corresponde esta cifra en Colombia. Yo solo la comparo con toda la fortuna personal del señor Carlos Slim o del señor Bill Gates. Estos dos eventos crearon seguramente mucho empleo y bienestar, pero ante todo sirvieron para decirle al mundo que China ya despertó.

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