La hecatombe

Una hecatombe, en la antigüead, consistía en el sacrificio de cien reses para calmar la furia de los dioses.

De ahí el término pasó a significar una gran carnicería de humanos, una desgracia, una catástrofe. Hace algunos meses el presidente Uribe declaró que sólo se quedaría otros cuatro años en el poder si ocurría una hecatombe. Y bien, la hecatombe se está fraguando en la frontera con Venezuela, con gran euforia de los gobiernos de uno y otro lado. Tanto a Uribe (por su segunda reelección) como a Chávez (por sus desastres internos) el ambiente de preguerra les conviene. Y como les conviene, harán todo lo posible porque la tensión se mantenga e incluso aumente hasta llegar a alguna escaramuza.

De ayer es la noticia del movimiento de tropas venezolanas hacia la frontera colombiana. También de ayer el dato de que noventa colombianos sin papeles serán deportados de Venezuela. De antier el asesinato de otros nueve que según algunos jugaban al fútbol y según otros conspiraban. De trasantier las mutuas acusaciones de espionaje y el asesinato de dos guardias venecos. Como denunciaba hace poco Ibsen Martínez, la xenofobia anticolombiana tiene en Venezuela una vieja tradición política en momentos de crisis de popularidad: “La pérfida Colombia vuelve a ser, como de costumbre, motivo electoral”. Y por supuesto el confuso e inoportuno acuerdo de bases colombianas abiertas a los militares estadounidenses son el pretexto perfecto (porque además tiene un fondo de verdad) para gritar que el lobo viene ya.

Las Farc fueron el gran elector de Uribe en las dos campañas presidenciales anteriores. Arrinconadas ahora y menos protagonistas, el nuevo gran elector de Uribe será Chávez. Y si no Chávez, el espantajo que su figura y su gritería significan para la mayoría de los colombianos. Este coronel con sus modos estrafalarios, con su verborragia agresiva, con su fiebre consumista de armamentos modernos, sirve también aquí para crear la idea equivocada, pero muy arraigada, de que solamente Uribe puede contenerlo. Como si una guerra —supongamos que la hubiera— se ganara con sombrero, poncho, gritos y carriel. Si Chávez se atreviera a invadir nuestro país (y no se atreverá) cualquiera de los actuales candidatos colombianos que fuera presidente le daría total apoyo a nuestro ejército para repelerlo al instante. A Chávez, sin duda, le gusta desestabilizar, apoyar a las Farc, pero sabe que una guerra convencional la perdería contra un ejército mucho más numeroso, y el más entrenado a luchar de toda Suramérica.

Es triste que Latinoamérica, el continente con menor tradición de guerras internacionales del mundo entero, una de las más pacíficas regiones del mundo (en términos de guerras entre los vecinos), se esté hundiendo por culpa de Colombia y Venezuela en una retórica belicista creciente. No podemos aceptar que esta retórica guerrerista, por el hecho odioso de que les convenga tanto a Uribe como a Chávez, nos la vengan a imponer como un destino irremediable. Estos dos gobiernos son inoportunos y nefastos porque claman al odio, porque su animadversión es simétrica y complementaria, porque azuzan el nacionalismo más cerrero y primitivo, porque uno y otro se quieren perpetuar en el poder como si sólo este par de falsos mesías nos pudiera aliviar de nuestras desgracias.

 Me recordaba hace poco Armando Montenegro que durante las crisis anteriores con Venezuela los escritores, artistas e intelectuales de los dos países jugaron un valioso papel de distensión. Una vez García Márquez y Miguel Otero Silva se comprometieron a salir a la calle a gritar ¡Viva Venezuela!, el primero, y ¡Viva Colombia!, el segundo, si los gobiernos se obstinaban en llevarnos a la guerra. Creo que ha llegado el momento de inventarnos un movimiento pacifista ciudadano parecido. No podemos dejar que Uribe y Chávez, estos exaltados a los que les convienen estos amagos de guerra, nos lleven pasivamente a una hecatombe absolutamente evitable e innecesaria.

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