La mirada desbordada de Beatriz González

La gran artista bumanguesa cultivó, en medio de su timidez, una aguda curiosidad que ha entrenado con todo lo que sucede a su alrededor. Pinceladas de un alma inquieta.
La mirada desbordada de Beatriz González

Beatriz González no sabe lo que es quedarse quieta. Una mezcla de sensibilidad profunda y de curiosidad inagotable obran en ella como motores de un trabajo que empezó desde hace más de cuatro décadas y que hoy sigue vigente gracias a la renovación constante de su propia visión. Ni los que más la conocen sabrían decir en qué momento se abstrae de su trabajo porque hasta cuando se refugia en su casa de Sesquilé, está concentrada en algo: “Beatriz es un ratón de biblioteca, no ha parado de trabajar en una cosa cuando ya está sumergida en otra”, dice Alonso Garcés, su galerista y amigo de vieja data.

Daniel Castro, uno de sus discípulos más queridos, define a Beatriz con la frase que alguna vez pronunció Luis Caballero sobre su gran amiga, en un intento por ponerle nombre a ese torrente intelectual y sanguíneo que le dio un vuelco radical al arte en Colombia: “Beatriz es sinónimo de rigor mental”.

Ella, en cambio, confiesa que no puede explicarse de dónde sale su curiosidad: “Yo vengo de una familia de tres hermanos. Y entre los otros dos, yo era la boba”. Es su forma de decir que siempre se caracterizó por tener una personalidad introspectiva, callada. “Supongo que lo mío fue una revancha, porque yo era muy tímida. Creo que los tímidos almacenamos más cosas profundas y si logramos sacar todo eso, podemos hacerlo de maneras brillantes”.

Beatriz fue una hija juiciosa de la década del 60. Embebida en esos años vertiginosos, su percepción se alimentó del nuevo cine alemán, del existencialismo francés, de las revoluciones estudiantiles, del florecimiento de ideologías políticas y, en general, de todo lo que ocurría en el mundo mientras unos jóvenes despertaban artísticamente: “Crecí en una época de transgresiones y lo que yo hacía en ese entonces era para molestar”, dice una Beatriz, quien sin embargo no se califica a sí misma de rebelde; más bien su reserva tenía que ver con ese rol de boba: “Cuando empecé con mis primeras obras nadie esperaba que yo saliera con todo eso. Es que yo soy una caja de sorpresas”.

Como para completar el colmo de un tímido, la docencia se le atravesó en el camino desde muy joven, encontrando, para su sorpresa, un recibimiento fuera de lo común en sus alumnos: “Lo último que habría querido ser yo era maestra pero me tocó enseñar toda la vida. Nunca lo busqué pero vengo de una familia de maestros”. Y trae consigo el gen de la pedagogía, ese que no se aprende en ningún lado pero que la acompaña como un sello distintivo de su carácter: “Beatriz es un ser muy especial, irradia conocimiento porque es una maestra de la vida”, dice Castro, quien considera que el haber trabajado con ella lo transformó para siempre, como a tanta gente que compartió con ella: “Yo hago parte de un grupo al que Beatriz le cambió la vida. Es una mujer que no sólo sabe sino que además comparte sus dones”.

El contraste entre su personalidad solitaria y tímida estaría marcado por una comunión inusitada del público con su obra. Una mirada social y política particular la obligó a interesarse por las realidades más duras mientras le daba vida al color como una manera de evocar su infancia: “Entrecierro los ojos y veo los colores de Bucaramanga, de lo que veía en mi niñez. Los colores de mis cuadros son los de los atardeceres que observaba con mi papá. Él solía decirme que yo era una artista”.

Esos naranjas, amarillos, azules y verdes de su memoria son los mismos que utiliza para registrar tragedias como los suicidios, los crímenes domésticos y las matanzas que han sido protagonistas de sus obras.

A los 70 años a Beatriz González no le queda tiempo libre. Entre clases universitarias, conferencias, investigaciones y la continuación de su labor pictórica, ‘la Maestra’ nunca tiene un respiro, como si los latidos del corazón le fueran marcando también los pasos: “En cada uno de sus trabajos, sea como artista, como curadora o historiadora, le imprime un sello de profundidad admirable y es imposible saber cómo le alcanza el tiempo para hacer todo lo que hace”, dice la periodista cultural Dominique Rodríguez.

Frente a sus ojos, a más de cien metros de altura, Beatriz tiene una vista de 180 grados de Bogotá. Desde su ventana puede ver los columbarios del Cementerio Central, que hoy están intervenidos con su obra Auras anónimas como una manera de restituir la memoria de 9.000 lápidas sin nombre. Piensa en la mujer de la carta anónima que le dio coherencia a la exposición sobre Yolanda Izquierdo, que por estos días está exhibida en la Galería Alonso Garcés, y en lo poderoso que puede resultar el arte, su arte. Dice que quisiera conocerla para ayudarla. Quizás darle una oportunidad para estudiar. Decirle que nunca imaginó hasta dónde podía llegar como artista. Después de todo es consciente de que quizás como en ningún otro país del mundo, en Colombia cuenta mucho el azar: “La aparición de las cosas lo cambia todo”, dice. Y pocos como ella para confirmarlo.