La moda sostenible

Comenzar a tomar conciencia profunda es tal vez una navegación interactiva: recorrer distintos territorios y rastrear a esos microactores que son los jóvenes, quienes con su creatividad crean el main stream.

Son realmente diseñadores urbanos que reflejan todas las necesidades de una generación; son escritores, historiadores actuales de colores, texturas y cortes que marcan la nueva industria. Ésta tiene que cambiar mirando a los pequeños, a esas empresas de jóvenes sin recursos pero que cuentan con un radar inmenso y coherente.

Ellos son los nuevos cool hunters, quienes dan un ritmo nuevo y diferente a la confección; los que creen y piensan en la importancia de la moda manual, artesanal, la de antes. Esa moda con personalidad, esa manualidad de los telares, de las dos agujas, de los apliques y bordados, de las costuras visibles, de los acabados sencillos; esa moda hecha por mujeres desplazadas, reinsertadas, cabeza de familia, que necesitan sentirse útiles y educar a sus hijos.

Esas pequeñas marcas que están naciendo, brotando como pequeñas plantas en distintas regiones del mundo, son un reflejo de la gente actual; son el reflejo de la gente: son la gente. Las grandes marcas, por su parte, tienen una distancia abismal con el consumidor real y con sus necesidades. Las grandes marcas son sólo eso: una marca.

La moda debe tener claro que el mundo cambió. No podemos comprar por comprar. El ritmo del consumo debe bajar como en el caso del agua y de una contaminación desbocada derivada del empleo de tintes, químicos, materiales tóxicos y mil amenazas más.

Construir marca es tal vez lo más complicado que hay en este mundo caníbal donde, como siempre, el más grande se traga al pequeño. Es necesario estimular a los jóvenes creativos que deciden aventurarse con pequeños negocios... de barrio, de comunidad, con proveedores confiables y locales, en medio de un tejido urbano sano, que involucre a los protagonistas cotidianos de una moda joven, una nueva ola de pensamiento y tendencias, sensible a una demanda que está harta de lo mismo, aburrida de ser tratada como mutantes robotizados.

Los jóvenes son el futuro, hay que darles oportunidades de desarrollo. Conformar una nueva fuerza laboral sería lo ideal; que entidades como Naciones Unidas sigan reforzando el tema educativo con becas internacionales para abrir panoramas, que la academia se ocupe cada vez más del tema de la moda; que instituciones nuestras como el SENA estimulen a esquiladores, tejedores y bordadores, para que no abandonen su origen, para que sigan la tradición invaluable de sus mayores.

El cambio de modelo es pedido a gritos por un planeta que quiere seguir vivo, que necesita conservar sus nacimientos de agua, sus veredas y campos, sus bosques y selvas. La moda incide en todo esto como el gran consumidor que es, el más masivo.

Claro está que los costos de una moda ética son altísimos. La paleta de colores de una moda ecológica es mucho más  restringida y elaborada, requiere  de un tratamiento más laborioso.

Nuestro comportamiento tiene relación directa con cómo nos debemos vestir para salvar la Tierra, para salvar aquello que queda de nosotros mismos. La moda sostenible es un viraje de impacto social, pues nunca antes este tema había sido relacionado con sostenibilidad.

Pasamos de la gran economía a la economía del nicho, nuevas habilidades para un nuevo mundo que se nos presenta en carne viva y que debemos curar y vestir con inteligencia.

Sólo un 20% de los consumidores actuales están dispuestos a pagar más por prendas ecológicas fabricadas mediante una tecnología no invasiva. El consumidor irá cambiando poco a poco, eso no se logra de la noche a la mañana. La crisis ecológica también afecta al diseño. Es necesario definir las responsabilidades y darnos cuenta de que un nuevo año empieza sensiblemente mejor con un cambio de actitud.