La nueva revolución chilena

El país austral ha conquistado el mundo con sus Cabernet Sauvignon, pero el trabajo con otras variedades como el Carménère y el Carignan, un cepaje de origen francés, empieza a abrirle nuevas puertas a su mercado.

Los Cabernet Sauvignon de Chile siguen, sin duda, engalanando el prestigio del país austral como productor de vinos de alta calidad. Esa imagen se debe, en gran parte, a los indiscutibles logros alcanzados por marcas como Don Melchor, de Concha y Toro; Don Maximiano Founder's Reserve Cabernet Sauvignon, de Viña Errázuriz; Casa Real, de Santa Rita, o Finis Terrae, de Cousiño-Macul. Todas han apostado por la estructura de la clásica variedad bordelesa y en ocasiones la han acompañado con otros cepajes clásicos franceses como el Cabernet Franc, el Petit Verdot y el Merlot, entre otros.

Al lado de estas luminarias siguen otras que, basándose en la expresividad del Cabernet Sauvignon, también han llegado lejos, como Almaviva, una alianza entre Viña Concha y Toro y Château Mouton-Rothschild; Le Dix, de los Vascos, propiedad de Eric de Rothschild (de la francesa Château Lafite), y Seña, hoy propiedad exclusiva de Viña Errázuriz, pero asociada, en el pasado, a la californiana Robert Mondavi. Entre los locales destacan Montes Alpha 'M', de Montes Wines, y Zavala, de Viña Tarapacá.

A la par con estas etiquetas han alcanzado fama varios emprendimientos como Casa Lapostolle, del grupo francés Marnier-Lapostolle, que ha elevado a los olimpos a la variedad Carménère, principal componente de su aclamado Clos Apalta. Con un puntaje de 96 puntos, Clos Apalta ocupó en 2008 el primer lugar entre los mejores cien vinos del mundo. Al manejo magistral del Carménére le sigue Carmín de Peumo, de Concha y Toro, que ha confirmado el potencial de esta variedad para situarla entre las grandes de Chile. Y en posición parecida se encuentra la joven bodega Casa Silva, que se ha convertido en los últimos años en una de las principales exponentes de la llamada “cepa perdida”. Para el aficionado colombiano es importante saber que, sin excepción, todos estos vinos se encuentran disponibles en el mercado nacional. Faltaba Casa Silva, que a partir de este mes podrá encontrarse en los principales hoteles y restaurantes del país, de la mano de la importadora Marpico.

El Carménère Reserva 2005, de Viña Casa Silva, elaborado por los enólogos Mario Geisse y José Ignacio Maturana, fue elegido como “el mejor de los mejores” en el primer concurso Carménère al Mundo, avalado por Asociación Mundial de Enólogos.

Basada en el Valle de Colchagua, Casa Silva ha consagrado gran parte de sus recursos económicos y humanos al estudio del Carménère, promoviendo el hallazgo del genoma de esta uva con la finalidad de seguir obteniendo de ella su mejor expresión. Como muchos habrán de recordar, la Carménère se confundió en Chile, por más de 130 años, con su prima, la Merlot, hasta que, a comienzos de los noventa, fue redescubierta por un experto francés. Hoy, Chile es el único país del mundo con cantidades importantes de la variedad y por eso Casa Silva está apostándole a un más promisorio futuro.

En una serie de actividades organizadas para presentar a Casa Silva en sociedad, el enólogo Maturana habló de la forma como su bodega trabaja con el Carménère, una cepa que en ocasiones tiende a manifestarse demasiado herbácea y secante. ¿Cómo conseguir el equilibrio? “Todo parte del viñedo”, dice Maturana. “El entendimiento del suelo, que debe ser de baja fertilidad; el seguimiento a lo largo de la maduración y el manejo cuidadoso en bodega conducen a vinos frutados, de taninos dulces, jugosos y entretenidos. El toque verdoso se mantiene para aportarle frescura, pero no se elimina, porque sería como cambiarle su personalidad, y de eso no se trata”.

Mi única observación es que los sorprendentes Carménère de Casa Silva, entre ellos el Carménère Casa Silva Colección, el Carménère Casa Silva Reserva y el Carménère Casa Silva Los Lingues, deben tomarse sin apuros. Servidos en una copa de cáliz amplio, empiezan a sorprender desde el primer sorbo, revelando una atractiva combinación de fruta negra, pimienta y chocolate, con una sensación jugosa en el paladar y una terminación prolongada.

Otros interesantes vinos de Casa Silva, y que muestran un nuevo camino para Chile, es su apuesta por variedades como Pinot Gris, Viognier y Petit Verdot. El Pinot Gris, primo distante del Sauvignon Blanc, se muestra frutado y delicado, mientras que el Petit Verdot sorprende por su curiosa combinación de fuerza y elegancia, que deja en el paladar sensaciones perdurables. Otra de las pocas casas que han decidido poner en evidencia esta variedad tinta es Santa Carolina, con su vino Barrica Selección.

Pero quizás la última novedad es la gradual escalada del Carignan, un cepaje de origen francés, que siempre se había considerado de segundo o tercer nivel. Durante años se la utilizó para realzar color, estructura, acidez y aromas. Algunas bodegas dignas de tener en cuenta, por su trabajo con la Carignan, son Viña Morandé, De Martino, Torres, Valdivieso, Gillmore y Casas del Bosque. El de Morandé es considerado, por muchos, el mejor de su clase. Incluso, ha surgido un Club del Carignan y el propio periodista Patricio Tapia ha decidido incursionar como productor, con un Carignan de pequeñas partidas, que, año a año, ha ido ganando terreno en el mercado chileno.

Más allá, entonces, del Cabernet Sauvignon, los ejemplos de la nueva “revolución chilena” son muchos. Y esa es una buena nueva para los consumidores.

Temas relacionados