La operación descaro

Hasta hace poco, en la Casa de Nariño se cuidaban de guardar las apariencias, pero el tiempo empezó a apremiar y ahora entraron en plena operación descaro.

Porque no es si no descarada la imposición del referendo, así haya sido financiado de forma irregular, quizá criminal, así la torpe redacción de la pregunta al elector la estén enmendando a la brava y así transite por un Congreso indigno y carente de representación. ¿Podemos aceptar que este organismo lleno de los suplentes de los suplentes de gente que está en la cárcel o es investigada por delitos graves nos conduzca a territorios desconocidos? Yo digo que ni por un instante.

Lo peor de un régimen mandón que se perpetúa en el poder es esa costra dura que se va formando alrededor de la figura del jefe y en la que se privilegia la sumisión, no la competencia o el rigor. La labor de un cortesano, antes que gobernar con tino, consiste en lograr una lenta erosión del balance de poderes. Por eso han ido llenando las cortes y los organismos de control de gente obediente y orientan el gasto público para obtener beneficios electorales. En mis libros, eso se llama corrupción institucionalizada.

Surge, sin embargo, una paradoja sorprendente: si algo nos puede salvar de un tercer período de Uribe -potencialmente catastrófico- es la dramática incompetencia del equipo económico, que no sólo no reaccionó a tiempo ante la crisis de DMG, sino que tampoco ha sabido capear los fortísimos coletazos del tsunami de Wall Street. Les piden que inviertan en infraestructura o en vivienda popular y son incapaces de hacerlo en serio. El referendo, de pasar los considerables obstáculos que le quedan, se estaría votando a fines de este año, en el peor momento económico del país en la última década. Por ende, no sería imposible montar una bonita campaña que pida votar en blanco, no en contra, para no promover la abstención sin tampoco agregar votos a la crucial cifra total.

El problema aquí es que, a semejanza de los países vecinos, la oposición colombiana es débil y se sigue debilitando. No hablemos de la sectaria izquierda polista, que no ha sabido desmarcarse con claridad y contundencia de los movimientos armados, lo que equivale a tomar cianuro electoral. Casi peor es la situación del Partido Liberal, donde la que brilla es Piedad Córdoba, una mujer cínica que acomodándose bien la boina que le regalaron se presta para hacer de agente de viajes de los secuestrados a cuenta gotas hacia la libertad. ¡El indigno espectáculo de la liberación del cabo Moncayo va a durar un mes! De ahí que la única oposición efectiva sea la que ejerce una parte del periodismo, que al menos pone troncos gruesos en el camino de la aplanadora. Y valga el valiente ejemplo de Daniel Coronell, que acaba de pillar fuera de base a los atembados hijos del ejecutivo.

La verdad es que todavía no estamos de lleno en territorio Fujimori o en territorio Chávez y que no habremos llegado allí hasta que el actual presidente no inscriba su tercera candidatura presidencial, algo que aún podría no suceder.

¿En qué consiste esa popularidad que nos quieren vender tan cara? Es apenas la suma de las palmaditas en la espalda que gente como uno le da a Uribe cuando los llaman los encuestadores. Ojalá y el presidente no termine por pedir como parte de pago la cabeza de la democracia en una bandeja.