Desde la viña del Señor

El tipo de vino  utilizado en las iglesias es estrictamente reglamentado por el Código de Derecho Canónico. Se utiliza para recordar la memoria de Cristo y debe ser natural.

Algo que ha tenido siempre la Navidad, desde el punto de vista católico, por supuesto, es que invita a la reflexión y al recogimiento, y al acto de dar y compartir.

Así como ocurre en Semana Santa, la Navidad atraerá a las iglesias a millones de devotos creyentes . Hostias y vino estarán en gran demanda. Para los proveedores de vinos de consagrar o vinos de misa, estas fechas siempre se convierten en su mejor aguinaldo. Porque una cosa es cierta: no cualquier vino tiene la aprobación canónica para poder utilizarse como tributo sacramental.

Antes de mirar cuáles son los vinos aceptados, es preciso recordar que, así como esta bebida ha jugado un papel alimenticio, económico, y social en la historia del hombre, también ha formado parte de su dimensión espiritual.

Desde la domesticación de las especies animales y vegetales, en el período del Neolítico, el vino, al lado del olivo y la higuera, ha figurado en el epicentro de la experiencia humana. Después de establecerse en las estribaciones del Cáucaso, en Georgia (esa frontera excepcional entre Europa del Este y Asia), la cultura de la vid echó fuertes raíces en lo que hoy es Líbano e Israel. De ahí su importancia tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el fondo, somos uvas y racimos de la Viña del Señor.

Para los pueblos de la antigüedad, el vino fue un conducto de conexión con los seres superiores. Por estas mismas razones, las deidades, como parte de su misión divina, tuvieron la responsabilidad de preservar el cultivo de la vid y el consumo del vino. Así lo hicieron Osiris, en Egipto; Dionisio, en Grecia, y Baco, en Roma.

En el caso del cristianismo, el uso del vino como  recordación y celebración tiene su origen en la Última Cena, ceremonia encabezada por Jesús al lado de sus apóstoles antes de su muerte.

La relación de la Iglesia con el vino, sin embargo, no se limita a ese memorable instante. Tras la caída del Imperio Romano, en el siglo IV de nuestra era, los monasterios se convirtieron en el resguardo natural de la vid. Ante el vacío de poder resultante, los pueblos bárbaros del norte desataron una ola de destrucción de todo vestigio romano, incluido el cultivo de la viña y la elaboración del vino. La presión contra la práctica milenaria del vino se mantuvo después durante la ocupación árabe. Pero gracias a los monjes, la tradición se mantuvo viva.

Al tratarse de una bebida ceremonial, el tipo de vino utilizado en las iglesias es estrictamente reglamentado por el Código de Derecho Canónico, es decir, aquel conjunto de normas bajo las cuales opera la Iglesia católica, y que cobija temas como las responsabilidades de los jerarcas, los derechos y obligaciones de los fieles y la estipulaciones de los sacramentos.

Según dicha ley, el vino utilizado para recordar la memoria de Cristo debe ser natural, de uvas maduras y no contener sustancias agregadas.

No se especifica si el vino aceptado por las normas debe ser blanco, rosado o tinto, aunque en la mayoría de los casos tiende a provenir de uvas blancas moscatel. Para asegurar su mantenimiento y evitar la oxidación, se permite agregarle alcohol vínico. Esto hace que, en esencia, el vino de consagrar sea un fortificado, es decir, un mosto dulce con un contenido de alcohol relativamente alto, muy parecido al oporto o a algunos tipos de jerez. Esto obliga a que se le hidrate o se le rebaje con agua en el momento de la comunión.

Por lo general, un vino de misa puede tener hasta 16% de alcohol por volumen y más de 100 gramos de azúcar. En efecto, los vinos con mayor volumen de alcohol se preservan mejor contra los efectos del aire y pueden abrirse y mantenerse en buen estado por varias semanas. Un vino seco de bajo contenido alcohólico pierde propiedades en pocas horas. Si se avinagra o se corrompe, el sacerdote, sacristán o monaguillo debe descartarlo de inmediato.

Según el país y el mercado, son pocas las compañías que se dedican a la producción de vino para consagrar. Es más: sólo pueden hacerlo aquellas que hayan recibido el visto bueno de las autoridades eclesiásticas.

En un mercado como el latinoamericano, gran favorecedor de los vinos dulces de misa, este tipo de vino puede tener aplicaciones que van más allá de lo litúrgico. Por ejemplo, se les recomienda con postres o pasteles de hojaldre, o con los muy colombianos ponqués.