Linchen a la pecadora

El infanticidio es una triste constante antropológica en la historia del mundo.

En algunas culturas antiguas ya desaparecidas, y en algunas indígenas todavía vivas, matar a los niños recién nacidos (en ciertas circunstancias) ha sido una costumbre aceptada. Los que tenían alguna imperfección, en la Grecia antigua, los gemelos entre algunos indios de la Sierra Nevada o los demasiado débiles arrojados al río en el Amazonas. Podrían multiplicarse los ejemplos: el mismo relato bíblico de Moisés salvado de las aguas después de ser abandonado a su suerte en el Nilo; Rómulo y Remo tirados a la corriente de otro río, el Tíber. También hay casos menos románticos: los nazis que eliminan a los bebés con defectos físicos.

Muchos mamíferos, si están en un período de hambruna, o si están padeciendo un estrés excesivo, en los zoológicos, matan también a sus crías. Es un misterioso instinto, que aparentemente va en contra del instinto, pero que tiene sentido (sentido biológico, no ético), tanto en las condiciones humanas al límite de la subsistencia, como en las de los animales amenazados. Hay que levantar las crías en las mejores condiciones posibles; si estas son adversas a la supervivencia, es mejor dejar la reproducción para un período más propicio.

En Colombia, el año pasado, 25 mujeres mataron a sus hijos recién nacidos. Es triste y es trágico, y también es indeseable. Pero es un indicio más del profundo malestar, de las dificultades con que muchas madres tienen que afrontar un embarazo no deseado y un nacimiento que tampoco se quería. No creo en la maldad intrínseca de estas mujeres; sí creo en su desesperación. Si estuvieran menos obnubiladas, si no tuvieran tanto miedo, si no padecieran una especie de locura momentánea, los darían en adopción. A mí me parece que actúan más bien, en cierto sentido, como ese Lope de Aguirre que ha sido siempre visto como un valiente: al verse rodeado, y temiendo que su propia hija, Elvira, fuera a ser violada, avasallada y muerta, resuelve matarla él mismo, antes de ser ajusticiado por sus enemigos.

No digo que el infanticidio deba ser tolerado, ni mucho menos. Pero me parece detestable esta histeria justiciera contra una mujer desesperada. Toda esta semana, en prensa, radio y televisión, estuvieron fustigando sin piedad a esta madre que también tiró su hijo a un barranco, Johanna Macías. La tratan de asesina, la pintan como la mujer más despiadada y sin sentimientos, dicen que hay que aplicarle la ley —también histérica— que ahora quieren imponernos a todos con un referendo: cadena perpetua. Pero muchos piden también la pena de muerte. ¿Y por qué no, de una vez, la lapidación de la pecadora?

Habla muy mal del estado psicológico del país esta tendencia obsesiva a la moral histérica y al linchamiento público. En una Colombia donde la impunidad campea ante los delitos más atroces (masacres, desapariciones, secuestros, falsos positivos), nos dan la golosina de una pecadora menor, de una madre desesperada que no quiere tener un hijo más, y nos deleitamos con su tragedia y su condena. Para que no la linchen, hay que protegerla en una guarnición militar, porque ahí viene la horda de los justicieros, que van a acabar con el Mal, encarnado en ella.

Me molesta este tono iracundo que se apoya en esas campañas —efectistas y populistas— de defensa de los niños, idealizados hasta el cielo como santos angelitos. No digo que no haya que proteger a la infancia. Claro que la violencia contra los niños deja secuelas indelebles, y hay que hacer campañas educativas insistentes contra esa violencia. Eso es lo que sirve: ir en contra de la violencia en general. Pero no esta histeria (violenta muchas veces) contra mujeres que deben ser juzgadas con parsimonia, con una dosis alta de compasión por sus actos que —precisamente por ser tan horribles— lo que revelan es un estado de profunda perturbación mental, el cual debe ser siempre tenido en cuenta como un atenuante al hacer un juicio de su conducta homicida.

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