Lo que ignoras

En estos días chateando con una amiga, ella me dijo: “¿Me das el pin de tu BB?”. Y yo, como no entendí lo que quería decirme, le tuve que pedir explicaciones. Ella me lo explicó y ahora sé qué quiere decir el pin del BB.

Cuando no lo supe, y cuando acabé sabiéndolo, recordé una frase que, por célebre, ya no se sabe quién la dijo: “A las personas no se las define por lo que conocen, sino por lo que ignoran”. No saber qué es el pin del BB, me definía a mí. Esa ignorancia era mi salvación. Ahora que lo sé, no estoy orgulloso ni me siento más sabio. Quisiera seguir ignorando qué es el pin del BB, pero el olvido no es un músculo voluntario (como el bíceps), sino involuntario (como el corazón).

Esta anécdota sin mucha importancia me recordó otra de hace muchos años. Una vez llegué tarde a una reunión y me incorporé a una conversación que ya estaba empezada. Estaban hablando de David Copperfield y yo, muy feliz de que hablaran de un tema de mi interés, empecé a divagar sobre la gran novela de Dickens publicada por entregas, su carácter autobiográfico, la maravilla de la construcción de los personajes, lo malo que era el padrastro, el buen corazón que se adivinaba en el gran escritor inglés...

De pronto noté que me miraban con una mezcla de asombro, burla y compasión. No sabían de qué estaba hablando yo. Yo no sabía ellos de qué estaban hablando. Resulta que hablaban de un mago cuya existencia yo ignoraba. El nombre del ilusionista era David Copperfield y al parecer había hecho desaparecer la estatua de la Libertad. Yo quedé definido por lo que ignoraba; mis contertulios también.

Mi hijo adolescente, que es paganito (no bautizado) y que tampoco ha hecho la primera comunión, me ha contado varias veces lo incómodo que se siente en los entierros y en los matrimonios religiosos. Todo el mundo reza, mueve las manos, se levanta, canta, se sienta, se arrodilla. Él mira anonadado y trata de seguir el ritmo, pero no sabe siquiera con qué mano persignarse.

Cuando, por espíritu imitativo, se arrodilla y se pone las manos sobre la cara, mira por entre los dedos para decidir cuándo se tiene que volver a parar. Y en cuanto al Credo y al Padrenuestro, mueve los labios mientras pronuncia dos únicas sílabas: la lo la lo la. También a él lo define lo que ignora.

Las hijas de un amigo mío —ateo militante— para quien la transubstanciación del pan en el cuerpo de Cristo es una cosa tan seria como los amuletos de colmillo de tigre en la muñeca para evitar el mal de ojo, le contaron un día a su padre, después de asistir con cierta envidia a la primera comunión de sus compañeritas de clase, que al final de la misa todas las niñas “se habían comido la ostra”. Lo que no saben dice lo que son.

Yo puedo casi jurar que, fuera de Marilyn Monroe (de quien no he visto ni una sola película completa), no me sé el nombre de ninguna actriz. No me enorgullezco, ni mucho menos, de mi ignorancia, pero sé que me define.

Como a otros los define no saber cuál es la segunda ley de la termodinámica. Soy hincha del Dim (por fidelidad a mi infancia), pero aunque sé que este año quedó campeón, juro que no sabría decir el nombre de uno solo de sus jugadores. Con eso queda establecido que el fútbol me importa un pito. A uno lo define lo que ignora.

Vuelvo al principio: no saben cómo me gustaría no saber qué es el pin del BB. Pero ya lo sé y por mucho que yo me lamente de mi mala memoria, no he podido olvidarlo. El pin del BB es una especie de contraseña que se dan los propietarios de Black-Berries (un tipo de teléfono celular como el que usan Uribe y Uribito) para poder chatear mientras el uno está montando a caballo y el otro en el Congreso comprando votos con bajezas. Ah, no saben lo que daría yo por volver a caer en mi feliz ignorancia de lo que es el pin del BB.

Pero es inútil, ya lo sé, ya lo sabré para siempre. Como lo saben ustedes, pobres desgraciados que me han leído hasta aquí. Ya no nos define lo que ignorábamos, sino lo que sabemos.