Los 50 años de la píldora

Hace 50 años el gobierno federal americano permitió la venta de Enovid, el primer anticonceptivo oral de uso masivo, y el mundo cambió.

Hasta entonces las mujeres sexualmente activas estaban condenadas a engendrar recuas de hijos, muchos de ellos no deseados. Su lugar, con escasas excepciones, era el hogar y su destino habitual la sala de partos. La píldora las liberó de este agobiante yugo y les permitió dar un grito de independencia tan trascendental, que la desamortización del cuerpo femenino bien puede haber sido, junto con la extensión de la democracia, el cambio más importante y positivo que nos dejó el siglo XX.

Aparte de dar un tremendo impulso a las mujeres, la popularidad de los anticonceptivos tuvo efectos notables en otros territorios. La Iglesia Católica, por ejemplo, se obstinó en prohibirles a sus fieles el uso de cualquier método artificial de control natal, haciendo zig cuando debía haber hecho zag, pues en el proceso perdió para siempre la fidelidad de gran parte de las mujeres educadas de los países católicos. ¿Cómo se entiende, si no, que Italia y España, dos de los países más católicos de Europa occidental, tengan también las menores tasas de fertilidad? Este descalabro, sumado a la creciente separación de la iglesia y el Estado en los países democráticos y a la insistencia en el impracticable celibato de los sacerdotes, la tienen más postrada que nunca en dos mil años de historia.

Menos conocido por la gente joven es el hecho de que una parte de la izquierda de los años sesenta y setenta concibió una teoría folclórica según la cual la píldora había sido inventada para evitar que en el Tercer Mundo nacieran los revolucionarios del futuro. Un economista colombiano, Jorge Consuegra, tuvo el dudoso honor de publicar el libro emblemático en la materia. Su título, que le dio una breve celebridad continental, sintetiza muy bien el argumento: El control de la natalidad como arma del imperialismo. Consuegra, fundador y durante años rector de la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, es por lo visto uno de aquellos híbridos inestables y explosivos que produjo el concubinato entre el catolicismo y el marxismo, al igual que Camilo Torres y los curas de Golconda. Asegura un hijo de Consuegra que el propio Papa lo llamó por teléfono para felicitarlo por su libro. El argumento partía de un principio radical, que hoy se nos antoja cínico a más no poder, según el cual había que agudizar al máximo las contradicciones del sistema antes de que nada pudiera mejorar. Era por lo tanto legítimo y hasta deseable que la explosión demográfica condujera al caos, detrás del cual llegaría la revolución.

A estas alturas la famosa catástrofe malthusiana ya no causa el mismo terror que antaño. Dirán algunos –creo que con razón– que las desmesuradas tasas de crecimiento poblacional son cosa del pasado, salvo en unos pocos países africanos o musulmanes, aunque también es cierto que China, India e incluso Brasil han demostrado que tener una población muy numerosa dista mucho de constituir la terrible calamidad que aterraba a los malthusianos.

Abierta la caja de Pandora hace 50 años, ya no hubo cómo ni cuándo cerrarla. A poco andar la panoplia disponible para planificar se amplió y hoy incluye dispositivos intrauterinos, inyecciones mensuales o trimestrales, diafragmas, espermicidas y demás. Pero el grito de independencia lo dio la píldora en 1960 y eso amerita una celebración.