Los avatares del cine

Un humano de la casta de los guerreros gringos (después de un viaje de varios años hecho en estado de hibernación) llega a la luna habitada de un lejano planeta, Pandora, y allí reencarna —mediante clonación y conexión cerebral— en un grácil bípedo humanoide de piel azul, más de tres metros de alto, nariz, cola y orejas de felino, con grandes y vivaces ojos amarillos.

El hombre, un ex marine parapléjico, se siente como pez en el agua en su nuevo cuerpo alienígena, un cuerpo que pertenece a la especie inteligente que vive en Pandora: los Na’vi.

La hija del rey de los Na’vi se encarga de adiestrarlo en las costumbres de su tribu extraterrestre: montar unos equinos de seis patas, volar sobre aves prehistóricas amaestradas, cazar con flechas envenenadas. El ex marine clonado en nativo y la hermosa princesa Na’vi, como era de esperarse, se enamoran.

El amor obra el milagro de transformarlo en un Na’vi auténtico y el ex guerrero humano se convierte en enemigo de los humanos invasores. El propósito abierto de la misión terrícola en Pandora consiste en apoderarse, a las buenas o a las malas, de un elemento valiosísimo, el Unobtainium, una especie de oro o petróleo carísimo que aviva la codicia de una transnacional que paga mercenarios militares para que allanen el camino hasta poder abrir la mina del unobtainium, el cual yace debajo del árbol sagrado donde habita la tribu de los Na’vi.

Lo anterior no es lo importante. La trama y el guión de Avatar son adecuados a la historia, pero no pasan de ser una fábula tradicional, bastante elemental, casi infantil, enmarcada en una ficción futurista (año 2154). Lo que sí importa en esta película es la maravilla técnica de las imágenes en tres dimensiones, que nos hace sentir casi como si estuviéramos metidos en las entrañas de la historia, no como espectadores sino como otro terrícola o alienígena presente en la acción.

Más aún: sumergido en un ambiente líquido de buzo, como en un mundo de ensueño que funciona distinto al nuestro: un mundo azaroso y hermoso al mismo tiempo, con paisajes que parecen la sublimación de los mejores paisajes marinos y terrestres, en medio de plantas y animales fantásticos que son como el resumen de todas las especies y bestias que han hollado, nadado o volado por la tierra.

La historia de amor es la de siempre, la historia de guerra y codicia no se aparta de las tradicionales, pero la magia visual hace que vivamos como nueva la disputa entre guerreristas y científicos, entre tolerantes y fanáticos, entre voraces sanguinarios al estilo Bush e ilusos buenas personas tipo Obama.

James Cameron no es para mí, ni mucho menos, “el rey del mundo”. Prefiero las películas intimistas que hablan de un mundo más parecido a lo que yo considero “real”. No creo que para hacer buen cine sea necesario tener detrás a Fox con un bolsillo en el que haya 230 millones de dólares disponibles. Sin embargo, no se puede negar el encanto y el ensueño que produce esta maravilla técnica que es Avatar.

La sala de cine vuelve a ser esa pecera oscura en la que cientos de personas (un poco ridículas tras sus gafas 3D de pasta plástica) dejan salir involuntarios suspiros de asombro, casi metidos en un viaje psicodélico con una droga alucinógena reinventada: el nuevo cine.

La nueva sensación se siente desde los cortos: Alicia parece que de verdad viviera en el país de las maravillas. La realidad parece haber ganado algo más con este invento que va mucho más allá de las películas en 3D (tan torpes todavía) que vimos en la adolescencia.

Si quieren asistir a un espectáculo nuevo, donde la historia, a pesar de la válida crítica política (contra el etnocentrismo del texano blanco —Bush— y contra los humanos depredadores del equilibrio ecológico planetario) pasa a un segundo plano, vayan a ver esta asombrosa magia de los sentidos, que sería perfecta si la música no fuera tan torpe y si los diálogos fueran menos sosos. Hay que verla, sin embargo, pues vale mucho más de lo que cuesta la boleta. El cine parece entrar aquí en un nuevo avatar, en una nueva encarnación fascinante.