Los malditos celos

Obvio que los celos son malditos. Parece como si a uno lo poseyera el mismísimo Satanás. Las facciones de la cara cambian y hasta la voz se distorsiona. Algunos matan. Y es un problema universal. Todos los han sentido y los han generado.

Claro, generarlos es más agradable. ¿Que será ese deseo enfermizo de obsesionarse con que la pareja se quiere ir detrás de otra? Autoestima no es, de eso estoy muy segura. ¿Será saber que el deseo por sentirse deseado es parte de la supervivencia y que este deseo viene de la mano de la vulnerable tentación de probar cosas nuevas?

Hay dos alternativas: dejar que se apodere la angustia del cuerpo para armarse películas en la cabeza y tener la plena seguridad de que se fue con la otra, o quedarse tranquilo mirando el techo sin que lo que el otro esté haciendo produzca ningún efecto. ¿Dónde está el punto medio? Los celos son vitales para componer canciones y obras de teatro, pero para el día a día es una maldición que ataca con mayor brío a los débiles de espíritu, o a los que tienen ojos a sus espaldas.

Tiene su encanto sentir celos, reafirma que el otro sigue enamorado, o en el peor de los casos, que tiene un ego más grande que su rabo. O que la otra persona es demasiado necia y se la pasa detrás de los demás buscando algo. Sin comentarios.

¿Pero qué tal cuando son simples películas?

¡Existen! Las hemos visto, aquellas maniaco-paranoicas que con gesto de cariño ya están recreando un secondlife, e imaginan al personaje principal teniendo un romance de meses con la niña de reparto, hasta el punto de seguirlo por la ciudad y armarle shows delante de la fiesta entera. Por supuesto, esto acompañado de algún trago. Al terminar la fiesta, a la mujer hay que sacarla amarrada, mientras la de reparto queda acongojada y algo desorbitada. Aunque, aceptémoslo, sí hubiera algo de flirteo de por medio, la maniaca es la única a quien le cae la culpa.

Leí que le dijeron al castor que la manera de evitar los malditos celos era prestarle atención a la pareja durante la noche. Sin exagerar, sin quedarse plantado a su lado. Pero sí que luego del mingle (darse un vueltón por las pistas), ir de vez en cuando a reírse y brindar. Darle a entender por qué salió con ella. Algo balanceado.

Qué desgaste el de esos celos. Y qué agonía crean al día siguiente, en pleno guayabo, cuando uno se acuerda de las bestialidades que sucedieron. La tragedia no es por haber imaginado o no imaginado, la tragedia llega por dedicar una noche entera al servicio de un hombre que eventualmente la está pasando bueno, mientras la otra estuvo a su merced agasajándole su indulgente perversidad.

La segunda mejor opción para enfrentar los celos es dejar que el otro coquetee y hacerse uno el maduro, repitiéndose que aquello que los ojos intentan no enfocar, es un flirteo pasajero. Digo la segunda opción porque la primera (y la más eficaz) es evitar enamorase. Pero como ambas son absurdas, quedan las canciones: “Esos celos me hacen daño, me enloquecen… jamás aprenderé a vivir sin ti”.

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