Los viejos amigos

Mi mamá y mi papá, en su devota atracción de padres, se sometieron a forzosos estragos tecnológicos (más de uno ha forcejeado a gritos con el celular cuando del otro lado no oye sino estática y ni hablar de los golpes al computador) para estar en constante comunicación con sus hijas. Y lo lograron, a las patadas pero ahí van.

Mi madre comenzó con e-mails, creo que su tecla favorita es el forward: todo, absolutamente todo, me lo reenvía, sobre todo esas cadenas que hay que mandar a 10 personas o diosito no te hace el favorcito. Del e-mail pasó al BBM, pero la comunicación es nula, cada vez me entiende menos (cada día escribo más rápido, las palabras tienen menos letras, la mitad de la oración son símbolos… vamos llegando a los jeroglíficos que grababan en las cavernas.) y como no sufre de “persecución clinc clinc” –ese sonidito que anuncia mensaje– pues toma hooooras en responder un mensaje, aparte de que mientras busca su teléfono entre maquillaje, billetera, kleenex, mil libretas, las fotos de su nieta y las gafas, ya hemos buscado solucionar el problema por otro lado. Pero ahí está, junto con mi padre, sacando todos los juguetes para estar en contacto con sus hijas… Lo hacen los míos y los de todos mis amigos. Y con todo y que debo explicar algunos adjetivos mal logrados en mis columnas, saben más de lo que pensamos. El Facebook es un tema censurado.

Y los amo porque del blanco y negro pasaron al LED, y del marconi al BBM, y de la taquigrafía al chatslang, así me tome eternidades explicarles cómo subir una foto, la foto termina en papel decorando su cuarto, luego de que atrofió el computador y tuvo que recurrir a Foto Japón para que se la escanearan. Aunque claudico en mi intento fallido por introducirlos a Twitter, y a la 49, y a explicar qué hace uno en la calle hasta las seis de la mañana. Y les decimos viejos, pero son mas jóvenes en espíritu que la suma de sus hijos, y cuando tenían mi edad, ya habían hecho y deshecho… “yo soy tu sangre, mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo”.

También están los “nuevos amigos”, las mamás mamacitas, las que están estrenando juguete y ya vienen con la tecnología en la mano, las que se duplican los jueves en las noches, y ni qué decir el sábado de guayabo, esas que recurren a los viejos amigos para que les cuiden sus encarguitos porque no hay niñera como la vieja amiga. Ellas que se le miden a todo, desde el rodadero hasta la piñata, a conciertos, a estereopicnic, y que si las ves en la calle están más bellas que antes de ser madres.

Pero aunque “nuevos”, siempre serán los “viejos”, los que por más que salimos huyendo apenas tuvimos el primer sueldo, es adonde llegamos a que nos den jugo de lulo y las empanadas de la abuela congeladas para las onces, por si acaso. Que aunque en la cuarta tusa nos repitan “lo que es de uno es para uno”, les seguimos buscando el hombro para que sigan diciendo que no hay como gozarse cada instante, que el tiempo pasa rápido, y preguntan por una cantidad de amigos, con nombres y apellidos, que uno no ve hace años y están ahí pendientes de que uno se enderece y llame a dar las gracias y a decir que salió divina en la serie pero que trate de hablar más despacio… Las mamás son cosa complicada, no podemos vivir sin ellas, pero somos felices de que los encuentros sean esporádicos. Tampoco hay que abusar de un abrazo apretao.

Aquellos que ya no tienen a sus padres cerca, qué mejor regalo de la memoria selectiva que recordar a los únicos incondicionales que aun con pataletas, regaños y un constante intento por cambiarlos, ahí estuvieron y están a nuestro lado llamando todas las mañanas a desearnos un buen día porque nosotros somos también sus amigos más viejos. ¡Feliz día a todas las madres, feliz día del amor y la amistad, de cumpleaños, de reyes magos, gracias por ser los viejos amigos incondicionales! No teman por esas arruguitas que ya hacen estragos ni por que el caminar esté un poco más lento, siguen siendo bellas y más mamacitas que antes… Yo soy tu sangre, mi viejo… Y qué buena sangre.