Martina García: "Quién no quiere actuar con Johny Depp?"

Mucho tiempo ha pasado desde que la gente se enamoró de ella cuando era una adolescente en Amor a la plancha. Desde entonces no ha dejado de crecer. Entre México, París y Barcelona ha forjado una carrera cinematográfica que bien puede terminar en Hollywood
Martina García: "Quién no quiere actuar con Johny Depp?"

Si algún adjetivo le encaja a la perfección a Martina García es la dulzura. Despojada de su belleza natural, de la frescura que irradia frente a las cámaras, del aire de estrella que los círculos del espectáculo le empiezan a colgar sin que ella misma lo crea merecido, queda la Martina dulce y auténtica, esa que se deleita con un trozo de tarta de frambuesa, que se sorprende cada vez que entra a los recintos de la Sorbona, que se regocija con el gesto sincero de los habitantes de La Ticla, la playa mexicana donde filmó Amar a morir y donde hasta hace poco jamás habían visto cine.

Precisamente por estos días arriba a Bogotá al estreno de la película, tras abrirle campo a un itinerario apretadísimo que la llevó en las últimas semanas a los festivales de Toronto y de Tokio como parte de la promoción de otra de sus películas recientes, Rabia, del director ecuatoriano Sebastián Cordero.

Vive entre México, París y Barcelona, filmando y cumpliendo las audiciones de rigor de próximos proyectos, y también apurando su carrera de Filosofía en la universidad más prestigiosa de la Ciudad Luz. ¿Le puede quedar tiempo para algo más? Sí, claro, para unirse a las muestras promocionales de las películas en las que actúa y para responder entrevistas por correo electrónico.

Fue la única manera de acceder a ella sin afanes. Durante varias semanas intercambiamos mensajes para redondear una entrevista que pareció más bien la conversación de dos amigos que se cartean para saber de sus vidas. Y hasta se coló una que otra infidencia, como la de su deseo oculto de trabajar algún día con Johnny Depp, aunque no sea hasta ahora sino un símbolo de sus sueños profesionales, más que una muestra de su ambición, que no la tiene.

Martina prefiere dar un paso a la vez, sin acelerarse ni convencerse prematuramente de sus logros. Es una mujer prudente y ecuánime, que sabe calcular las verdaderas dimensiones de su éxito. Pero también sueña y es sensible, y sobre todo, dulce. Esto fue lo que escribió:

Actuar a morir

–Desde que tengo uso de razón quise ser actriz. Lo ratifiqué cuando descubrí la literatura y me obsesioné con los personajes de los libros que leía. Siempre quería ser la princesa. Aun hoy sueño con hacer una historia de época al mejor estilo de La princesse de Clèves, de madame de La Fayette, la primera novela histórica francesa, de la que se hizo el año pasado una adaptación libre y actual que me encantó y en la cual una vez más me vi reflejada: La belle personne, de Christophe Honoré. Recuerdo haber leído a los 13 años Del amor y otros demonios y enloquecer con Sierva María; y a los 15 fascinarme con la protagonista de ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo; y años después extasiarme con Lol V. Stein, de Marguerite Duras, y con la Ondina, de Jean Giraudoux. La actuación es mi vida.

–Mis papás me incentivaron desde niña a desarrollarme artística e intelectualmente. Empecé en el colegio con clases de ballet. Luego estudié actuación con el maestro Paco Barrero, en Bogotá; después en The Central School of Speech and Drama, en Londres, y con Juan Carlos Corazza, en Madrid. También estudié canto con Silvia Moscowitz, Héctor Artiguez y Ramón Calzadilla, en Bogotá. La formación es importante para tener criterio y desarrollarte en un espacio seguro, pero también es fundamental conservar la inocencia y la libertad interior. Donde más he aprendido es en cada rodaje.

–Actualmente hay una tendencia en el cine mundial de mezclar actores no actores con actores profesionales para lograr mayor realismo. Algunos de estos actores naturales –para usar el término del gran Víctor Gaviria– resultan ser maravillosos. En esa medida, tomando la actuación como la representación de la condición humana, creo que cualquiera que logre transmitir y despertar emociones en el espectador dentro de una historia, es actor.

–Amar a morir ha sido una aventura fascinante desde el mismo momento en que llegué a México a conocer a Fernando Lebrija. Con él fui por primera vez a una de las playas más preciosas que he conocido, las de la costa pacífica de Michoacán, donde meses después se filmó la película. Fue hermoso vivir frente al mar durante dos meses e integrarme con la naturaleza, andar descalza, bailar y correr por la playa, sentir una libertad enorme y una aceptación y desapego total.

–Estábamos en un lugar incomunicado, en un entorno totalmente natural donde no entraba señal de internet ni celulares, lo que a pesar de todo fue ideal para sentir uazza, en Madrid. También estudié canto con Silvia Moscowitz, Héctor Artiguez y Ramón Calzadilla, en Bogotá. La formación es importante para tener criterio y desarrollarte en un espacio seguro, pero también es fundamental conservar la inocencia y la libertad interior. Donde más he aprendido es en cada rodaje.

–La preparación del personaje empezó meses antes con horas y horas de sesiones de bronceo en cámara –que aproveché meditando– y tomando el sol a diario durante la filmación. Físicamente era muy importante tener el auténtico color de los nativos, así como adquirir el acento de la región, y para eso nada mejor que hablar con la gente del lugar, que además era encantadora.

–Tiendo a vivir mucho mis personajes –lo que no siempre está muy bien– y fue perfecto desconocer muchas cosas, desde la idiosincrasia mexicana hasta lo que es la vida en un pueblo, para poder abordar el personaje desde la inocencia pura. El reto de siempre: hacer creíble un personaje, en este caso una mexicana de una región específica, siendo colombiana. No sabía si lo había logrado hasta que la crítica y el público mexicanos (ha sido la película mexicana más taquillera este año) me dieron su aprobación.

–La locación principal fue La Ticla, un paraíso donde conviven surfeadores extranjeros y nativos. De allí me quedó grabada una imagen: las caras de los niños viendo por primera vez una película de cine: la nuestra. Literalmente, la observaron con la boca abierta. Ellos veían la película y yo los veía a ellos mirar. ¡La magia del cine!

–He tenido la suerte de trabajar siempre con actores grandiosos que se han quedado en mi corazón. Para comenzar, Enrique Carriazo, Robinson Díaz y Teresa Gutiérrez, con quienes me formé en mis comienzos en Colombia. En México dicen en broma que sólo me faltan Gael García y Diego Luna, porque ya he alternado con Damián Alcázar, Daniel Giménez Cacho y Eugenio Derbez, todos muy reconocidos. En España, a veces no puedo creer que haya tenido la oportunidad de trabajar con actores de la talla de José Sancho, actor emblemático ganador del Goya por Carne trémula, de Almodóvar; Concha Velasco, gran actriz y diva de todos los tiempos; Álex Brendemühl, Eduard Fernández y Javier Bardem.

–El personaje de María, en Rabia, es tal vez el más complejo que haya interpretado: alguien a quien le destruyen el corazón y no puede expresar su dolor frente a los demás. Me enseñó que tienes que poner límites entre el personaje y tú, no puedes volverte el personaje porque causa una gran confusión en ti y en los demás.

–No sé si llegará el día en que sienta que de verdad lo he hecho bien. Siempre me estoy cuestionando si tomé la mejor elección para la escena o para el personaje, o si debí haberlo hecho diferente. Puedo enloquecer repitiendo las líneas del personaje aun después de rodar.

–Sergio Cabrera y Sebastián Cordero cambiaron mi visión de la actuación. Pero Alejandro González Iñárritu, quien me acaba de dirigir en Biutiful, me cambió la visión de todo.

–Todavía no he pensado en Hollywood, pero ¿quién no quiere trabajar con Johnny Depp? Ni siquiera conozco Los Ángeles, pero pronto iré. En realidad, no tengo diseñado un camino. Muy seguido me ha pasado que me encuentro viviendo cosas con las que ni siquiera soñé, y que son infinitamente mejores que las que se suelen desear.

De la Filosofía y otros relatos

– Estudiar Filosofía ha sido definitivamente un sueño. Cuando estoy en La Sorbona me siento como en otro época, en otra realidad, y pienso en toda la gente que ha pasado por ahí. ¡Demasiada historia en esos muros! En mi primera clase no lo podía creer. Me costaba mucho concentrarme, miraba todo y a todos por primera vez, como una niña. La clase tenía tanta energía, los marcos de las ventanas eran tan antiguos, la profesora hablaba de manera hipnótica de tantas cosas que mi cabeza andaba a mil por hora y no entendía nada.

–Soy de repeticiones, de releer libros, de oír la misma canción durante horas, de volver a ver las películas. En la literatura suelo remitirme a autores como Camus y Cioran, y recientemente a Paul Auster, sobre todo La invención de la soledad, que me fascinó. De Camus me encanta La caída, soy fetichista de ese libro; también El extranjero y Una muerte feliz. De Cioran, soy fanática de Los silogismos de la amargura y de Ese maldito yo. ¿Y las películas? Mrs.45, de Abel Ferrara; La dolce vita, de Fellini; Amores perros, de González Iñárritu; Los 400 golpes, de Truffaut; y Dogville y Antichrist, de Lars Von Trier.

–Hay tres frases de Cioran que suelen rondarme la cabeza: “Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero deberíamos estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo está por inventar”. “La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay quienes creen aún en la profundidad de la filosofía”. “Fuera de la música, todo, incluso la soledad y el éxtasis, es mentira. Ella es justamente ambos, pero mejorados”.

–A propósito, la música es inherente a mi vida y a mi trabajo como actriz. Es muy importante para mí. Tengo canciones escritas en francés, en inglés y en español. También planeo grabar un par de covers, lo haré cuando pueda concentrarme en ello.

Martina en las ciudades

–La primera vez que tomé un avión a México, sentí que me disponía a descubrir un lugar especial que podría cambiar mi vida. En cuanto aterrizó el avión, tardé una décima de segundo en confirmarlo.

–México es una tierra mágica, musical, colorida y auténtica. Pocas tierras tienen su pasado tan latente, sus muertos tan vivos. Había leído a Rulfo y a Octavio Paz pero había que estar ahí para sentirlo. Allí he pasado momentos maravillosos de mi vida. En todas mis películas –salvo una– he trabajado con mexicanos. Los adoro, están en mi corazón.

–Fui a París por primera vez a los 9 años en la “clase de neige” (clase de nieve) del colegio donde estudiaba, el Liceo Francés. Es un mes en el que te llevan a esquiar y a vivir de lleno la cultura francesa. Desde entonces he vuelto con cierta frecuencia.

–No hay un solo París en mis recuerdos. Cada vez ha sido completamente nuevo y distinto, aunque es verdad que tengo la capacidad de ver todo como por primera vez. Recuerdo en especial un hermoso verano durante el cual iba muy seguido de picnic a los cayos del Sena a tomar vino rosado. Pero nada como cuando se estrenó Perder es cuestión de método. Mis ojos no podían creer que la película estuviera en tantos cines parisinos, compartiendo cartel con Mr.& Mrs. Smith y Charlie y la fábrica de chocolates.

–En la Plaza de La Sorbona, frente a la universidad, suelo ir a tomar un café entre clases o a comprar libros en alguna de las librerías de la zona. También frecuento los cafés de Saint-Germain-des-Près (¡me encantan las tartas de frambuesas!) y no puedo evitar pensar en gente como Picasso, Sartre, Simone de Beauvoir y otros intelectuales que fueron clientes asiduos del mítico Café de Flore, donde tuve un encuentro inolvidable con Emir Kusturica, de quien soy gran admiradora.

–Me gusta caminar sin prisa por el Jardín de las Tullerías. Muy cerca de ahí está la preciosa y cinematográfica Plaza Vendôme, que desencadena en mí todo tipo de imágenes. No sólo me hace pensar en Catherine Deneuve en la película que lleva el nombre de la plaza, sino también en otras de sus películas como Bella de día, de Buñuel, y Repulsión, de Polanski, dos de mis favoritas de todos los tiempos. A propósito, una de mis grandes inspiraciones también fue actriz de Polanski: la divina y única Isabelle Adjani, quien –lo descubrí hace poco– nació el mismo día del mismo mes que yo, el 27 de junio.

–El aeropuerto del Prat de Llobregat ha sido testigo de mis constantes partidas y llegadas a Barcelona. Hay momentos en que paso por ahí hasta dos veces por semana. Lo hermoso es saber que mi hermano siempre estará esperándome o despidiéndome con un gran abrazo. Por muchos años él vivió en Praga y yo en Bogotá y luego en Londres. No podíamos vernos mucho. Ahora que coincidimos en Barcelona, somos muy unidos.

–Me gusta mucho la arquitectura gótica. En Barcelona, una de mis iglesias favoritas es Santa María del Mar, un templo luminoso y a la vez oscuro construido en el siglo XIV. La primera vez que entré, sentí que era un lugar muy especial. Su hermosa entrada, sus impresionantes techos, la luz tenue entrando a través de las columnas… fue como si ya hubiera estado ahí.

–De las ciudades europeas me gustan en general las plazas porque suelen tener fuentes o esculturas y la luz cae de manera especial; en Barcelona me encanta la plaza Francesc Macià, con su estanque en forma de isla y la escultura femenina llamada Juventud, construida en los años 50. Es una plaza de belleza espectral.

–También me gusta mucho caminar por los callejones antiguos y por el paseo del Born, y frecuento algunos restaurantes acogedores de la zona como Kama (‘deseo’ en sánscrito), un restaurante lounge indio donde hay opciones vegetarianas deliciosas y buena música, al tiempo que pasan imágenes al mejor estilo de Bollywood. Mis platos favoritos: el caviar de berenjenas y las frutas y verduras en salsa a base de coco. También soy adicta a las setas, espárragos trigueros y pimientos del famoso restaurante de tapas Ciudad Condal.

–El Paseo de Gracia, una de las avenidas más famosas y concurridas, tiene unos bancos de Gaudí camuflados en los separadores bajo los faroles antiguos donde puedes sentarte a contemplar la Barcelona modernista en todo su esplendor. Es muy cinematográfica, no por nada directores como Woo-dy Allen, Alejandro González Iñárritu y Fernando León de Aranoa han elegido filmar sus últimas películas ahí.

–No importa si es invierno o verano, siempre saco tiempo para dar un buen paseo por las playas de Barcelona, leer un libro o ver el reflejo de la luz dorada en el agua. Adoro el mar, me calma y me inyecta de vida, me mide frente al universo.

Sensibilidad a flor de piel

–Soy bastante sensible y muchas cosas me aceleran el pulso. Tanto que en algún momento fui al cardiólogo. Puedo nombrar algunos momentos especiales, como el día en que llegué a vivir a Londres a los 19 años y sentí una enorme libertad de espíritu. O la noche del estreno de Perder es cuestión de método en el Festival de Venecia… entrar al emblemático Palazzo del Cinema caminando por la alfombra roja rodeada por los imponentes leones del festival, a punto de verme en pantalla por primera vez.

O a comienzos de este año, cuando recibí de manera inesperada un largo y muy impresionante aplauso al terminar mi corta participación en Biutiful, la nueva película de González Iñárritu. Recuerdo su sonrisa sincera y la de Javier Bardem, la de Rodrigo Prieto y la de todo el equipo, y los abrazos que vinieron después. Es una costumbre aplaudir y celebrar cuando alguien termina su participación en una película, por más corta que sea su aparición. Pero para mí ese momento fue único, casi se me sale el corazón.

–Recuerdo haber visto a Rostropovich tocar el violoncello en Londres y no poder parar de llorar, y más recientemente, ver en Madrid a Marisa Paredes en una adaptación al teatro de Sonata de otoño, de Bergman. El texto era tan impresionante y las actuaciones tan contundentes que me sobrecogí hasta las lágrimas.

–Siempre me pongo nerviosa en ese pequeño instante en que apagan la luz en la sala cuando va a comenzar una película o una obra de teatro. Mi respiración se acelera como si fuera yo la que estuviera a punto de aparecer en la pantalla o sobre el escenario.

–Cuando se va a proyectar alguna de mis películas siento algo sublime. Es un instante de miedo intenso, un temblor en todo el cuerpo, seguido de una sensación de protección absoluta, de estar cuidada por Dios y por el universo. Es lo mismo que sentía cuando mi mamá me llevaba a la cama cada noche y, después de apagar la luz, rezábamos el Ángel de mi guarda.

Ahora que llega el estreno en Colombia de Amar a morir, es probable que Martina vuelva a experimentar ese mismo temblor de la primera vez. Y puede que nunca se le quite. Lo cierto es que se siente muy segura del camino elegido. Ante lo cual le formulo una última pregunta por correo:

Marilyn Monroe dijo alguna vez: “Me gustaría mucho ser una buena actriz, una actriz de verdad. Y también me gustaría ser feliz, ¿pero quién lo es? Creo que intentar ser feliz es casi tan complicado como intentar ser una buena actriz”. ¿En qué punto del camino andas tú en este momento?

–No conocía esta frase, es honesta y certera. Coincido en que es un mismo camino, en efecto, largo y complicado. Es un camino que no tiene final. No sé en qué punto estoy, sólo sé que trabajo incansablemente por ser una buena actriz y, sobre todo, por ser feliz.

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