Mi fin de año

Se acabó el año ahora sí. Y a las resoluciones que escribí el año pasado las voy a tener que hacer copy paste porque de esas no cumplí nada.

Ni le bajé al cigarrillo, ni dejé de tomar trago, ni me levanté más temprano. Ni yo, ni los millones de mequetrefes que todos esperanzadores ponemos nuestros deseos incumplibles en un pedazo de papel que luego metemos en la fogata.

Hace dos años, en Mompox, iba a quemar las resoluciones, que vienen siendo las mismas del año pasado y las mismas que voy a escribir en este, pero la creencia popular es que la pólvora tiene mayor efecto que la fogata, y ahí estaba yo, poniendo mi papelito en un cohete que luego prendieron sin avisar. Ya entendí por qué la mitad de los niños en Mompox están achicharrados.

Y todas esas horas de concentración, organizando las costumbres de fin de año, escribiendo lo que vamos a cambiar el año siguiente, como si el 31 se borraran todos los recuerdos y el primero tuviéramos el pelo más largo, o fuéramos más flacos. Mi mamá ya tiene callos de darle la vuelta a la manzana con la maleta, y nada que viaja.

Que comer el pavo, los buñuelos y... no sé de qué región sacaron que a la cena hay que sumarle lentejas para el porvenir. Y se pone uno a comer como mendigo todo esto, no sólo para quedar con sobrepeso sino que faltando cinco para las doce está uno encima de la mesa con indigestión severa.

Que feliz año por aquí, que feliz año por allá, y el primer día del año uno está deprimido por semejante guayabo.

¡Ja! Y uno pidiéndoles a los dioses encontrar el amor de la vida, o al menos uno para pasar un rato. Y luego rece para que no sea el fin de año, porque donde le levanten la falda en el baño y salgan a la luz los calzones amarillos para la buena suerte, ¡plop! Bye, bye, amante.

No contento de tener las manos quemadas, de estar lleno hasta explotar, de tener la dignidad puesta en unos pantis, llegan las doce uvas para coronar el pandemónium. Doce gigantes uvas moradas. ¿Qué más va a pedir si ya llenó un papel tamaño oficio de resoluciones? ¡Ah!, que con las uvas no se pide; se añora. “Añoro tener una casa con terraza y vista a la ciudad”, y ahí se quedan añorando, porque como las uvas son mágicas, ya nadie trabaja.

Y con la pólvora se dan las gracias:

¡Gracias 2009! Gracias por la euforia, por los cambios de casa, por la fiesta que nunca acabe, por Andrés de Chía, por Cartagena, por La Fania, por el desierto de Villa de Leyva, por Sofrito, por Las Brutas, por El Blanco, por Junio 10, por Tiesto, por CROMOS, por The Killers, por los taconcitos, por el Parque del hacha, por Roa, por la radio, por Oaxaca, por Bardot, por McKee, por Pedyalite, por San Andrés, por baby beluga, por el Hitachi, por el lounge de la Brasserie, por los kalentations, por Cali, por enamorarnos, por partirnos el corazón, por los mariachis, por Baltazar... por los nuevos amigos y por los de siempre. ¡Gracias!

Pero igual ya me veré corriendo con la maleta por la cuadra, con los calzones amarillos, atragantándome con las uvas y jurando que no vuelvo a fumar. Y gritando a los cuatro vientos ¡Feliz Año!

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