Miedo

Las conversaciones con un opositor de izquierda (y con ciertos miembros del Partido Liberal) tarde o temprano desembocan en una pregunta.

¿Cómo es posible que un impresentable como Álvaro Uribe siga teniendo semejante popularidad en Colombia? No lo entienden. Un graffiti de la Universidad Nacional es más brutal: “pueblo bruto: reelige al dictador”.

Mal va una oposición cuando ignora de dónde surgen las fuerzas de su adversario, si bien yo les sugeriría buscar el origen del teflón uribista en el miedo. Razones para el miedo las hay y las ha habido de sobra. En 2002 Marco Aurelio Buendía tenía en jaque a Bogotá y había secuestros, masacres y boleteos por todas partes. Aunque las raíces del miedo son viejas, la sensación se agudizó bajo los gobiernos de Samper y de Pastrana, cuando el paramilitarismo y la guerrilla se multiplicaron en paralelo sin que el Estado pudiera, o quisiera, hacer nada al respecto.

Los ilusos pensaban que se trataba apenas del miedo de los ricos. No obstante, las pescas milagrosas, las extorsiones de menor cuantía y el reclutamiento masivo de menores, además de las historias recurrentes de crueldad indiscriminada de la guerrilla y el paramilitarismo, se encargaron de cimentar el poder del uribismo en los estratos uno y dos. A Uribe lo han acusado de complicidad con los paramilitares, pese a lo cual el teflón sigue vigente pues —mal y a desgano— en los últimos siete años se comenzó a desmontar un fenómeno que antes crecía y crecía sin parar. Porque no es posible decir que el paramilitarismo ejerce hoy el mismo poder que ejercía en 2002, cuando Mancuso se dijo dueño del 35% del Congreso. El Gobierno extraditó a los jefes paramilitares, aunque es igualmente cierto que no ha hecho nada para reversar la contrarreforma agraria que éstos efectuaron a sangre y fuego junto con las mafias, lo que de algún modo premió a ambos fenómenos criminales y los mantiene en rescoldo hacia el futuro.

El opositor perplejo no ve el miedo porque su visión de mundo está permeada desde hace mucho por una ideología dañina y equivocada que sugiere que la violencia política es un factor de progreso —Marx la llamaba la partera de la historia—, una ocurrencia inevitable en situaciones de desigualdad social, lo que desde luego le impide a quien así piensa hacerse cargo del miedo de las grandes masas de electores. No ayuda mucho a la ecuación que en las dos últimas alcaldías de Bogotá, ejercidas a nombre del Polo, la sensación de inseguridad se haya agudizado, ni que un directivo como Daniel García Peña diga que la asonada que padeció la semana pasada el rector de la Nacional es apenas una guachafita.

Piénsese que en la medida en que la oposición no tenga una respuesta para el miedo, sus opciones políticas a escala nacional son remotas. Pueden ganar elecciones locales, pero sería muy raro que los electores le otorgaran el mando de las Fuerzas Armadas por la vía de una opción presidencial.

Alguna vez escribí que esa teoría de la violencia inevitable y medio justa es semejante al alcoholismo. Insisto, pues, en que la oposición debe dejar el vicio. Es posible que el opositor perplejo sienta algún síndrome de abstinencia, pero pronto se podrá reponer, ya que quedan muchos territorios, como el fiscal, el de las libertades individuales y la cuestión agraria (ver el absurdo embeleco del “Nuevo Liderazgo Campesino”) en los que puede marcar diferencias con Uribe o sus posibles sucesores.

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