Obras de colección

El empresario suizo Donald Hess es un  ejemplo del saber combinar dos artes: la plástica y la vitivinícola. Su colección artistica hace parte de las bodegas Colomé en Argentina.

Al suizo Donald Hess le gustan los sombreros. Los tiene de todos los estilos y colores. Y literalmente lleva puesto más de uno a la hora de definirlo como persona. Es billonario, coleccionista de arte contemporáneo, productor de vinos en cuatro continentes, exigente, reflexivo, penetrante, incisivo y uno de los más entusiastas defensores de la agricultura biodinámica, forma de producción que trata de hacer coincidir las bondades naturales del planeta con los aún desconocidos poderes ocultos del universo.

Aquí lo veremos con los sombreros de productor de vinos de alta gama y coleccionista especializado, capaz de construir un museo en un sitio remoto y apartado de la civilización.

Desde siempre, la simbiosis entre el arte y el vino ha generado manifestaciones creativas extraordinarias. En cierta forma, hacer grandes vinos requiere una dosis de sensibilidad por parte del artista: saber de la tierra y sus ciclos; cuidar de los procesos de elaboración como un pintor lo hace con sus barnices y lienzos; imaginarse la obra final antes de ensamblarla; elegir la botella; definir la etiqueta que comunicará su personalidad, y presentar la creación ante quienes buscan deleitarse con sus aromas y sabores.

Desde los egipcios, la decoración de las ánforas y posteriormente el diseño y hechura de botellas de porcelana implicaban la convocatoria a célebres artistas para realizar la tarea. Más recientemente, casas francesas como Châtheau Mouton Rothschild o argentinas como Navarro Correas han convertido sus etiquetas en pequeñas ventanas para exhibir lo mejor del arte pictórico del momento.

En caso de Hess, este apasionado suizo utiliza el término Hess Collection para referirse tanto a sus cuadros y esculturas, como también a sus bodegas y productos. Perteneciente a una familia privilegiada, se dedicó, en sus primeros años, a embotellar agua de manantiales alpinos bajo la marca Valser, que llegó a ser la mejor de su mercado. Pero en vez de entrar en el encarnizado pugilato por la supremacía del mercado, Hess decidió vender sus marca al más poderoso jugador del sector: The Coca-Cola Company.

Con la plata en el bolsillo, Hess dio rienda suelta a su gusto por el arte, que había comenzado a cultivar desde la compra de un retrato del célebre galerista francés Ambroise Vollard, pintado por Picasso. Desde temprano se enfocó en adquirir obras de pintores, escultores y artistas vivos. Entre los artistas vinculados a su colección figuran Franz Gertsch, Robert Motherwell, Francis Bacon Anselm Kiefer, Magdalena Abakanowicz y Leopoldo Maler. Su filosofía de coleccionista no es comprar grandes obras por el placer de hacerlo, sino que prefiere invertir en el futuro de un autor, acompañándolo en su crecimiento y evolución hasta el momento de su consagración.

Uno de sus mayores apuestas ha sido el trabajo de James Turrell, artista estadounidense consagrado al espacio y la luz. Más que obras físicas, las suyas son percepciones inducidas por el manejo de la luz natural y artificial. Lo cierto es que, cuando se apaga el interruptor, no queda nada. Y aún así, Hess decidió construir un museo entero para albergar bajo techo las sensaciones producidas por el trabajo de Turrell. En sus creaciones interactúan la luz, los cálculos matemáticos, el espacio y la percepción humana.

Este museo forma parte de la Bodega Colomé, situada en la localidad de Molinos, en la provincia de Salta, al norte de Argentina. Es uno de los mejores ejemplos de convivencia entre vino y arte.

Cuando Hess lleva el sombrero de bodeguero, es claro que su apuesta también recorre un sendero conceptual. Más que explotar la tierra, su interés es sacar de ella sus mejores expresiones y después devolverle el favor, sin maltratarla con el uso de químicos y fertilizantes. “Cultívala y devuélvele lo que te entrega”, dice.

Sus principales casas productoras son Mount Veeder  y Artezin, en Napa; Glenn Carlou, en el Valle de Paarl, en Sudáfrica; Peter Lehman of the Barossa, en Australia; Sequana, en el Valle Russian River, en el norte de California, y Colomé, en el Valle Calchaquí, en Salta, Argentina.

Sus vinos pueden describirse con dos calificativos envolventes: gran expresión y elegancia. Los de Colomé se producen entre los 2.700 y los 3.010 metros sobre el nivel del mar, algo que no ha logrado ningún otro viñedo en el mundo.

Fundada en 1831 como Estancia Colomé, la bodega posee viñedos con edades entre los 90 y lo 150 años de edad. Esa perennidad, definitivamente, se nota en la copa. Mezcla de Cabernet Sauvignon (80%) y Malbec (20%), el Reserva muestra una gran concentración de fruta y toques especiados, al igual que mucho carácter. En boca se torna jugoso y elegante.

El Colomé Estate Malbec es una apuesta filosófica para resaltar los valores de la uva emblemática argentina. Este ejemplar lleva, igualmente, un 8% de Tannat, 5% de Cabernet Sauvignon, y 2% de Syrah. Es frutado, especiado, concentrado y elegante, así como jugoso y fresco. Ambos tienen un moderado paso por barricas de roble francés.

El Colomé Torrontés es un tributo a la uva blanca predominante en la región. Es fresco, floral y cítrico, y se convierte en un acompañante natural de la gastronómica oriental y picante. Y como complemento está el Amalaya, un vino joven, frutado, amable y de fácil consumo. Sin duda, la convivencia de vino y arte es milenaria. Pero es bueno que gente como Hess no nos deje olvidar esa antigua relación.

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