Origen austral

Estos dos países empiezan a superarsu histórica rivalidad a través del vino.

Si hay dos naciones que mantienen una arraigada rivalidad en el continente americano son Argentina y Chile. Sin meterme en las refriegas bélicas, esto es algo que he podido captar tras visitar la zona durante años. La espina está ahí y ninguno la oculta.

Los argentinos son, en su mayoría, descendientes directos de europeos. El certero Jorge Luis Borges decía que se trataba de una nación de extranjeros en el exilio. Y como el rasgo predominante de su espíritu es mediterráneo, su forma de ser es cálida, animada y profunda. Sus ciudadanos viven con pasión desenfrenada. Los chilenos, en cambio, formados por ingleses y alemanes, son más fríos y distantes. Se distinguen por su sentido de disciplina y su dedicación al trabajo.

Aunque podría parecer un sueño imposible, en los últimos días  soplan vientos integradores en el mundo del vino. En palabras del periodista y sommelier argentino Fabricio Portelli, la integración debiera llevar a Chile y Argentina a trabajar como aliados y propender por una denominación de origen común llamada “Suramérica”. Yo, sin embargo, hablaría de un punto de origen un tanto más sugestivo: “vinos de la América austral”.

Este movimiento lo han encabezado, desde hace una década, los viñateros de Chile, con inversiones en tierras y bodegas argentinas. Grandes y pequeñas casas se han establecido en Mendoza y la Patagonia para aprovechar un hecho inocultable: mientras Chile ve agotar sus tierras aptas para el vino, en Argentina sólo se ha ocupado el cinco por ciento de su potencial. Del suelo argentino salen marcas de origen chileno como Trivento (Concha y Toro), Doña Paula (Viña Santa Rita), Finca La Celia (Viña San Pedro), Kaikén (Viña Montes), entre otras.

Aunque las bodegas argentinas no han hecho incursiones similares, algunos inversionistas internacionales radicados en suelo gaucho tienen proyectos nuevos en Chile. Es el caso de José Manuel Ortega Fournier, de Bodegas O. Fournier, asentado recientemente en San Antonio. Asimismo, la portuguesa Sogrape (dueña de Finca Flichman) adquirió a la chilena Château Los Boldos, en el valle interior de Rapel.

Pero hay algo más trascendental. Según Portelli, la posible alianza estratégica entre los dos países se basaría en potenciar lo mejor de cada cual. Portelli lo pone de esta forma: “Si tenemos este factor de origen en común, y si, además, podemos complementarnos más que canibalizarnos, esto nos daría más poder frente a otros competidores”. Y tiene razón. Sugeriría, sin embargo, que dos bodegas auténticamente argentinas y chilenas juntaran sus mostos para producir el primer vino austral, “santificado”, si se quiere, por ese poderoso de la “Cruz del Sur”.

Una integración argentino-chilena, alrededor del vino, la gastronomía y el turismo, sería una fórmula ganadora. Cada país podría mantener lo suyo, pero, a la postre, el bloque austral sería imbatible. Bien por Portelli. Porque cuando uno habla del Viejo Mundo, la imagen es independiente por sí sola, pero, a la vez, unificadora frente a la suma de sus partes. Sin duda, el bloque austral alcanzaría una gran resonancia, porque la magia del sur está aún por descubrirse.

 

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