Paola Holguín, la asesora desenfadada

 La mujer que reemplazó a josé obdulio tiene un estilo totalmente opuesto. no se ajusta a los protocolos y con su risa a flor de labios le ha remozado
Paola Holguín, la asesora desenfadada

Unos pies descalzos entran y salen de la oficina 109 de la Presidencia de la República, en la Casa de Nariño. Son los de Paola Holguín, la antioqueña que hace cerca de cuatro meses reemplazó a José Obdulio Gaviria como asesora del presidente Álvaro Uribe en el tema bandera de su administración, pero el más espinoso: el de la seguridad.

Sus compañeros ya se han acostumbrado. Aunque defiende y admira a José Obdulio, su andar es distinto. Ajena al protocolo, trabaja sin zapatos y poco simpatiza con los sastres. Su voz y su risa resuenan por los corredores mientras revisa en su blackberry los informes de las intervenciones presidenciales que por estos días han tenido lugar en Estados Unidos, Panamá, la Costa Atlántica y el interior del país.

La informalidad irradia en las oficinas vecinas. Para esta mujer de 35 años, nunca ha sido necesario el ceño fruncido para rendir. Y algo de su temperamento se ha impregnado en Palacio.

A Paola Holguín hay dos rasgos que la definen perfectamente: la palabra y la política. Ambas van de la mano, pues con el lenguaje le va dando un significado al servicio público, una faceta en la que se siente a sus anchas. “La política no es gripa, eso no se cura, eso no se quita. Uno nace con eso. Yo lo tengo muy adentro. Voy a ser política hasta que me muera”, afirma.

Lo tenía claro desde pequeña, cuando participaba con sus padres de las campañas liberales y los escuchaba debatir sobre problemas sociales. También los ayudaba a repartir camisetas en un típico proselitismo de calle: “Me gustaba estar entre la gente y observarla”. Así fue creciendo, cobijada por una familia liberal hasta el tuétano, acostumbrada al debate y a la diferencia.

Cuando le preguntaban qué quería ser cuando grande, respondía: “Quiero ser presidente y voy a estudiar periodismo”. Y en efecto eso estudió, y más tarde se volvió profesora universitaria. La ecuación se había resuelto: palabra y política; docencia y vida pública. Ahora no puede separar la una de la otra.

“Hay ciertos rasgos que son esenciales en mí. Yo soy juglar, amo hablar, me encanta contar”, dice. Además, es apasionada del conocimiento, de la lectura, de la investigación, pero también del contacto con la gente, características que la convierten en una profesora innata: “La docencia da vitalidad, cuando uno está en contacto con los alumnos todo es posible porque están hechos de algo bueno, ellos están menos contaminados, no hay dogmas. El único título que no me voy a dejar quitar es el de profe, soy la profe y punto”.

Su hermana, Marcela Holguín, confirma la vocación de Paola por la palabra: “Recuerdo que cuando salíamos de paseo, ella contaba todo lo que veía, iba narrando lo que pasaba en el camino”, afirma. Incluso la misma Paola reconoce que viajar con ella era jugar al que durara más tiempo callado porque no podía guardarse nada. La vida era una aventura que era necesario compartir con los demás.

Cuatro años como profesora de política y una maestría en Asuntos políticos y énfasis en economía y desarrollo, en Medellín, fueron suficientes para asumir el reto que le impusieron el presidente Álvaro Uribe y José Obdulio Gaviria, quienes la llevaron a Bogotá a mediados de 2003. Trabajó cinco años en la Casa de Nariño y luego se fue a la embajada de Colombia en México como asesora.

Un año después llegó a la misma oficina que ocupaba José Obdulio. Ahora ella es una de las que le habla de cerca al ‘Pre’, como lo llama cariñosamente y hacia quien no tiene más que calificativos de admiración y respeto. Dice que se siente feliz porque a pesar de trabajar en Palacio, no se ha privado de ser quien es, de hablar duro y vestirse como le gusta. Eso del protocolo no va con ella y –según sus palabras– con el Presidente tampoco. Por eso no le da pena caminar descalza por los corredores ni vestir de blujeans en la oficina: “Yo no puedo ir disfrazada a trabajar –dice–. Gracias a Dios el Presidente no es protocolario”.

Una vez algunas personas le llamaron la atención porque no estaba bien visto que anduviera por ahí descalza o vestida informalmente. Hasta que un día José Obdulio les ripostó: “Busquen a alguien que se vista de sastre pero que piense y escriba como ella y la reemplazo”.

Pero esa misma mujer que se ríe de todo, que saluda al que ve a su paso y le ve a cada circunstancia el lado amable, es la misma a la que se le pone recia la voz para defender al Gobierno y hablar de la seguridad: “Es que lo primero que un estado le tiene que garantizar a uno es la vida”, sostiene. Precisamente, acaba de comenzar una maestría en Defensa y Seguridad nacional en la Escuela Superior de Guerra porque está convencida de que la seguridad no puede ser un valor ligado a ningún partido: “Creo que es un derecho humano. Así como la política social no puede ser exclusiva tampoco de ninguna ideología. La seguridad no es un tema ideológico, no es un tema ni de izquierda ni de derecha, es un valor democrático”. Y dice que su aspiración es que un día la gente la exija como un derecho más, sin importar a qué candidato o partido escoja.

No importa que las aguas se pongan turbulentas, ella continuará firme en su convicción de acompañar al Presidente. Sigue pensando que las críticas se rebaten con argumentos y que desgraciadamente en este país los odios se heredan. Adonde quiera que el destino la lleve, está segura de querer construir una carrera política apegada a los principios democráticos y a lo que defiende ahora: “Creo en el Gobierno, en su programa, en su visión de Estado. Creo en eso hasta la última gota de mi sangre. Pero el día que se haga o se me pida algo que vaya en contra de mis convicciones, ese día me voy”.

José Obdulio, uno de sus mentores, se refiera a ella con estas palabras: “Es una mujer de una calidad humana extraordinaria, con una inteligencia superior. Si sigue sus ambiciones políticas va a dar de que hablar”.

Aquello de ser presidente lo ha aplazado por ahora; en cambio, quiere aspirar algún día al Congreso de la República. Por lo pronto sigue combinando eso que para ella es la razón de su existencia: el disfrute por la palabra y el goce de la política.

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