París vive y respira moda

“París bien vale una misa”, decía Enrique IV, rey de Francia y esposo de la reina Margot. Su frase sigue vigente en este París palpitante, lleno de historia y de monumentos maravillosos.

Pero París es también una ciudad futurista, llena de vida y, sobre todo, de moda, que se toma la capital dos veces al año en la Semana Internacional de la Moda.

En esta oportunidad, el primero en romper el hielo fue el talentoso diseñador John Galliano, luego de 15 años como director creativo de la Casa Dior. El desfile se hizo en casa, como el de 1947, cuando la firma abrió sus puertas. Dieciséis horas le tomó a Michael Howells, mano derecha de Galliano, la decoración floral: 4.000 rosas blancas traídas de Holanda y un centenar de varas de lavanda de Norfolk (Inglaterra). A las 4:30 de la tarde todo era nerviosismo e histeria. Los trajes de noche con metros y metros de tul, los bordados y encajes de Lessage, los cristales de Swarovski, todo listo para las estilizadas modelos que esperaban maquilladas en sus batas blancas, ser transformadas por el genio del drama y de la moda.

Catherine Riviere, directora del taller de alta costura, revisa cada terminado, cada dobladillo, cada broche y cada botón antes de que salgan. El ritual es sagrado en las tardes de alta costura en París. Era una presentación con mucha expectativa entre las editoras de moda y las 120 clientas venidas desde apartados lugares a sentarse en primera fila y, con ojo crítico, hacer el pedido para su nuevo guardarropa 2009-2010. La colección fue una de las mejores que haya presentado Galliano, artífice de la transformación de la imagen de mujeres como Carla Bruni y la talentosa actriz Marion Cotillard.

Su colección estuvo inspirada en su mentor, Christian Dior, en los años 50, cuando la ropa íntima era el verdadero objeto del deseo. Todas las modelos salieron luciendo las más femeninas medias negras con ligueros de encaje, corsés de raso y brasieres de encaje de brujas; como complemento, las más impresionantes chaquetas, abrigos, blusas y lujosos accesorios, que son el fuerte de la casa Dior.

Esa presentación tenía un valor simbólico muy grande en medio de un mundo en crisis.

Pero el imperio del lujo triunfó otra vez y permitió que París siguiera brillando, así como la legendaria avenue Montaigne, donde desde hace más de cinco décadas, en el número 22, está la sede de Christian Dior, la casa que ha visto atravesar sus puertas a leyendas del estilo de Jackie Kennedy, María Callas, Farah Diva y Grace Kelly. “La moda es más fuerte que todo”, afirmaba la ministra de Cultura Françoise Giroud.

Al día siguiente de la Semana de la Alta Costura, la casa del diseñador Christian Lacroix hacía la última presentación de su vida. Este francés nacido en Arles, llevaba más de 20 años luchando contra las adversidades. La recesión lo obligó a cerrar sus puertas. La moda no está exenta de la crisis, aún más cuando su materia prima son centenares de mujeres costureras, bordadoras, dibujantes talentosas, manos que sobre telas carísimas, terciopelos, sedas, velos, brocados y tafetanes dejan una huella única indeleble, y eso cuesta una fortuna.

Lacroix, para algunos demasiado carnavalesco y demasiado colorido, siempre se inspiró en su origen español. Hoy, al presentar lo que muchos se niegan a creer que fue su última aparición, ofreció por primera vez unas salidas sobrias, monocromáticas, casi de luto para modelos que llevaban la cabeza cubierta con turbantes negros. “Trabajé con los materiales que tenía en el taller, no estamos de luto”, dijo. Se vivieron bellísimos momentos, mujeres finas, elegantes y bellas. Yves Carcelles, director ejecutivo de LMVH, estaba en primera fila y eso, en el lenguaje cifrado del mundo del lujo, puede significar, como en el fútbol, una posible compra del pase. De ser cierto, tendríamos Lacroix para rato.

La llegada de los italianos a la semana de la Alta Costura en París es comparable con la de Marco Polo a China. Llegan con todos los fierros: fotógrafos de moda, editoras, actrices, músicos, desde luego modelos y el gran Giorgio Armani al Palais de Chaillot. La presencia de David Beckham, su imagen masculina gracias a un contrato de 30 millones de euros, y la de su nueva cara femenina, Angelina Jolie, casi derriban los muros del palacio por la acción de enloquecidas admiradoras de la moda y sus personajes.

La alta costura en París es como la champaña: mientras alguien la pida, durará para siempre.

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