Lo que pasa en la fiesta se queda en la fiesta

Unos dirán que irse de rumba es una manera de exorcizar las tediosas horas de trabajo, lo cual hace que la pregunta de si no es más terrible enfrentar el guayabo en el cubículo iluminado con luz de neón, no tenga una respuesta acertada.

Porque es tan sencillo como que la gente sale a rumbear para levantarse a alguien. Punto. Es la medida social más irresponsable, emparejar sin importar los estados civiles de los involucrados. Pocos casos se han dado en los que la llegada del amanecer obedece a acontecimientos diferentes, como regresar del extranjero. De resto...

Hay quienes negarán de manera tajante semejante acto oportunista, pero es que no hay otro motivo justificable para alicorarse. Luego de tres ginebras con limón, de que ya se le dijo al amigo lo maravilloso que es, de que ya se concretaron hipotéticamente un par de negocios, no queda otro motivo para raspar fiesta que el de enamorarse.

Las parejas estables casi no duran en una rumba, o si lo hacen es porque alguno, o los dos, están por ahí detrás del baño levantando a punta de piropos al novio del otro. Los hombres se explayan en coqueteos que menos mal son mezclados con el ruido de la música y que han dado vida al coquepop. (Gracias a Dios regresamos al pop y al rock, porque levante con tropipop de fondo, fracaso seguro.) Las mujeres somos más prácticas: con un par de miradas el blanco cae dominado; otras veces el blanco sale disparado.

Es como si la noche, el alcohol y la música abrieran la compuerta teletransportadora que utilizan en Star Trek para viajar a otra dimensión, y se aterrizara a un lugar donde el efímero enamoramiento lúdico es permisible. ¿Qué son unas cuantas horas de borrachera, frente al sentir que se ha logrado el objetivo de levantarse a alguien?

La posperra, llamada así coloquialmente, es igual de fascinante: guayabo que se respete viene acompañado de lagunas en las que la flagelación tiene el nombre del otro escrito por todas partes. El lucro de la rumba es que al estar todos, en su mayoría, en el mismo estado, nadie le debe rendir cuentas a nadie, porque el que coquetea tiene a quién culpar: al trago. Y la novia celosa que en lugar de hacer lo mismo y pasarla mejor que él, desaprovecha la noche peleando, también señala como culpable al trago: "Se me cruzaron los cables".

Por esta misma razón, no hay que confundir al amorhólico con el verdadero amor. Lo que sucede en la fiesta, se queda en la fiesta. Y al siguiente día todos felices hacemos el amor de reconciliación.

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