¿Platónico o raúlico?

Si Platón salió en una cita, contempló la belleza pura y desinteresada de su acompañante y luego la dejó en su casa sin tocarla y llamó a este tipo de relación sin sexo “amor platónico”, ¿qué sucede cuando, digamos, Raúl sale con una mujer, se acuesta con ella y no vuelve a llamarla? ¿Amor raúlico?

Seinfield tiene razón, cada uno puede bautizar su relación con su nombre y patentarla en Wikipedia, sin costo. ¿Quién dice cuál es más romántico o más clásico? A estas alturas del partido, ¿cuánto tiempo queda para seguir imaginando o –más etéreo aún– idealizando una relación por temor a que las cosas vayan muy rápido? Nadie.

Una generación atrás las parejas no morrongas se tomaban unas cuantas citas antes de dar el gran paso de besarse; tres generaciones antes no tuvieron ese entrenamiento, a ellas les llegó todo de tacazo. Pero ahora, con esta velocidad de 3.000 K con que transcurre la vida, ¿hay tiempo y ganas de darle vueltas a lo inevitable sabiendo dónde se va aterrizar? No creo.

En una ciudad como Nueva York, donde pones el ojo pones el teléfono, porque la corriente de transeúntes es tan alta que no se vuelve a ver a la misma persona dos veces. En Colombia el caso es otro, el grado de separación es casi de dos grados y la probabilidad de encontrarla de nuevo es alta. Es muy alta. Entonces ¿aquí el amor debe ser platónico o raúlico? ¿Cuál tiene más chance de desarrollarse?

Alguien un día dijo que las cosas, cuanto más despacio comenzaran, más duración tenían. Es romántico pensar en el “toda la vida”, el jardín y los perros; pero depositar todas las esperanzas de la relación, los deseos explosivos de pasión, la cogida de manos en el cine, amanecer desnudos, ese arranque impredecible con el que se roba el primer beso… depositar todo ese idilio a la fantasía de una relación larga es malgastar el tiempo.

El amor debe ser aquí y ahora. ¿O acaso hay que darle vueltas y vueltas, entrar despacito, ir descubriendo los olores, llevar las cosas con calma como cuando se cata un buen vino, sin afanes? Dicen también que los grandes placeres son los que se degustan de a poquitos. Imposible no compararlo con un par de zapatos; se aprecian en Vogue, se buscan en la tienda, se tarjetean a cinco cuotas, se tapean los dedos con ansiedad esperando que aparezca una buena fiesta y cuando el día llega los stiletos se deslizan por los pies como el de cenicienta. El mismo derroche de placer lo hubiera tenido si sale con los zapatos puestos de la tienda, pero el placer habría sido más espontáneo.

Vivir como si no hubiera mañana, amar como si el tiempo se acabara, entregarlo todo en el primer beso y dejar que el tiempo, si todavía sobran minutos, se encargue del resto. Me volví cursi, pero qué carajos, de vez en cuando no hace daño.

Amor raúlico o platónico, ambos tan clásicos y tan románticos que merecen ser practicados en su debido momento, dependiendo de cómo sople el viento.

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