Ruth Lilly

Ruth Lilly, la última biznieta del coronel del ejército unionista que fundó los laboratorios Lilly, murió sin descendencia a la edad de 94 años en su nativa Indianápolis el 30 de diciembre de 2009.

A lo largo de su vida Ruth tuvo que luchar contra la depresión, al punto de que un hermano debió poner bajo custodia su inmensa fortuna en 1981 por considerar que la dueña no era capaz de administrarla. Poco después Ruth empezó a tomar Prozac, la exitosísima droga patentada por la compañía familiar, y el control de sus bienes le fue devuelto cuando su vida dio un viraje para mejor. Sin embargo, ella no figura aquí por nada de lo anterior, sino por un hecho que linda con lo inverosímil: entre sus muchos actos de filantropía, Ruth Lilly le dejó a la revista Poetry una herencia que hoy vale la bicoca de 200 millones de dólares, lo que convierte al gesto en el máximo acto de mecenazgo que haya favorecido jamás a la más frágil y marginal de las artes literarias.

Este desenlace no deja de tener su lado lírico. Ruth era poeta, mala poeta como tantos otros, y al igual que ellos quería ser publicada, así que en los años setenta envió algunos poemas a la revista. Éstos no se publicaron, aunque siempre el rechazo vino acompañado de comedidas notas escritas a mano. Poetry, pese a haber publicado a Yeats, a Pound, a William Carlos Williams y a Eliot cuando eran poco conocidos, fue siempre una revista pobre, si bien también se destaca su espíritu largamente sobreviviente, pues nació en 1912, tres años antes que su benefactora.

El legado dejó turulatos a los miembros de la fundación propietaria de la publicación, que tenía entonces seis empleados y despachaba desde una oficina prestada por la biblioteca Newberry de Chicago. “Durante 90 años fuimos mendigos. Incluso nos volvimos buenos mendigando, y de tarde en tarde, cuando no quedaba más remedio, bajaba del cielo algún ángel a socorrernos”, dijo en su momento Stephen Young, un funcionario. “Pero esto ya es otra cosa”. Y vaya si lo es.

El punto que me interesa resaltar aquí es cómo esta breve crónica contrasta con nuestra realidad tropical. Algunos ingenuos nos quejábamos hace unos años porque el Grupo Prisa se hizo el de la oreja mocha y sacó del dial a la HJCK para poner en su lugar a una emisora de espantosidades, que sigue allí. Don Jesús de Polanco, ya fallecido, seguramente no había oído hablar de Ruth Lilly, y si hubiera oído hablar de ella, habría alzado las cejas. ¡Qué señora tan loca, por Dios! Don Jesús lamentablemente no era la excepción. El grueso de los empresarios locales —colombianos o importados— cree que cuando les hablan de cultura les están pidiendo que boten dinero al caño. Algo dan, pero uno siempre tiene la sensación de que no le otorgan a lo recibido sino un muy escaso valor y que acceden a lo que acceden para librarse de Fanny Mikey o de sus colegas, que no se dejan sacar de una oficina ni a bala. Poco importa que en otras latitudes se asegure que la cultura es un factor crucial de desarrollo y competitividad. Ellos no lo creen.

Me pregunto si el espíritu de doña Ruth tendrá algún poder de transmigración, así al comienzo nos llegue en milésimas partes. Ojalá lo tenga, al menos entre la gente más joven que empieza a adquirir poder en las empresas del país y para quienes la cultura sí tuvo alguna influencia formativa. Claro, mientras ellos llegan, habrá que seguir hablando con los otros, labor bastante ingrata.

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