Siempre Fanny

Sus carcajadas y su ronco tono de voz, como de "María Félix en lunes", les hacían pensar a sus compañeros de lucha que nada era imposible...

Entró a nuestro país por Buenaventura, como si fuera un polizón, procedente de Argentina, su país natal.

El amor la trajo a nuestra tierra pero su verdadera pasión era el teatro, hacer teatro, actuar.

Comenzó con Enrique Buenaventura en Cali. De ahí llegó a Bogotá al TPB y al teleteatro en blanco y negro. Luego de instalarse, abrió el primer Café Concert, detrás del Hotel Hilton, donde vivían los hippies. Con Carlos Muñoz, Pepe Sánchez y David Stivel, este último como director, convirtieron la comedia en una cruda crítica de la realidad nacional. De ahí saltó al Teatro Chile, que compró caído gracias al entusiasmo de sus sueños y el amor incondicional de sus amigos. En él nació el Teatro Nacional, que cambiaría la cultura de todo un país y escribiría una nueva página en nuestra historia.

Desde siempre tuvo su estilo propio. Una mirada amplia, indescifrable, bella. Su temperamento fuerte y gran sentido del humor le abrieron todas las puertas. Lo primero que empezó a cambiar fue su tono de pelo, hasta llegar a esa naranja llamarada que la acompañó hasta el último día. Hoy, un festival creado por ella lleva ese pelo maravilloso a todos los escenarios y las calles. La moda de Fanny, su alegría y su desenfado quedaron plasmados para siempre en la gente que la conoció y desde luego en quienes trabajaron con ella. Sus carcajadas y su ronco tono de voz, como de "María Félix en lunes", les hacían pensar a sus compañeros de lucha que nada era imposible, ni con todos los problemas del mundo encima, sobre todo económicos. Nunca abandonó la mística, incluso tras la explosión que destruyó parcialmente el teatro en plena función. "El show debe continuar", ese era su leit motiv, gracias al cual dejó obras como La Celestina, A Fanny lo que es de Fanny, Yo amo a Shirley, Quién le teme a Virginia Woolf, La muerte de un viajante y Perfume de arrabal.

Siempre llevó su tango y sus raíces por dentro: vestida de Muñeca inflable en Mamá Colombia, al lado de Jaime Garzón, o como Shirley, una ama de casa desesperada, encontrándose al lado de un futbolista en Río con un tiquete ganado en una rifa. Fanny siempre transmitió con su talento cualquier papel, el que se propusiera. Hasta cuando se estrenó como directora en Cartas de amor. O cuando posó, llena de un entusiasmo que nunca perdió, para el famosísimo fotógrafo Hernán Díaz, que comenzaba como ella. Posó desnuda en una época en que eso no se usaba, para el libro de uno de sus ídolos, el poeta Camacho Ramírez, para su obra La vida pública, y fue su vida darles a los demás el placer de vivir otros lugares, soñar con imposibles, llorar a mares o morirse de la risa.

Fanny nos trajo el mundo, nos acercó los lugares más lejanos, nos enseñó a verlos a través de sus grandes ojos juguetones. Hoy su obra, el Festival Iberoamericano de Teatro, es uno de los más importantes en su género.

Nos dejó sus flecos de charleston, sus grandes escotes y sus medias de malla que mostraban esas esculturales piernas que movía como nadie. Con sus tacones altísimos. Maquillada como una muñeca durante los últimos 27 años por John Jairo Rangel, todo un profesional que la acompañó siempre a todos lados, en todos sus espectáculos y presentaciones. Se vistió de frac plateado, con vestidos largos, pantaloncitos calientes y hasta minis. Nunca tuvo agüeros ante nadie y ante nada. Trabajó, construyó, disfrutó y nos dejó un legado que no tenemos cómo pagarle.

Fanny adoraba el dramatismo del negro y siempre lo llevaba puesto. La enterraron de negro con su gabardina de lentejuelas y sus camisas de satín. La recuerdo con su carterota, sus múltiples anillos, sus uñas y labios rojos y sus llamativos aretes. Adoraba el brillo, y los prints salvajes. También sus camisetas con la imagen de cada festival. Siempre la llevaba encima. Sus fiestas, sus amigos, su casa, su isla... donde se perdía agotada a descansar, después de haber abierto en La Castellana otro teatro y en una sinagoga, siguiendo su sentido de judía errante, la Casa del Teatro.

Su hijo fue su verdadera razón de ser y luego su nieto. Fue una mujer que vivió y amó plenamente, gozó, bailó hasta la última pieza. Nunca hizo caso a los médicos, hasta el punto de haber sufrido un infarto en escena porque parar, para ella, era la muerte.

La torre de Babel que hoy se alza con el festival llegó por cuenta de una mujer que nos recuerda el refrán "Mona, aunque se vista de seda, mona se queda". Fanny nunca siguió la moda, impuso su propio estilo con fuerza, alegría de vivir y honestidad.

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