Sobre la ceguera de ellos. Editorial

Cuando los veo caminando hacia las cámaras, veo en sus caras ese gesto de estupor del que sale a la luz después de muchos años de encierro y tortura.

Desde el primer liberado de hace años hasta los últimos cuatro militares que escaparon de la negrura del secuestro, la imagen es la misma, la misma paradoja: sus pieles irradian la luz del recién nacido y la palidez de lo que fue enterrado en vida.

Celebración mezclada con rabia. Escaparon de la selva pero, sobre todo, huyeron de la oscuridad de unas mentes aisladas y salvajes como la misma selva. Carceleros que en medio de sus más oscuras regiones se volvieron prisioneros de su propia crueldad. Mentes que deliran con ser poderosas extraviando a sus huestes ignorantes entre montañas de crímenes por caminos de inhumanidad. Mentes orgullosas que no perciben en su ceguera que sus ejércitos son sus primeras víctimas.

Cuando veo a mi sargento Delgado y a mi coronel Donato todavía con cadenas en sus cuellos, no veo en los guerrilleros de las farc –en minúscula– ninguna otra ideología que la mentalidad obsesiva de la tortura. Mentes prisioneras que secuestran, que luchan por la libertad –eso creen– con hombres temerosos de la suya, alejados de sus familias y de su bondad natural. Mentes aisladas que no quieren abrir los ojos para no ver sus propios cadáveres, los de sus ideales, los de justicia y respeto para los demás y, sobre todo, para la familia que es sagrada. Mentes perdidas en los laberintos de la droga que ya no elucubran sino que alucinan con el poder de las armas.

Cuando veo a mi general Mendieta caminando hacia las cámaras, rodeado de sus hijos y de su esposa, y alguien hace las cuentas que él viene con 4.246 días retenido contra su voluntad, 4.246 días clavados como espinas en su corazón ansioso por regresar, sólo pienso que las farc, en minúscula, ya son prisioneras de sus propia vergüenza… Y de una ceguera que se agrava, con la presión militar y el repudio, o mejor, la repulsión nacional, al punto que ya no saben dónde están y qué hacen sus manos asesinas, cada vez más dispersas, más descontroladas, más confundidas.

Al ver al coronel Murillo volver después de 12 años de cautiverio, de no ver a sus dos hijos crecer, sangre de su propia sangre, de no poder querer a su esposa, de no poder ver envejecer a sus padres, Enrique y Robertina, veo que las farc –en minúscula– se volvieron ciegas porque no quieren ver lo que hacen y, mucho peor, porque no resisten verse al espejo convertidos en sanguinarios torturadores de la familia colombiana.