Tender puentes, volar puentes

Antes de que existieran los puentes se desconfiaba mucho de los que vivían a la otra orilla del río. Los típicos adversarios eran aquellos que vivían al otro lado.

Cuando se tienden puentes, esta contrariedad se atenúa, y los enemigos, intercambiando bienes, se acercan. Los ríos, cuando hay puentes, unen a los pueblos. Oyendo a los colombianos que protestaban por la voladura de los puentes, uno se daba cuenta de que usaban palabras típicamente venezolanas: “Unos chamos se opusieron, pero a la Guardia no le importó”. Los puentes, con todo su valor real y simbólico, unifican incluso el lenguaje. Volarlos es volver a crear enemistad.

Estos puentes peatonales que tenían 60 años de construidos fueron declarados de repente ilegales, y ruta de contrabandistas y paramilitares. Una baladronada de Chávez. Ya me imagino los gritos del coronel si hubiera sido al revés y hubiera sido el Ejército colombiano el que activara la carga de dinamita: el acto inamistoso habría sido el prólogo evidente de la guerra y de la invasión yanqui. Por eso creo que ha hecho bien el ministro Bermúdez en denunciar este acto unilateral y cruel con la población civil, además de ridículo en quien defiende una supuesta unidad de los latinoamericanos. ¿O pensará el coronel que por puentes de 50 centímetros de ancho van a cruzar los tanques de la invasión gringa?

Mientras Venezuela se dedica —por los problemas internos del coronel— a volar estos puentes reales y a exacerbar los ánimos, la diplomacia de Colombia y Ecuador, en cambio, está consiguiendo reconstruir los puentes simbólicos de nuestras relaciones. Quienes atacaban a Bermúdez como tímido, se están quedando con la boca cerrada. Está manejando con prudencia el problema venezolano y está recosiendo con éxito y paciencia la ruptura con Ecuador.

Cada vez me convenzo más de que el asunto de la reelección de Uribe será definido por la Corte Constitucional. Por mucho que al ambiente de su reelección le convengan las tensiones con Venezuela, en Colombia las cosas se definirán por la vía jurídica. El trámite del referendo y las ambiciones de Uribe tienen vicios tan protuberantes que los magistrados no podrán exponer su prestigio de juristas ante semejantes barrabasadas legales.

Pero la oposición que muchos le hacemos a esta arbitraria trielección de Uribe, y las burradas que vemos en el referendo, no pueden cegarnos tanto como para no ver las burradas que comete el coronel vecino. Hay que separar las dos cosas y admitir que lo que el Canciller está tejiendo con Ecuador está bien hecho, y lo que Chávez está destejiendo en la frontera, es una catástrofe regional. Por antiuribismo no podemos hacerle el juego a algo que es incluso peor: el chavismo.

Es evidente que Chávez ni siquiera entiende a Uribe. Cuando lo acusa de ser “más yanqui que colombiano” se ve que no tiene ni idea de quién es este señor de poncho y carriel, más antioqueño que la arepa y el chicharrón. Hay una izquierda muy torpe que piensa que por el hecho de no ser pobre alguien deja de ser latinoamericano. Uribe entiende menos a Estados Unidos que el mismo Chávez, y se sentiría más extranjero en el norte que el propio coronel. Así que su nacionalismo es tonto cuando acusa a su vecino de ser gringo.

El uso de las bases colombianas por parte del Ejército de Estados Unidos es un error, sin duda. Pero este error no tiene las dimensiones como para desencadenar este ambiente prebélico en todo el continente. Bases norteamericanas hay en Alemania, en Italia, en Japón, y no por eso los franceses, los polacos o los chinos están en pie de guerra. Estados Unidos es un imperio, y aquí encontró quienes se le agacharan, buscando ayuda contra la guerrilla y la aprobación del TLC. Pero de ahí a que eso sea el motivo para una confrontación con Venezuela, el paso es demasiado largo. Y ridículo.

Cuando voy a Venezuela y me pongo a criticar a Uribe, mis amigos de allá siempre me dicen lo mismo: “Te lo cambiamos por Chávez”. Lo pienso un segundo y me toca contestar: “Ah, no, tampoco”.