Todas las cosas las gobierna el rayo

La escena parece tomada de una película de Fellini o de Buñuel.

Trescientos sesenta peregrinos suben, en el pueblo del arcángel San Rafael, al cerro de Pan de Azúcar. El día es el pasado 3 de mayo, fiesta de la Santa Cruz, a las 3 de la tarde. Ante la cruz de metal (que antes fue de madera, pero la cambiaron por aluminio, porque la podría el agua) se prosternan los cientos de devotos en romería. El cura, Vianey Orozco, dirige la oración canónica de la tarde: Los Mil Jesuses. “Vete de aquí, Satanás, que en mí parte no tendrás, porque el día de la Cruz, dije mil veces: Jesús, Jesús, Jesús”.

Mientras rezan, después del día soleado, el cielo se cubre de negros nubarrones y de repente se desata un aguacero. Algunos peregrinos se inquietan, pero don Enrique, el líder del peregrinaje, los sosiega: “Ahora no se vayan a ir porque empieza a llover; hagan de cuenta que están en el río bañándose; esta agüita que está cayendo nos la mandó mi Dios para lavar los pecados” (ver la magnífica crónica de un testigo, Darío Hernández, en El Espectador del jueves). Indiferentes a las inclemencias del tiempo, los fieles siguen rezando, plantándole cara a la lluvia con los mil Jesuses de escudo.

De repente, Jesús, Jesús, Jesús, cuando ya van por el Jesús número 507, un relámpago ilumina el cielo, el trueno se descarga sobre la cruz y sobre ellos y por el rayo caen fulminados más de cien rezanderos. Uno de los primeros en caer es el padre Vianey. El cronista, al incorporarse, ve que el sacerdote está “vomitando sangre como si estuviera reventado y decía: ‘¿dónde estoy? ¿quién me trajo aquí tan lejos?’ ”. El reguero de gente partida por el rayo sigue en el suelo. Hernández los ayuda: “Veía a la gente tirada, encogida. Las manos las tenían retorcidas y los pies también, y pegados del pecho, entonces me puse a separarles los dedos y a abrirles las manos y los pies”. Tres no se levantan: Don Enrique, Blanca Oliva Londoño y una niña a la que le decían Yenyer. Don Enrique había hecho la peregrinación para “pedirle a la Santa Cruz que lo alejara del juego, porque él era muy aficionado. En una sola sentada podía apostar hasta 4 millones en las maquinitas”. No se puede decir que la Cruz no haya atendido a su súplica de alejarlo del juego, si bien de un modo un poco radical.

El rayo y Dios están muy asociados en la imaginación de los hombres desde la antigüedad. Zeus es “el amo del trueno” y lanza sus rayos a voluntad. Se le llama “el Dios lanzador de relámpagos” y muchas veces se lo representa blandiendo un rayo contra los pobres mortales. Los etruscos desarrollaron eso que se llamó “el arte fulgural” o también queraunoscopía, que es la adivinación según la observación del rayo. “Todas las cosas las gobierna el rayo”, dijo Heráclito. ¿Qué puede deducir uno si analiza lo desatado por el rayo en San Rafael? Según Plinio hay rayos fortuitos y rayos enviados por Saturno, y sólo estos últimos tienen un sentido mántico que nos ayuda a entender lo que sucede y a adivinar el porvenir.

Los seres humanos tendemos a convertir en causal lo casual. Sostengo que el rayo del morro de la Cruz fue fortuito, es decir, que fue lanzado por la diosa Fortuna y no por el dios Saturno. Dudo mucho que a Zeus le importe mayor cosa que varios centenares de humanos digan mil veces Jesús en el día de la Cruz. Si hay dioses, y no parece, lo que hagamos estas hormigas que somos los hombres, les debe importar un pito. Bien decía Lichtenberg que por mucho que se predique en las iglesias conviene que en sus cúpulas se instalen pararrayos. Lo mismo deberían hacer sobre la Cruz de San Rafael y sobre todas las cruces. Es evidente que para detener un trueno vale más un pararrayos que 360 mil Jesuses.