Un fenómeno llamado Ágatha

Ágatha Ruiz de la Prada llega a Bogotá para lanzar Zona D, su primer evento en Bogotá; un proyecto muy ambicioso relacionado con las últimas tendencias de diseño en el mundo, que existe ya en varios lugares.

Será en marzo, organizado por otro español, Marcial Muñoz, quien tuvo la visión de traer a la quintaesencia del diseño encarnada en esta vital y extraordinaria mujer como hada madrina e inspiración del certamen en el claustro de Usaquén. Ágatha, por primera vez, tendrá bajo su mando el diseño del patio interior con Virgen central y todo. ¡Está feliz! Es un reto más en su aventura por la vida. Sabe que los arquitectos y jardineros le pondrán el toque profesional y de refinamiento, pero ella ya dejó escogidas las flores y sus colores para que vayan creciendo mientras regresa a hacer el diseño final, todo con materiales naturales, nada plástico ni artificial.

Nació el 22 julio de 1960 y vivió en la casa más bonita de Madrid, construida por su padre, el arquitecto Juan Manuel Ruiz de la Prada, uno de los grandes del oficio en los años setenta. Luego la casa se convertiría en museo... Ágatha Ruiz de la Prada jugó y creció entre objetos diseñados por sus tíos: azulejos, lámparas, muebles, y la mesa de arquitecto de su padre, que aún conserva en el estudio de su apartamento en Madrid. Todo le despertó desde muy pequeña su amor por el diseño. Lo primero que creó fue un traje de novia de azulejos. Sí, de cerámica, con una cola de más de diez metros de largo. “Absurda, imponible pero maravillosa –dice–; la moda que yo diseño es para que la gente sea más feliz”.

Sus frases son tan buenas como sus diseños:

“Hay gente que lo tiene todo y sólo piensa en suicidarse; con un traje mío eso no pasa”.

“Para mí el éxito de un vestido es que lo puedas usar mil veces hasta que se rompa. Estos pantalones que llevo son la unión de muchos pañuelitos de mis diseños y han viajado conmigo por el mundo entero. Mis camisetas de rayas de colores, mis jerseys de formas… todo es para llevarlo una y otra vez”.

Para ella es normal ir y venir, pasa en un avión la mitad de su vida, cómoda, vestida con sus prendas de colores, sin maquillaje y un buen libro. Monta exposiciones en museos; viste ballets y obras de teatro; dicta conferencias, presenta colecciones o abre boutiques como las de París, Milán o Nueva York; o lanza un perfume como O Lalá, su más reciente creación, la número once. Es el más maduro, el que refleja sus casi treinta años en el mundo de la moda: “Desde Poiret en adelante, hemos soñado con vestir la piel de la mujer y eso es el perfume”.

Para Ágatha el mundo de la moda se divide en dos: los que se aventuraron al color, como ella, utilizando el fucsia en lugar del negro y que definitivamente han tenido unas colecciones memorables, como Balenciaga, con abrigos color fucsia y sastres morados con fucsia; lo mismo que el futurista de Cardin o Saint Laurent, Kenzo, Lacroix, Galeano, Courreges; y quienes aman el negro por encima de todo, como Chanel, Rikiel, Gaultier, Alaia, Prada, Karan y tantos otros.

Al visitar Ciudad Bolívar en campaña y en domingo con su amiga Noemí Sanín, meses atrás en una visita relámpago, reafirmó su teoría: “Los pobres tienen muchas veces mejor gusto que los ricos porque tienen menos cosas, entonces, la sobriedad y la dignidad la manejan muy bien, sobre todo en el uso del color”.

Quedó muy impresionada con la alegría y la cordialidad de la gente, que nunca había visto a alguien vestido como ella. Parecía una superestrella bajada del cielo. Siempre va vestida con sus diseños, duerme en sus sábanas llenas de estrellas y corazones, se seca con sus toallas coloridas de arco iris y su bata color naranja llena de bolas de colores; se sienta en las sillas diseñadas por ella en formas como labios o circunferencias que parecen platillos voladores; se desayuna en su mesa de comedor, hecha de muchos pupitres de colegio pegados, en distintos colores y vestidos con servilletas de nubes.

Todo el fenómeno que ha creado esta mujer llena de vida, lo llevó a Ciudad Bolívar con su falda ancha metálica color naranja y su camiseta morada, sus medias aguamarina, sus zapatos verdes y un moño amarillo en la cabeza; y también toda la ternura y la felicidad que ha transmitido en cada cajita de vaselina con sabor a fresa o melocotón que se vende en todos los duty frees del mundo para esas jovencitas que son sus grandes fanáticas y quienes, a partir de su morral de colegio, de las cartucheras y de sus cuadernos… sueñan con Ágatha.