Una noche de copas

Todo aquello que altere la conciencia saca a relucir en el otro lo bello que lleva escondido (muuuy escondido).Y si no hubiera estado presente para atestiguarlo, aseguraría que la imaginación supera cualquier meticuloso gesto de la realidad.

Pero a quién engañamos, siempre será más emocionante imaginar y fantasear… para lo demás, están los amigos sobrios. Por lo cual creo que se equivocan las licoreras al plasmar en sus envases que está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas a menores de edad. Debería ser prohibido a los adultos, que son quienes se dejan enceguecer por el terrible embellecedor y es al otro día cuando se flagelan. Ya pa’ qué.

Mientras la anfitriona de la fiesta le repartía trago a todos los invitados, uno de ellos, al que le decían Mardi, pegado a la botella ya vacía, le brindaba a lo lejos a una mujer, y antes de que ella le respondiera, él estaba de cabeza contra el suelo. La mujer a quien le brindó Mardi le sobaba la pierna al que estaba sentado en el sofá con ella. La mona de pelo largo, labios hinchados y pómulos recién puestos, le hacía un baile de contorsionista al más gay de la fiesta. Ella no se percató de que él estaba seduciendo al que servía los tragos. Y mientras la linda pelinegra se dejaba dar besos por el de la nariz chata, otro de ojos verdes le hacia señas de que con él no se metiera. Que mejor no se metiera con nadie.

Observando desde la cocina, el panorama describía como que todos estaban con todos pero que nadie sale con nadie. (Hay aquellos días en los que no se puede ingerir licor y la participación en la noche es ser la memoria de todos los demás, aunque ahora que lo pienso deberían vetar a este tipo de comportamiento de vigilancia… termina siendo el abstemio la peor de las pesadillas cuando les recuerda a los demás de sus desfases). Y lo que se veía a lo lejos era repartición de amor: a veces infundado, otras obligado, otras romántico, en el baño muy apasionado, en la sala coqueto, en las escaleras insinuante, en la terraza eufórico… y al final todos estaban enamorados.

Pero quién dijo miedo cuando salió el sol y el alicoramiento cedió su ceguera a la luz y a las ojeras. Los olores a tabaco viejo y el maquillaje regado salieron al ruedo… no hay hombre feo sino falta de tragos para verle el lado bueno, y no hay mujer fea sino falta de gafas… ¡Aprobado! Al salir el sol, las caras de los que se besaban se transformaron en horror al ver los esperpentos con los que estaban.

Y al otro día, cuando se volvieron a encontrar en sus respectivos cubículos, (esta fiesta había comenzado como reunión de trabajo) se oyeron varios golpes de cabeza, flagelaciones en los baños, gafas muy grandes y oscuras, y casi en coro un: “¡Cómo lo pude haber besado!”

Los estragos del licor, el eterno embellecedor que ataca por igual a las mujeres y a los hombres, creando una bella y romántica noche… con lo cual se advierte que es indispensable salir con gafas a rumbear, irse vestido con algo no muy brillante para el “walk of shame” (la caminada de la mañana), preguntar al amigo por la apariencia del ser al que le estás coqueteando… y hacer caso imperativo al dicho que dijo @Es_asi en Twitter: “El alcohol es un lubricante social, el amor es un lubricante emocional y la amnesia es un lubricante sexual”.

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