Yveline Marlaud: La francesa que gabo hizo volver a reír

Yveline Marlaud, la esposa del embajador francés Jean Michel Marlaud, se declara una amante fervorosa de la cultura colombiana. Dueña de una personalidad sencilla y cálida, esta francesa nos abrió las puertas de su casa para hablar de la fotografía, las joyas que elabora, el cine y sus viajes por el país.

"García Márquez me salvó la vida", dice Yveline Marlaud, la esposa del embajador francés en Colombia, Jean Michel Marlaud. Está sentada en el sofá de una de las tantas salas que tiene la embajada francesa, en la calle 87 con carrera 8ª, al norte de Bogotá. La casa es una enorme construcción de tres pisos, rodeada por un jardín donde sobresalen árboles de diferentes tamaños y flores de colores. "Cuando tenía 24 años estaba muy deprimida -dice con un español salpicado de acento francés-, no sabía qué hacer con mi vida. Entonces llegó a mis manos un ejemplar de Cien años de soledad y todo cambió. Ese mundo, esa imaginación, me hicieron pensar que aún había muchas cosas por experimentar y vivir".

Pero el Nobel no es lo único que une a Marlaud con Colombia. Pese a que apenas lleva dos años y medio en el país -antes estuvo tres con su esposo en Nueva Zelanda-, esta francesa es una enamorada de la música, la gastronomía y la cultura colombianas. "Mi esposo tiene una política muy estricta: si vamos a vivir en determinado país, hay que leer sobre él y conocerlo a fondo", explica. Por eso habla con propiedad de escritores como Santiago Gamboa o Juan Gabriel Vásquez; dice sin vacilar que baila bullerenge, cumbia y vallenato, y afirma que le encanta comer ajiaco y patacones.

El amor por este país la ha llevado a estudiar historia de Colombia y a viajar por toda la geografía nacional capturando cada rincón, cada rostro y cada paisaje en su cámara fotográfica. Porque ésa, quizás, es una de sus grandes frustraciones: "Habría sido mi sueño ser fotógrafa", dice entre risas al tiempo que confiesa, con cierta timidez, que no suele mostrarle su trabajo a nadie. "Antes le mandaba las fotos a mi mamá junto con cartas que le escribía, pero ya he dejado de hacerlo. Sólo una vez, cuando vivíamos en Bolivia, me animé a participar en una exposición fotográfica que hicieron para recaudar fondos. Acá un amigo me dice que haga lo mismo, pero debo pensarlo bien".

Tanto le gusta la fotografía que su primer sueldo se lo gastó en una cámara y aún hoy, pese a tantos avances tecnológicos, se niega a usar el formato digital. "Tomo fotos con la cámara de rollo y los revelo en un estudio en el centro -dice mientras suelta una carcajada con la que intenta ocultar su timidez-. Me encanta sacar fotos de gente y lugares, y mi ventaja es que, al ser extranjera, tengo una visión distinta de Colombia: las cosas que para cualquiera son cotidianas para mí pueden ser impactantes".

Tan impactantes como la visita que realizó al Chocó, donde, según confiesa, se sorprendió con las condiciones de vida y el aislamiento al que están sometidos sus habitantes. O tan fuerte como lo que sintió al viajar por primera vez a Cartagena, una ciudad que le hizo recordar a su natal Martinica: "Los dulces que venden en las calles son los mismos que solía comer de niña -asegura-. Ir a Cartagena es volver a los sabores de mi niñez".

Esa pasión por los viajes y el país la ha dejado plasmada en la elaboración de joyas, otra de sus aficiones. Una actividad que empezó en Nueva Zelanda y perfeccionó en el país luego de asistir a la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo, en el barrio La Candelaria de Bogotá. "Los neozelandeses hacen joyas con cualquier cosa, tienen una imaginación impactante. Empecé elaborando objetos de plata que les regalaba a mis familiares y amigos aunque, la verdad, todavía no uso mucho la soldadura porque le tengo miedo".

Para trabajar sus joyas -entre las que se encuentran objetos precolombinos-, Yveline cuenta con un espacio privilegiado: en el tercer piso de la casa, luego de pasar dos salas más, se encuentra una enorme habitación que adaptó como estudio desde que llegó a Colombia. Allí, entre libros, rollos, negativos y pinturas, Marlaud se sumerge a trabajar en sus creaciones; por la ventana, como decorado, se ve el enorme jardín adornado con las banderas de Francia y la Unión Europea.

Mientras se pone el casco con las gafas que utiliza para su trabajo artesanal, Yveline habla emocionada del cine colombiano. El séptimo arte siempre ha sido una de sus debilidades; tanto que, hace algunos años, se animó a tomar un curso de cine latinoamericano. "Difícil describir el honor que fue para mí acompañar a Ciro Guerra el año pasado en Cannes; fue muy conmovedor, me sentí colombiana", cuenta emocionada.

De paso, aprovecha para resaltar otra afición que ha venido consolidando con el tiempo: la moda. "Desde que me convertí en esposa de un embajador empecé a meterme en el tema y me di cuenta de que vestir es muy importante pues dice mucho de una persona -dice Yveline con su tono de voz bajo y pausado-. Es una manera de mostrarse y, sobre todo, de expresarse".

Con más modestia que orgullo, Marlaud confiesa que en ocasiones diseña y confecciona algunas de sus prendas. Aun así, no deja de alabar lo que ha aprendido en este país: "Me gustan mucho diseñadores como Pepa Pombo o Hernán Zajar. Hay gente que está haciendo cosas muy buenas para cambiar esa imagen superficial que la gente tiene de la moda", asegura.

Así es Yveline: sencilla, risueña y espontánea. Una francesa enamorada de Colombia y de su gente que se muere de ganas por seguir explorando cada rincón de este país que la tiene encantada. Un lugar que, curiosamente, le dio la oportunidad de conocer en persona al hombre que le salvó la vida hace muchos años: Gabriel García Márquez. "Fue hace 15 días, en Cartagena -cuenta sin poder ocultar la emoción-. Casi ni hablamos porque había muchísima gente y yo no quise molestarlo; nos tomamos una foto y nada más". Y luego, soltando otra vez la carcajada nerviosa, confiesa: "Me sentí como la alumna tímida que, por fin, puede conocer al maestro".

 

 

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