Catalina Ceballos, la mujer que rompe techos de cristal en la televisión colombiana

Ha logrado que Canal Trece desarrolle contenidos novedosos para formar nuevas audiencias. Este es el perfil de la gestora que entiende que a través de lo público se puede fomentar el crecimiento de la sociedad.

Natalia Pedraza

Esta historia comienza con la firmeza de la voz y el tono medio, más bien tirando a grave,  de una mujer que llega a su casa cargando tres bolsas, una agenda apretada contra su pecho y haciendo equilibrio para que no se le caigan las llaves. Ella, multifuncional en las acciones, pide disculpas por la tardanza. Ofrece una bebida caliente para contrarrestar el clima gélido de la Bogotá lluviosa. Sin importar el cansancio se sienta a conversar. Su sencillez transmite elegancia y seguridad, incluso sincronía al momento de soltar cada palabra.

Así es su vida, llena de afanes, de procesos, de reuniones, de exprimir el tiempo para poder crear su propio tiempo. Catalina Ceballos es la gerente de Canal Trece, la persona detrás de uno de los medios regionales de televisión pública que más ha crecido en el último año. Ella ve en la música los elementos necesarios para la construcción de un tejido social indispensable para cualquier grupo humano. “Hablemos de los cantautores, de rap, de metal, de salsa, de rock, de los más de 176 festivales musicales que hay en nuestro país. De eso se trata, de mostrarle a nuestra audiencia cosas diferentes”. En otras palabras, hablar de la tierra y la memoria, y los ancestros, y lo nuevo, también del presente sin olvidar el futuro, mucho menos el pasado. Todo a través de las notas, del canto, de la lírica, de los sonidos que pueden cohabitar unos con otros, que hasta se pueden mezclar.

Mientras se maquilla para la sesión de fotos, Catalina habla de la antropología, de su primer trabajo en el Banco Popular, entidad en la que fue asistente en el área de mercadeo en investigación y desarrollo de producto, un cargo con un nombre aburrido, largo y poco importante. También rememora que llegó allí porque sus padres, una antropóloga y un motociclista de profesión, le dijeron que podía romper paradigmas en ese campo. Sin embargo lo primero que rompió fue con su esencia, pues tuvo que ponerse tacones, usar sastre y alisarse el pelo, un reflejo contrario de lo que era por dentro, de que lo quería transmitir. Por fortuna su oficina quedaba cerca de la Plaza de Bolívar y, de cuando en cuando, a la hora del almuerzo, pasaba cerca del Instituto Distrital de Cultura y Turismo (hoy Idartes) hasta que un día, sin pensarlo, radicó su hoja de vida.

“A los tres meses me llamaron porque había un espacio para armar unos paquetes con libros de Gabriel García Márquez para las escuelas públicas. Entonces me sentaba en el piso de la oficina de la directora y, con cajas en mano, empezaba a organizar los seis tomos que iban a los colegios del Distrito. Así empecé a trabajar con las artes”.

 Ese día averiguó quién era y qué quería hacer.  Ya después llegaron las épocas de estar detrás de la logística de Salsa al Parque, Jazz al Parque y Rock al Parque, de ir a La Media Torta y conocer a artistas como Totó La Momposina, Petrona Álvarez, de involucrarse más en la política pública cultural, de conocer cómo eran estos eventos, de entender cada detalle, cada relación entre las personas involucradas, de ver el efecto que tenía la música en la gente.

Y con cada experiencia nueva el rigor fue mayor, así como el aprendizaje y el perfeccionismo. Las palabras planeación, ejecución y seguimiento se hicieron habituales en su vocabulario, al punto de rechazar todo lo informal, todo lo que no estuviera bien estructurado. “Hay que diseñar las acciones de manera estratégica, pero igualmente hay que hacerlas. Por eso necesito gente que vaya a mi ritmo, que piense en tiempos para poder anticiparnos a cualquier imprevisto”. Y esa disciplina tan férrea ha hecho que sea más acelerada, impaciente consigo misma, exigente con los demás al punto de ser malgeniada cuando algo no se logra como se pensó o porque salió bien, mas no excelente. Porque sí, ella “le tira” duro a sus colaboradores, pero lo que muchos no saben es que ella se tira más fuerte.

Hablar con Catalina es ir de arriba a abajo como si el diálogo fuera un electrocardiograma, con picos altos de emoción cuando se emociona, y de otros más tenues cuando hace una reflexión, cuando hace notoria esa sensibilidad para indignarse con la realidad. Por eso seguir el compás de sus frases no es complicado, todo lo contrario, resulta divertido. También sus pasiones, como que le encanta salir de rumba, la electrónica y tomarse una cerveza así al otro día el cansancio la consuma. “Es que ni siquiera así duermo, o lo hago muy poco”, afirma luego de contar que su insomnio tiene ya 17 años, nueve más que su hija Elisa, con quien va a museos, lee, baila, hace todo tipo de actividades que nutran su gusto por las artes, el mayor legado que le puede dejar.

“Fuimos a una exposición de María José Arjona en el Museo de Arte Moderno (Performance Línea de la Vida) y no te imaginas el asombro con el que miraba las botellas de vidrio llenas de agua colgando del techo (cuatro mil en total), cómo se tiraba al piso y escuchaba los sonidos. Todo un alimento para sus sentidos”.

Catalina y su mirada luminosa que lo obliga a uno a tener un contacto visual siempre, Catalina y su gesticulación con las manos para que las explicaciones sean más completas como si tomara las palabras y las moldeara, así como lo hace con la arcilla cada sábado en clase de cerámica, el lugar para desahogarse, para dejar de estar embebida en una rutina que le gusta, pero que la sofoca. “Es un sanatorio, me río, canto, hago cosas como esta de acá”, dice apuntando a un pulpo de ojos saltones y tentáculos disparejos, que más parece un extraterrestre, y que tiene sobre el mueble a media altura que separa la sala del comedor y en el que también reposa un retrato de Frida Kahlo, El amor en los tiempos del cólera, entre muchos libros. En ese instante, el Excel que mantiene activo en su cabeza, el que se agudiza en las noches que no puede conciliar el sueño, queda fuera de funcionamiento, pues por una hora, a veces más, Catalina no es lineal, sino fluctuante, es libre de sí misma y de las tantas responsabilidades que carga con ella.

Ceballos ya presentó dos veces su renuncia protocolaria al canal, un formalismo que se hace con la llegada de un nuevo Gobierno. Por ahora, no le han dicho nada, pero al parecer su trabajo respalda su continuidad. “Vamos creciendo de una manera gradual, a veces el 10%, otras el 12%. Y así sucesivamente. Eso es importante porque con esas cifras es que vendemos y con ese dinero, sumado al que nos da la Autoridad Nacional de Televisión es que producimos contenido”.

Mientras espera una respuesta, que puede que no llegue, o que llegue de manera inesperada, Catalina seguirá trabajando para que la gente que vive en el piedemonte amazónico, en los llanos orientales, en el Huila y el Tolima, y en el altiplano cundiboyacense, se apropien del Canal Trece, lo sientan como suyo, para contar más historias por medio de la música y así sensibilizar a una sociedad cada vez más cruel y lejana de lo propio, que olvida que siendo tierra de su tierra es que tendrá el futuro garantizado.

@CamiloGAmaya

 

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