Columnista Cromos

Apapantar

Hay hombres que no saben cómo reclamar y aprovechar su paternidad. No se dan cuenta de que la crianza de los hijos es un derecho que llena, da gozo y nos hace crecer.

Ilustración de @sanjinesmaria / [email protected]

La cama me estaba quedando pequeña por un brote de crecimiento adolescente y los pies sobresalían de los extremos. Eran las tres de la mañana y la noche anterior había fumado mis primeros cigarrillos. Tosía sin parar entre sueños. En medio de la oscuridad, la puerta de mi habitación se abrió y entró mi padre con una cuchara llena de jarabe para la tos. Sin cruzar palabras me la dio y volvió a cerrar la puerta tras de sí.

 La relación con mi padre no ha sido siempre armónica y, como todas las relaciones vivas, está en constante construcción: hemos tenido desencuentros, dado portazos y gritado en medio de paseos familiares, pero tuve un padre presente, que cocinaba (mejor que mi madre), hacía tareas conmigo (contaba la historia de la humanidad para explicar una multiplicación) y nos daba jarabe para la tos a media noche. En la Bogotá de 1990, esto era una rareza.

Hoy me levanté a las ocho de la mañana. Mi hijo de 7 años ya había salido para el colegio, cuando escuché los gritos de mi bebé pidiendo más mango. Mane picaba fruta mientras escuchaba las noticias en la radio del celular. Me pidió que le terminara de dar el mango a la chiquita, porque tenía prisa. Él y ella tenían cita con la pediatra, después pagaría unas facturas y por la tarde iría a recoger a mi hijo en clase de teatro. Sobre el mesón de la cocina había un pollo descongelándose para el almuerzo.
Mane es el padre de mis hijos.Mis tías dicen que tengo una suerte enorme de estar con él, pero cuando lo veo con los niños pienso en la suerte que tiene él de darse el permiso de gozarlos, de criarlos, de alimentarlos y ser parte de sus vidas. Pienso en los tantos padres que renuncian a este derecho sin saber lo que están perdiendo. Mi pareja es un padre presente, porque disfruta serlo, porque se siente orgulloso de hacerlo bien y porque el vínculo con sus hijos es independiente del que tiene conmigo. Al ejercer su paternidad no me está haciendo ningún favor.

En mi vida he estado rodeada por estas rarezas de hombres. Tal vez ha sido suerte o tal vez los he buscado. Es probable que muchas mujeres no den el espacio para que los padres sean padres y la paternidad es un derecho que algunos hombres no saben demandar: el derecho a enseñar valores, a querer incondicionalmente (como se quiere a los hijos), a preocuparse porque están enfermos o sufren un desamor. El derecho a enseñarles a equivocarse, a verlos crecer y maravillarse con su forma de ver la vida. Y, sobre todo, el derecho a asumir las decisiones que toman y a cuestionar nuestro rol dentro de sus vidas: “¿Será que lo estamos haciendo bien?”, me pregunta Mane, al final de día.

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