Autocuidarse no es lo mismo que gastar plata

Creemos que pensar en nosotras es sacar tiempo para ir a la peluquería, cuando, en realidad, debería ser mucho más que eso.

Si le preguntamos a una mujer, colombiana y de clase media, qué es el autocuidado, es muy probable que nos conteste que es ir a la peluquería, hacerse el blower, las uñas, ‘ponerse bonita’, o ir a un spa, a un hotel en la playa, a un restaurante elegante. Y sí, pero no necesariamente. Montones de comerciales nos dicen que si consumimos ‘x’ o ‘y’ producto vamos a estar ‘consintiéndonos’, ‘sacando tiempo para nosotras’, ‘dándonos un gusto’. Con frecuencia estos argumentos se usan para que compremos cosas o comida, aunque en realidad esto no resuelva ese hueco o carencia que muchas no sabemos cómo llenar. Entonces, nos dicen que ‘cuidarnos’ es hacer dieta tiránicamente, matarnos haciendo ejercicio y sufrir el jalón de la cera en la peluquería, ya que, según el mundo en el que vivimos, estas cosas nos harán sentir bien. 

 

Es mentira y todas lo sabemos. Si estamos buscando cuidado es porque estamos cansadas de cuidar, de hacer doble jornada, de dormir poco por estar pendientes de los demás. Y, de repente, el ‘autocuidado’ se convierte en una responsabilidad más. Algo para lo que tenemos que sacar más plata, y más tiempo, de donde no tenemos, para sentir por fin que le estamos cumpliendo a la sociedad. Para empeorar las cosas, a las mujeres nos han enseñado que siempre tenemos que estar cuidando de los demás y que sacar tiempo para nosotras mismas es una forma de egoísmo. Y, cuando de hecho sacamos tiempo para nosotras, muchas veces nos sentimos culpables. Para mayor horror, a veces solo aceptamos las formas de autocuidado que nos generan algún dolor –como la dieta o el ejercicio extremos– o las que nos hacen daño –como zamparse un montón de grasa o dulce de un jalón, o gastar a tope la tarjeta de crédito, comprando ropa que quizá no queremos, necesitamos o ni siquiera nos gusta–. En otras ocasiones nos enseñan que sentirnos bien con nosotras mismas equivale a gustarle a los demás y, por eso, pensamos que algo tan doloroso como hacerse la cera es para ‘nuestro descanso’. 

 

Por estas y muchas otras razones, el autocuidado es una de las prácticas feministas más revolucionarias. La idea se la debemos a la feminista y activista negra Audre Lorde, quien en 1988 comenzó un ensayo diciendo: “Cuidar de mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación, y el autocuidado es un acto de resistencia política”. Creo que es una de las ideas del feminismo que más trabajo me cuestan. Tanto, que escribo esta columna frente a la playa, diciéndome que me pondré el vestido de baño y saltaré al mar cuando cumpla con todas mis entregas. 

 

Y es que, en un mundo patriarcal, cuidarnos también es muy difícil porque nos han enseñado a odiarnos, a vigilarnos, a criticar nuestros cuerpos... A veces ni siquiera necesitamos voces externas para sentirnos mal. Con tantas cargas ¿cómo hacer para cuidarnos y querernos? ¿Cómo convencernos de que merecemos tiempo, espacio, descanso? ¿Cómo justificar que dejemos de cuidar a los demás para cuidarnos a nosotras mismas? No tengo la respuesta. Pero entiendo que oficios como el activismo requieren buena salud física y mental. También sé que cuidarse es una forma de resistencia, porque todo alrededor nos exige que trabajemos más allá de nuestros límites, ya que el capitalismo nos valora según cuánto producimos y no por el simple hecho de ser personas. Es también una resistencia a esa obligación de poner a los demás antes que a nosotras mismas.

 

Foto: iStock. 

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Catalina Ruiz-Navarro

Columnistas

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