Contra el amor romántico

Como mujeres, crecimos con una idea abnegada, complaciente y resignada de las relaciones que aún nos hace daño.

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Cuando era niña, una de mis grandes ansiedades sobre crecer y convertirme en una adulta mujer (que no es lo  mismo que adulta a secas) era el amor. Mejor dicho, el rol que me tocaba en nuestra concepción heteronormada del amor romántico, que además se presenta como el principal indicador de éxito para las mujeres. Veía, con angustia, que tarde o temprano mis amigas de 12 u 11 años ‘se enamoraban’ de un chico y, de repente, todas sus
conversaciones, poses y silencios tenían que ver con el tipo en cuestión, que mientras tanto jugaba a pellizcarse las tetillas con otros varones de su edad. Luego, si este gusto prosperaba y terminaba en noviazgo, vendrían cartas interminables (sobre nada), escritas en clase de matemáticas y firmadas con un rimbombante “tu nena” 
en marcadores. A todas les decían “nena”; “nena y nene” eran los apodos románticos de moda. Como no había mucho que contar en las dichosas cartas –poco pasaba entre una clase y otra–, era menester que las cartas estuvieran adornadas con esmero, ahí se notaba el amor.  Por ese entonces, la moda era dibujar piolines o  demonios de Tasmania en las hojas cuadriculadas que luego se doblaban en origamis misteriosos. Para mi fortuna, yo sabía dibujar piolines y demonios de Tasmania, así que les vendía los dibujos, y luego ellas escribían sus cartas en la plantilla de papel. 

Otra razón que me indisponía frente a ‘el amor’ era que la principal ansiedad de todas las mujeres con pareja parecía ser que no les pusieran cachos. Mientras tanto, mis amigos me contaban de sus infidelidades a sus novias. Como yo era la amiga, a mí me decían ‘la verdad’. A las demás mujeres, en cambio, estos chicos les mentían, constantemente y, a veces, hasta sin razón. Al observar los toros desde la barrera, era evidente que en muchos de estos noviazgos la monogamia solo aplicaba para ellas. Ellos eran como niños pequeños en un centro comercial en Navidad: se antojaban en cada vitrina y ellas tenían que halarlos, como si fueran sus madres. 
Hay mil chistes sobre esas mujeres que son “la ley”, “la grúa”, que los persiguen mientras ellos se escapan muy traviesos. “Cuando salga de la casa y me demore por la tarde, no te preocupes Anita”, cantaba Carlos Vives.
Mis sospechas de niña eran más que intuiciones, eran razones de peso para no querer entrar en ese juego del amor.

Ese amor romántico que nos han enseñado y tanto critica el feminismo es perverso, porque a punta de mentiras mantiene a las mujeres en un lugar de subordinación. Es un ciclo: vigilar hasta encontrar la mentira y castigarlo hasta que dé pruebas de su verdadero amor: un regalo, una serenata que ponga fin a los rumores del barrio, un juramento de arrepentimiento... Luego, perdonar. Una y otra vez, generación tras generación. Y es un juego que a ellos les gusta: se quejan y se burlan de las mujeres controladoras y celosas, pero deliberadamente las hacen sufrir para minar su autoestima y mantenerlas en alerta permanente. Así ellos se sienten importantes y ellas se ven obligadas a darles su devoción.

El Día del Amor y la Amistad es una de esas festividades que, aunque creada por el comercio, reitera hasta la caricatura esos discursos patriarcales del amor romántico que reducen a la mujer a una especie de hija-madre- secretaria- amante del man, y lo más triste es que eso no es amor: amor es amar a tu igual.

 

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