¿Cuál es el deber que tenemos como ciudadanos frente a la violencia?
7 Mar 2017 - 12:32 p. m.

¿Cuál es el deber que tenemos como ciudadanos frente a la violencia?

No olvidamos a Yuliana Samboní ni a ninguna de las mujeres y niñas que han sido víctimas de violencia sexual y feminicidio en el país.

Redacción Cromos

¿Qué dicen estas tragedias sobre nuestra cultura? ¿Qué se esconde detrás del drama y qué transformaciones necesitamos para evitarlo?

 

Durante décadas, el cuerpo de las mujeres y los niños del país ha sido territorio de guerra. Tanto de las guerras políticas y sociales, como de las guerras personales y familiares. Unas se combaten en el campo; otras, en la mente de personas enfermas que no han sido tratadas, y muchas más, en los hogares de cientos de colombianos.

 

Y a pesar de ser un hecho que ocurre en secreto, y que suele ocultarse o ignorarse, se confirma cotidianamente en los medios, donde se ponen en evidencia casos y cifras devastadoras (a pesar de que queden muchas historias sin contar). En una investigación realizada por la Fiscalía en las filas de las FARC se documentaron 232 casos de niños y niñas que fueron víctimas de delitos sexuales cometidos por miembros de la guerrilla, incluidas 214 niñas que sufrieron violaciones, esterilización forzada, aborto forzado y otras formas de violencia sexual. Estas acciones hacían parte de una política establecida por los comandantes. Por su parte, en 2015 la Defensoría del Pueblo reveló que tenía 428 casos registrados de mujeres civiles que fueron abusadas sexualmente por hombres de esta guerrilla. Más allá de la guerra, según cifras de Medicina Legal, 21 niñas, entre los 10 y los 14 años, son violadas cada día. Cerca de 630 al mes. ¿Cuántos casos más permanecerán ocultos?

 

Hace excactamente un año, el país se levantó con una noticia lamentable: Yuliana Andrea Samboní, de 7 años, fue secuestrada, violada y asesinada. La encontraron en el apartamento del arquitecto Rafael Uribe Noguera, en Bogotá, quien es el presunto responsable de su muerte y ya fue trasladado a La Picota. Aún conmocionados con el caso, esa misma mañana, salió a la luz la historia de una niña de 13 años que fue agredida y abusada sexualmente en Santander de Quilichao.

 

¿Qué está pasando con nuestra sociedad? ¿Cuál es el deber que tenemos como ciudadanos frente a la violencia?

 

Para Mónica Roa, abogada y defensora de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, no se trata de atribuir culpas, sino de promover responsabilidades: “El sistema educativo tiene la responsabilidad de educar para prevenir la violencia sexual; el sistema de justicia tiene la responsabilidad de asegurar que los delitos se investiguen y se condenen, y nosotros tenemos la responsabilidad de cuidarnos mutuamente, de tener cero tolerancia frente a este tipo de conductas y de exigir justicia de una manera permanente para cada caso que se presente, no solo los que hayan tenido mayor impacto mediático”.

 

Dormir con el enemigo

 

Según Roa, las estadísticas indican que el 75% de los casos de violencia sexual contra niñas y niños ocurren en su propia casa, y que el 40% de los agresores son sus propios familiares, por esta razón tantos casos pasan desapercibidos. “Cuando el agresor y la víctima hacen parte de la misma familia, es más fácil para esa familia esconder la conducta y que las autoridades no se enteren”. ¿Qué hizo que el lugar más peligroso para un niño sea su propia casa?

 

Los familiares de los agresores ocupan un rol muy importante. Roa explica que el círculo cercano de un agresor debe entender que la mejor forma de ayudarlo no es encubrirlo, sino asegurarse de que se haga responsable de sus actos. Ellos también deben velar por la seguridad de cientos de víctimas potenciales, de lo contrario se convierten en cómplices.

 

Por otra parte, tanto en el núcleo familiar como en los colegios, hay muchas falencias a la hora de aproximarse a la educación sexual, que debería fomentar una cultura de respeto y de autonomía sexual. “A los niños, específicamente, es importante brindarles herramientas que les permitan identificar y denunciar a tiempo los casos de abuso sexual –explica Roa–. Existe una campaña de la Comisión Europea llamada La Regla de Kiko, que está enfocada en enseñarles a los niños pequeños que su cuerpo es suyo y que nadie los puede tocar si eso los hace sentir incómodos o si ellos no quieren. Además, busca que se sientan tranquilos de hablar con un adulto de confianza”.

 

Un país de machos

 

En “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz, el reconocido intelectual mexicano, escribía: “Ni la modestia propia, ni la vigilancia social, hacen invulnerable a la mujer. Tanto por la fatalidad de su anatomía ‘abierta’ como por su situación social está expuesta a toda clase de peligros, contra los que nada pueden la moral personal ni la protección masculina. El mal radica en ella misma; por naturaleza es un ser ‘rajado’, abierto. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su "rajada", herida que jamás cicatriza”.

 

Paz, en medio de la machista cultura mexicana de 1950, hablaba con superioridad de género sobre la anatomía de la mujer, que, para él, hacía que la mujer fuera vulnerable y frágil por naturaleza. Para el escritor, el cuerpo femenino estaba diseñado para ser invadido en cada relación sexual. Más de cincuenta años después, esta percepción de la mujer dentro de la sociedad sigue siendo la misma. Se le culpa por ponerse una falda y se convierte en instrumento de guerra y publicidad por su “rajada original”. 

 

Somos el resultado de una civilización patriarcal que se traduce en una sociedad machista y que tiene una relación muy problemática con lo femenino y con la sexualidad –explica Juan Sebastián Restrepo, psicólogo gestálista y sistémico–. Instrumentalizamos a la mujer, la convertimos en un producto, en un objeto de deseo, posesión y negamos sus necesidades profundas”.

 

En el imaginario colectivo, permitimos que la relación entre la sexualidad y la mujer se convierta en una exaltación del sexo que se usa para vender. “La pornografía es el estado actual de nuestra sexualidad: desinhibida, sin nada de profundidad –agrega Restrepo–. Tenemos mucha libertad sexual pero no hay comunicación, no hay amor, no hay ternura, no hay contacto, y dentro de esa “sexualización” y esa faceta pornográfica de la sexualidad, hay una validación constante del abuso”.

 

Por esa razón, es importante que, como sociedad, revisemos el consumismo sexual al que nos enfrentamos diariamente, del que suelen excluirse valores como la entrega, la generosidad, la comunicación y el cuidado, pero en el que se incluyen la violencia, la depredación y el abuso contra las mujeres.

 

 “Yo no hablaría de una descomposición social de este momento histórico –reflexiona Jacqueline Estévez Lizarazo, Ph.D. en Sociología Política y Ciencias de la Comunicación y la Información–. Hemos replicado, de generación en generación, una crianza machista. Actualmente, un grupo pequeño de madres intenta formar a sus hijos rompiendo esos esquemas, pero es necesario que ese se convierta en el común denominador”.

 

Paroxismo

 

Además de los factores sociales, debemos entender que esta problemática también depende de enfermedades mentales. Creemos que ciertas acciones están ligadas a la cultura, a los valores y al acceso a la educación, pero, según Lizarazo, hasta cierto punto este es un prejuicio. Hay perturbaciones mentales en todos los estratos.

 

Se tiene la idea de que solo las personas que han vivido traumas profundos en la infancia desarrollan este tipo de personalidades que, con una ausencia total de empatía y de culpa, replican la violencia y el abuso que vivieron de niños. Pero esto no es siempre cierto. Alguien que tuvo una infancia feliz también puede tener una estructura mental psicopática.

 

“Detectar a una persona con una psicopatía de este tipo es difícil –profundiza Restrepo–.  Tienen una dificultad para controlar sus impulsos y para acatar los límites, y, por lo general, tienen un historial de abuso de sustancias y de conductas desafiantes o delictivas, pero son, también, personas adaptables, encantadoras, seductoras, incluso bondadosas”.

 

Adicionalmente, hay que tener en cuenta que, en casos en los que los niños son las víctimas, existen dos tipos de perfiles: los pedófilos y los pederastas. La pedofilia hace referencia a la atracción erótica que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes. La pederastia se refiere a los casos en los que ese deseo sexual culmina en la consumación de un abuso sexual. La pedofilia es una enfermedad que debería empezar a hacerse pública para poder tratarla a tiempo, antes de que lleve a la pederastia, pero es un mal tan estigmatizado que suele mantenerse oculto.

 

¿Qué podemos hacer?

 

Roa cree que es una prioridad entender que tenemos un rol continuo. La indignación no puede ser cuestión de un día o una semana. Tenemos un compromiso ciudadano que nos obliga a exigir justicia de una manera permanente, para así transformar nuestra sociedad y dejar de justificar la violencia.

 

Poner fin a esta situación parece una tarea titánica, sin embargo, es importante que desde las organizaciones de la sociedad civil se coordine una lucha constante y enérgica en contra de las violaciones de los derechos humanos. Es clave ir más allá del rechazo, hay que empezar a actuar, para así acabar con la estigmatización y el machismo.

 

Por medio de acciones, del seguimiento a cada caso y de apoyo psicosocial, cada uno podría asumir un papel determinante en esta batalla por la igualdad y el respeto a la dignidad y a la vida. Y en este proceso es elemental contar con los hombres, quienes, junto con las mujeres, deben movilizarse, repudiar la violencia y reflexionar sobre sus propias conductas machistas, que pasan desapercibidas porque parecen inofensivas, pero que en realidad no lo son.

 

Foto: EFE.

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